utopias

La sociedad perfecta es imposible. La sociedad perfecta es inalcanzable. Siempre, sin excepción, el mundo tendrá problemas, conflictos, dramas, injusticias, vicios. Una realidad que debe aceptarse.

Introducción

En una de las novelas más famosas de todos los tiempos, su primer párrafo es digno de resaltar por separado. El libro es Historia de Dos Ciudades, de 1859. El autor es Charles Dickens (1812-1870).

Los sucesos ocurren en dos países, en Inglaterra y en Francia. En dos ciudades, en Londres y París. Algunos verán en esta dualidad una comparación entre el orden y la agitación, la tranquilidad y la incertidumbre.

Una idea que está contenida en uno de los párrafos iniciales más famosos de la literatura. Una muestra de la literatura como filosofía de libre camino y que en este caso explica la idea de que la sociedad perfecta es imposible.

El principio

Queda en manos del lector acudir al libro y deleitarse con él. Lo único que aquí se hace es resaltar ese primer párrafo de la novela que en inglés dice:

«It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way —in short, the period was so far like the present period, that some of its noisiest authorities insisted on its being received, for good or for evil, in the superlative degree of comparison only.

«There were a king with a large jaw and a queen with a plain face, on the throne of England; there were a king with a large jaw and a queen with a fair face, on the throne of France. In both countries it was clearer than crystal to the lords of the State preserves of loaves and fishes, that things in general were settled for ever».

El significado

La traducción es la siguiente, que coloco en líneas separadas que hacen más fácil ver la estructura de la prosa original. Con esto comienza la revelación de esa constante, la sociedad perfecta es imposible.

  • Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos
  • Era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez
  • Era la época de la fe, era la época de la incredulidad
  • Era la estación de la Luz, era la estación de la Oscuridad
  • Era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación
  • Lo teníamos todo frente a nosotros, teníamos nada enfrente
  • Íbamos todos directo al Cielo, íbamos directo todos en la otra dirección
  • —en pocas palabras, eran esos tiempos tan parecidos a los actuales,
  • que algunas de nuestras más ruidosas autoridades insistieron en recibirlos, para bien o para mal, solo en el superlativo grado de comparación.
  • Había un rey de gran mandíbula y una reina de cara común en el trono inglés;
  • Había un rey de gran mandíbula y una reina de hermoso rostro, en el reino francés.
  • En ambos países estaba más claro que un cristal, para los grandes señores de Estado, custodios de panes y pescados, que las cosas en general se quedarían así por siempre.

Los elementos

Visto de forma esquemática, hay dos elementos claros y de aplicación universal.

El primero es la descripción de esos tiempos en los que suceden los hechos de la novela. El segundo es la idea de que eso que caracterizó a tales tiempos, también caracteriza al resto de ellos.

En la descripción de los tiempos de la novela, Dickens reúne palabras con connotaciones opuestas: mejor-peor, sabiduría-estupidez, fe-incredulidad, Luz-Oscuridad, primavera-invierno, esperanza-desesperación, todo-nada, Cielo-otro.

El resultado es una imagen poderosa de realidad. Eran esos tiempos claramente unos en los que se mezclaba lo bueno con lo malo, la maldad con la bondad. La realidad de la imposible perfección.

La visión es intuitivamente cierta. Es un asunto diario que en nuestras vidas somos testigos de realidades esperanzadoras, pero también de actos desesperados.

Lo bueno y lo malo, juntos, mezclados en la realidad innegable, cuya descripción termina con «las cosas en general se quedarían así por siempre». Puede esto tomarse como ese segundo elemento. Esa realidad mezclada de bondad y maldad no es algo único de los tiempos de la novela.

La sociedad perfecta es imposible

Quizá en ellos era más sencillo percibir extremos de lo bueno y lo malo, pero seguramente otros tiempos también lo permiten. No hay excepción en esta existencia. Es inevitable la realidad que en los mismos momentos presenta sabiduría y estupidez, o fe e incredulidad, o ilusión y angustia.

Puede ser que cada generación vea a sus propios tiempos como únicos y distintos, algunas veces con optimismo desorbitado, otras con pesimismo descomedido.

La realidad es que en todo tiempo se mezclan esas dualidades de mejor-peor, cordura-insensatez, fe-escepticismo, luz-oscuridad, primavera-invierno, sueños-desilusiones, todo-nada, paraíso-infierno.

