Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Ley, Sus Terrenos
Eduardo García Gaspar
3 octubre 2013
Sección: LEYES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un asunto de poder ver. O de no poderlo hacer.

Si no puede verse será difícil o imposible juzgarlo. Este es un serio límite para todas las leyes.

No pueden ellas ver lo oculto en el ser humano.

Su única posibilidad es usar lo que puede verse.

El tema tiene su interés y bien vale una segunda opinión.

Comencemos por el principio, con el propósito de una ley emitida por un gobierno. Esa ley persigue una meta simple, la de orientar la conducta humana por un camino apropiado de acuerdo con ciertos valores.

Lo hace generalmente prohibiendo y castigando lo que considera malo, como robar, defraudar, asaltar, matar, abusar y demás. De esta manera canaliza conductas a caminos no negativos.

Entonces, la ley que juzga un acto tiene que actuar sobre bases sólidas y sólo puede juzgar lo que puede verse.

Esta es la razón por la que en los juicios debe asegurar culpabilidad, con evidencias, pruebas. Cosas que pueden verse, comprenderse, tocarse, oír. Será tarea imposible entrar en lo más interno de la persona para juzgarla a ella, por eso sólo puede juzgarse su acción concreta, esa de la que se le acusa.

Es imposible para la ley humana juzgar a la persona por entero, como un todo. Pero sí puede juzgarse una acción visible y concreta, como la de un robo que se prueba con una cinta de video, o un asesinato con huellas dactilares, o un fraude con documentos y testimonios.

Tenemos, pues, que las leyes tienen esas limitaciones, la de sólo poder juzgar acciones concretas, no personas; la de sólo usar lo que puede verse y tocarse, no lo interior de la persona; la de apuntar en dirección hacia lo que está prohibido y es negativo y reprobable.

Entremos a esto último. La ley es una expresión concreta de una creencia moral considerada superior a la misma ley.

Por ejemplo, las leyes que castigan el robo parten de un supuesto moral que está sobre la ley, la del derecho a la propiedad privada que obliga a respetarla.

Igual, las leyes que castigan el asesinato sólo pueden justificarse por un principio preeminente, el de la vida humana que debe respetarse.

No es complicado. Mero sentido común. Las leyes humanas, las llamadas leyes positivas, son las que nos rigen en nuestra vida en sociedad con la meta de proveernos de una confianza razonable de que nuestras personas serán respetadas, así como nuestras propiedades.

No está mal, nada mal. Pero no es todo. Falta una buena parte.

Las leyes tienen límites en otro sentido. Sería absurda una ley que obligara a mandar tarjetas de cumpleaños a los amigos, que forzara a dar caridad en la calle, que penalizara la envidia, que prohibiera la gula, o que regulara el número de camisas que pueden poseerse.

Hay faltas que no conciernen a la ley, virtudes que no está en su función alentar.

Esto es lo que nos lleva a lo realmente vital, la existencia de algo que es superior a la ley y de lo que ella parte. Existe una serie de creencias anteriores y superiores a la ley emitida por un gobierno.

Son creencias sobre lo bueno y lo mal, que la ley cubre en parte al prohibir las grandes faltas que dañan a personas y a la sociedad en general. Pero la ley no puede cubrir a todas esas creencias sobre lo bueno y lo malo.

El vacío que deja la ley es cubierto por otras cosas, como las reglas de urbanidad que consideran poco apropiado eructar en un banquete, o emborracharse, o decirle majaderías a otra persona.

También, hay preceptos religiosos, que invitan a practicar virtudes, como la caridad. En otras palabras, la ley es una parte y nada más una parte de la moral, la aplicada por obligación.

Recordar estas limitaciones tiene su utilidad, por una razón: los legisladores suelen tender siempre a salirse de sus límites y querer lograr una sociedad virtuosa según sus opiniones.

En lugar de crear una sociedad en la que exista la libre oportunidad de cada persona para hacer el bien, suelen querer obligar a hacer el bien a la gente, quitándoles méritos posibles.

En otras palabras, no puede ni debe confiarse en la ley solamente para lograr tener una sociedad justa, virtuosa, o como quiere usted llamarle.

Y, si se intenta, seguramente se logrará tener una sociedad injusta y perversa. Todo, porque la ley no puede percibir lo que está dentro de la persona, sus intenciones, motivos, ideas; sólo puede ver lo exterior.

Al final, mi punto es claro: las leyes tienen límites severos en su campo de aplicación y cuando esos límites son brincados, comienza a existir el riesgo de un gobierno que viola derechos y libertades.

Post Scriptum

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