Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Lenguaje Equivocado
Eduardo García Gaspar
5 julio 2013
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


“Tengo claro que tenemos una hipoteca con la sociedad. No se vale permanecer con los ojos cerrados ante la realidad. Se tiene que hacer lo que sea necesario para beneficiar y elevar el nivel de vida de las personas. Todo mundo tenemos [sic] que pagar esa hipoteca social“. David N. Ramírez Padilla.

Hay frases que impresionan. Son quizá memorables, cortas y atractivas.

Pretenden resumir ideas complejas. Algunas de ellas son terriblemente desafortunadas.

Como la que habla de “hipoteca social”.

Es tan indefinida y vaga, que se presta a toda interpretación, la que usted quiera.

Su peor efecto, me parece, es sustituir el lenguaje claro y simple, con expresiones políticamente aceptadas que poco significan. Igual que otra frase del mismo calibre, la de “función social” de la propiedad.

Sí, parece como si hubiera una cierta magia al añadir la palabra “social” y con ella todo adquiriera una obligación de aprobación obligada.

Esto es algo que bien vale una segunda opinión. Vayamos paso a paso.

Primero, lo obvio de usar esas expresiones con un objetivo claro, el de querer influir en la conducta humana. El desear que ella sea mejor, que se evite el mal. Ningún problema hay en esto, al contrario.

Estamos en el terreno de lo moral, el creer que hay cosas buenas y cosas malas, y querer las primeras evitando las segundas. Admirable intención ésta y que debemos aplaudir. Lo que nos manda a pensar en cómo hacer eso de influir para bien en la conducta humana.

Usted tiene dos formas extremas de hacerlo.

Una, usted pone un policía detrás de cada persona y cada vez que ella hace algo malo la lleva a un juez para sentenciarla. En este sistema, todo precepto moral ha sido convertido en ley que se aplica por la fuerza.

Otra manera, usted trata de persuadir a la gente de que por ellas mismas decidan hacer el bien, sin leyes, sin policías, sin tribunales.

Imposibles las dos, pero muestran que entre ellas nos movemos.

Las leyes, mucho más estrechas y limitadas, cubren sólo las acciones más detestables que pueden ocurrir, y las castiga con fuerza física. La moral, mucho más amplia, deja a la libre decisión personal el cumplir con ellas o no.

Por lo anterior, las leyes castigan, por ejemplo, al asesinato, pero no al ciudadano que no va a visitar a su padre enfermo. Aquí es donde puede verse el peligro de esas frases desafortunadas.

Pueden ellas volverse leyes obligatorias que los gobiernos aprovechan para aumentar su poder. Puede argumentarse la hipoteca social, por ejemplo, para nacionalizar una empresa, o para elevar impuestos.

Es un peligro del lenguaje usado, que se presta a todo uso, bueno y malo. Tan populares se vuelven las expresiones, tan aprobadas sin cuestionamiento, que llegan a poder justificar lo injustificable.

Y no sólo eso, sustituyen a las palabras claras y directas, que no tienen otra interpretación.

En términos técnicos el de esas frases es uno sencillo: no tienen un significado unívoco, es decir, uno sólo claro y diáfano para todos. Esas frase son demasiado ambiguas para ser de utilidad.

Por eso tienen un problema cuando intentan su objetivo de lograr influir para bien en la conducta de las personas.

Piense usted en la lucidez y transparencia de palabras como caridad, compasión, honestidad, nobleza. Si usted quiere en verdad influir en la conducta de alguien, lo hará más y mejor usando estos términos que esas expresiones.

Decir que existe una “hipoteca social” no tiene la fuerza ni el brillo que tiene decir “usted debe ser caritativo”, o “usted debe ser justo”.

Quizá sea que en nuestros tiempos hay un cierto empeño en usar un lenguaje demasiado artificial, cuando al ciego se le llama “impedido visual”. Y a la obligación moral de ser justo y caritativo se le llama hipoteca social.

El lenguaje demasiado suave va cambiado al sujeto de la obligación.

Por ejemplo, cuando se habla de propiedad con función social, parece que es la propiedad la que tiene esa función y no quien en realidad debe ser justo y caritativo con ella, su propietario.

En fin, aplaudo a quienes tienen el objetivo de recordar asuntos morales e intentar influir en la conducta de la gente para hacerla mejor. Pero no puedo dejar de reprobar que algunas veces se haga eso usando un lenguaje ambiguo, inexacto, confuso que daña la franqueza que debe existir en estas cuestiones.

Post Scriptum

Para más ideas sobre el tema ContraPeso.info: Lenguaje. Un clásico sobre el tema es el análisis de F. Hayek sobre justicia social.

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