Es una manera de aceptar las deficiencias y descomposturas de todo tiempo y lugar. No hay excepciones. Y sí, es posible que en algunos momentos haya más sabiduría que estupidez y en otras lo opuesto, pero ninguna de ellas desaparecerá por completo.

Perfección inalcanzable

La idea puede ser llevada hasta la noción de las utopías, para demostrar su imposibilidad.

La imaginación puede describir con lujo de detalles a sociedades perfectas, a vidas sin faltas, a personas sin vicios. Sin embargo, no es posible vivir en ellas. Es vano intentarlo.

Peor aún, si llegara a ensayarse, el resultado sería aún pero que el mundo que quiso corregirse.

Ese famoso párrafo es una palabra de advertencia y aviso en contra de quienes tienen la idea de poder construir una sociedad utópica.

También, esas palabras son una manera muy elegante y de gran prosa para exponer otra idea, la de la imperfección humana. Seres imperfectos no pueden crear sociedades perfectas. Nunca lo podrán y saberlo es la vacuna contra embustes disfrazados de promesas políticas.

Bonus track: más sobre la sociedad perfecta como algo imposible.

Proyectos de nación perfecta

Por Eduardo García Gaspar

Era obvio y se repite en casi todo lugar en el que un gobernante tiene oportunidad de hablar.

Los gobernantes gustan de hablar de acuerdos nacionales, de consensos integrales, de llamar a todos los sectores a participar en las decisiones de gobierno.

Son los acuerdos nacionales, los pactos ciudadanos, las reuniones con representantes de grupos de toda la sociedad, los proyectos de nación.

La verdad es que los proyectos de nación así expresados son basura. Son misiones imposibles. Palabras bonitas que disfrazan una imposibilidad técnica real. Todas esas veces que escuchamos sobre proyectos de nación, la verdad es que oímos tonterías.

La tontería de la propuesta de una sociedad perfecta, aún a sabiendas de que eso es imposible.

La razón de la imposibilidad

Piense usted en un viaje que va a hacer con sus amigos, digamos unas tres o cuatro parejas. Van a ir a Europa y deben ponerse de acuerdo para hacer las cosas juntos.

Será difícil en verdad que sin problemas y sin imposiciones acuerden todos los detalles del viaje: desayunos, comidas y cenas, visitas a museos, hoteles, transportes, horarios y demás. Si todos hacen lo mismo a todas horas, siempre habrá quien no esté de acuerdo.

Y eso sucede con seis u ocho personas. Ahora piense usted en poner de acuerdo a varios millones de personas en los detalles del resto de sus vidas (no de un viaje de pocas semanas).

Jamás logrará acuerdos y si se logran, lo que sucederá es que unos se impongan sobre otros y los fuercen a hacer lo que no quieren.

No hay solución justa a este problema de imponer proyectos nacionales. Intentarlo es una intención muy atractiva y romántica, que lleva a forzar a unos sectores sobre personas individuales.

La solución a la vida en común de las personas no es la de un proyecto de nación. La única solución posible va por otro lado y es la de acordar unas pocas reglas de comportamiento dentro de las cuales las personas puedan realizar el proyecto de vida que cada quien desee.

Es decir, no hay un proyecto de nación igual para todos, sino millones de proyectos personales que son responsabilidad individual.

Es decir, a lo más que podemos aspirar es a acordar una serie de principios generales colocados en una constitución nacional: breves, escasos, universales, sobre los que sí sea realista lograr un acuerdo razonable y de allí derivar leyes concretas que regulen la conducta personal.

Libertad e imperfección

Respetando esas leyes, cada persona hará de su vida lo que ella desea, sin imposiciones de otros.

En el caso de sus amigos yendo a Europa, por ejemplo, usted puede poner reglas generales para todos, como el pago personal de los gastos individuales, el encuentro a tiempo en aeropuertos a cierta hora.

Pero dejará libre a las personas para ir al Museo del Prado si quieren quedarse allí dos horas o dos días. Eso hará felices a todos, sin imponerle ver a Goya a nadie.

Más aún, la sociedad perfecta es imposible por otra razón, la imperfección humana. Seres que son imperfectos no pueden lograr una sociedad perfecta.

[La columna fue actualizada en 2019-11]