Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Mejor Política Industrial
Eduardo García Gaspar
3 septiembre 2013
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es una fórmula común. Una petición generalizada.

Viene de esos que reclaman que exista una política industrial nacional.

Se le considera una condición necesaria para el crecimiento.

¿Lo es? Lo más probable es que no, más bien es otro de esos clisés inútiles.

Veamos esto más de cerca, con la ayuda de un libro, el de Becker, G. S., & Nashat, G., The Economics of Life, (1997, New York: McGraw-Hill).

Iniciemos con una parte de esa política industrial, la del gasto público. Lo que tenemos que responder es quién gasta mejor, con mayor productividad, el sector privado o el público.

Los autores dicen que en la experiencia Occidental, los gobiernos hacen inversiones peores que los inversionistas privados.

La consecuencia de lo anterior es obvio, si usted quiere tener una buena política industrial en el país, ella no debe incluir un aumento en la inversión pública, más bien una disminución. El dinero no cobrado en impuestos será mejor manejado por los particulares que por los gobernantes.

Lo anterior es obvio. Lo que gasta un gobierno tiene una procedencia única, el bolsillo de la gente. Lo que gasta o invierte un gobierno es lo que no gasta ni invierten los ciudadanos.

Por tanto, lo mejor que puede hacerse es dejar la mayor cantidad de recursos en manos de quien mejor invierte, y ése no es el gobierno.

Segundo, vayamos a otra parte de la política industrial, la de apoyos a industrias consideradas claves y que merecen tratamientos especiales, al menos según los “expertos”.

La típica decisión de política industrial es apoyar sectores de tecnología avanzada, entre los que destaca la de energías alternativas.

El ejemplo más célebre reciente fue el apoyo de la administración de Obama a Solyndra, para la generación de energía limpia. La empresa que había recibido del gobierno una garantía para un préstamo de 535 millones de dólares, quebró.

El libro de Myddelton, D. R., They Meant Well: Government Project Disasters. (2007 London: The Institute of Economic Affairs) tiene una lista de fracasos del gobierno inglés.

Por consiguiente, es posible llegar a cierta conclusión razonable, la de que una buena política industrial es la que permite a los particulares tomar las decisiones de inversión. La experiencia muestra eso en todas partes.

México no es la excepción: recuerde usted que López Obrador, dos veces candidatos a la presidencia, propuso crecer en parte mediante la construcción de cuatro refinerías. No precisamente una decisión que hubiera tomado un inversionista particular.

Hay otra faceta que recuerdan los autores de The Economics of Life.

Es la irresistible atracción que tienen las políticas industriales para grupos de presión que van a la autoridad, hacen cabildeo, y así intentan lograr tratos favorables, préstamos directos, garantía de créditos, exenciones fiscales, lo que a usted se le ocurra.

Las inversiones que así se hacen están distorsionadas desde su origen. El cálculo de se rendimiento se hace sobre la base falsa de, por ejemplo, menores impuestos o un préstamo blando que impide ver la realidad. Las decisiones de inversión están sustentadas en ficciones fabricadas por el gobierno.

Es por tanto razonable la idea de que la mejor política industrial es no tener una política industrial, como dicen esos autores.

Dejando que quien mejor decide inversiones tome esas decisiones es lo más lógico que puede hacerse. Sí, aunque eso equivalga a negar el clisé tan repetido de definir una política industrial.

Recordar estas consideraciones es un ejercicio justificable. Es común escuchar a personas razonables e inteligentes insistir en la necesidad de que el gobierno defina una política industrial, al estilo de lo que hizo Japón hace tiempo, sin la que no se puede prosperar.

La realidad, parece ser, que si se quiere prosperar lo mejor que puede suceder es no tener tal política.

La tesis puede ser probada comparando el desempeño acumulado de empresas estatales o con apoyos gubernamentales, contra empresas privadas. Puede pronosticarse que esa comparación arrojará un dato claro: las empresas de mejor desempeño serán consistentemente las privadas.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Incentivos.

Quizá pueda explicarse el fondo de la razón por la que las inversiones privadas son consistentemente mejores usando la idea de incentivos.

Un gobernante invierte dinero ajeno en proyectos cuyo fracaso no le representa un daño personal; pero un particular invierte recursos propios en un proyecto cuyo fracaso le representaría un daño personal.

El libro de Mydddelton puede obtenerse gratis en PDF.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras