Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Ley, Libertad, Convivencia
Selección de ContraPeso.info
7 marzo 2013
Sección: LEYES, Sección: Asuntos
Catalogado en: , ,


ContraPeso.info presenta una idea de Jordan Ballor. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Law, Liberty, and Life Together.

La idea central del escrito es explicar la existencia del mal en el mundo, para lo que Ballor acude a la expresión cristiana, la del pecado y sus consecuencias antisociales, como la necesidad de leyes.

Hay algo en el discernimiento cristiano de la creación y de la caída que proporciona un punto único de partida para comprender la naturaleza de la vida social humana.

Creados a la imagen de Dios, varón y hembra, somos fundamentalmente de naturaleza social.

Esta idea básica, en realidad, no requiere una inspiración especial, después de todo, Aristóteles define al ser humano como un ser “político” o “social” (zoon politikon), y esta fórmula ha sido apropiada por generaciones de cristianos que reflexionan sobre la naturaleza de la humanidad.

Aun así, es una idea fundamental de la tradición cristiana la de que los seres humanos fueron creados en una relación, no sólo entre sí, sino también con su divino Creador, así como con el resto de la creación.

Desde la perspectiva de la creación ya hay límites en las relaciones que dan forma a la libertad humana:

“Puedes comer de todos los árboles que hay en el jardín, exceptuando únicamente el árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo hagas quedarás sujeto a la muerte” (Génesis 2:16-17).

La visión cristiana de la persona humana incluye también la realidad de la caída, cuando Adán y Eva transgreden este límite original. Como muchos comentaristas han observado, la caída afecta a todas esas tres relaciones básicas: entre Dios y los seres humanos, entre los seres humanos mismos, y entre las personas y el orden creado.

En este punto, la realidad de la ley pasa a primer plano. Cuando el límite había sido incorporado en el orden natural antes de la caída, se hacen necesarias algunas instituciones de preservación y moderación dada la naturaleza pecaminosa de la humanidad después de la caída.

Vemos cómo la naturaleza pecaminosa del ser humano de inmediato va a la expresión social. La envidia de Caín por la preferencia de Dios hacia su hermano Abel estalla en rabia asesina. La medida de preservación retribuida es declarada por Dios: “… el que mate a Caín deberá pagarlo siete veces”" (Génesis 4:15).

Pero pronto esta medida es corrompida por Lamec en un alarde de proporciones épicas: “Yo maté a un hombre por una herida / y a un muchacho por una contusión. / Porque Caín será vengado siete veces, / pero Lamec lo será setenta y siete” (Gen. 4:23-24).

Hay algo acerca de la humanidad caída, un principio del mal, que nos conduce a expresiones cada vez más despreciables de pecado y rebelión contra Dios y entre nosotros. En el tiempo de Noé: “Cuando el Señor vio qué grande era la maldad del hombre en la tierra y cómo todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal” (Gn. 6:5).

Este patrón degenerativo se observa en casos individuales, así como más ampliamente en la sociedad.

En el caso de David y Betsabé, por ejemplo, vemos a David moverse de la lujuria, al engaño, al asesinato. En el caso de Ajab y Nabot, vemos a la codicia convertirse en difamación, robo y asesinato. En el caso de Israel, a través de generaciones, vemos cómo, incluso en medio de renacimientos y renovaciones periódicos, la tendencia general es hacia la decadencia moral y espiritual. Como el apóstol Pablo dice, los seres humanos pecadores “hábiles para el mal” (Romanos 1:30).

El pecado es fundamentalmente anti-social. En esas diversas formas, el pecado destruye los vínculos naturales de amor y de la sociedad, para los que los seres humanos fueron destinados a cuidar y disfrutar.

Nuestra naturaleza pecaminosa, en particular en lo que expresamos nuestros deseos en palabras y hechos, nos separan. El pecado rasga lo que Dios ha unido originalmente.

Una imagen particularmente vívida de lo antisocial de pecado se encuentra en el libro de CS Lewis, El Gran Divorcio. Su representación del Infierno es una serie de individuos con la capacidad de manifestar su más grande deseo interno, de definir la realidad por sí mismos y de tener soberanía absoluta dentro de sus propios reinos.

Como Lewis escribe: “todo estado de la mente abandonada a sí misma, todo encierro de la criatura en el calabozo de su propia mente —es, al final, el Infierno”.

Uno de los ejemplos más llamativos es el caso de Napoleón Bonaparte, en “una casa enorme toda al estilo Imperio”, dando vueltas insistentemente “murmurando para sí mismo todo el tiempo, ‘Fue culpa de Soult. Fue culpa de Ney. Fue culpa de Josefina …. ‘”

Todos en el infierno tienen su propia casa, y se separan más y más conforma pasa el tiempo: “Pueden verse las luces de las casas habitadas, donde viven esos viejos, a millones de millas de distancia. A millones de millas de nosotros y de los demás”.

Cuando el pecado se entiende en sus aspectos antisociales podemos entender mejor el uso positivo de la ley y el orden político. Como James Madison lo explica en el Federalista # 51, “Si los hombres fueran ángeles, ningún gobierno sería necesario”.

Sin pecado, los aspectos coercitivos y punitivos de orden legal serían superfluos. Pero como vivimos en un mundo corrompido por el pecado y el mal, el orden político adquiere un aspecto de fuerza, tratando de contener las más destructivas y antisociales expresiones del pecado.

Dado que no siempre nos gobernarnos a nosotros mismos como debiéramos, de acuerdo con el orden moral, tiene que haber algunos controles externos y límites a nuestra conducta.

Como Lord Acton dijo: “La libertad es la armonía entre la voluntad y la ley”.

En este sentido, entonces, el derecho y la restricción legal protegen a la verdadera libertad y evitan que nuestra existencia terrenal degenere en una existencia infernal, un libertinaje en el que se dé rienda suelta a nuestros deseos antisociales.

La ley permite así el espacio para la vida en común, aunque de manera limitada y provisional, que sólo intuye a la comunidad de paz, amor y alegría “lo que nadie vio ni oyó” (1 Cor. 2 : 9).

Nota del Editor

La columna de Ballor, por inferencia, apoya la idea de que perder el sentido del pecado lleva a conductas antisociales que separan a las personas y atacan su naturaleza social. Quien busca una explicación del mal en la sociedad tiene una explicación convincente en la anulación del sentido del pecado.

Hay más columnas del autor en ContraPeso.info: Jordan Ballor.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras