Los padres tienen la responsabilidad de decidir la educación que sus hijos recibirán. Eso se llama libertad educativa y la poseen los padres. De eso tratan las tres columnas siguientes de colaboradores del Acton Institute, al que agradecemos el permiso de reproducción.

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Una idea de Tait Trussel. El título original de la columna es «Parents should decide»

Los padres deben decidir la educación de sus hijos

Algunos «ismos» son odiosos, como el totalitarismo. Otros residen en nuestro corazón, como patriotismo. Un menos conocido, pero crucial «ismo» es el «parentalismo liberal».

Es una frase acuñada por el profesor Stephen Gilles de la Quinnipiac University School of Law en Hamden, Connecticut.

La frase pertenece a la tradición de la libertad de los padres para seleccionar cómo desean ellos que sus hijos sean educados. Cuando a los padres no se les permite decidir la educación de sus hijos, o son demasiado apáticos para hacerlo, el gobierno toma las riendas.

El resultado puede ser contrario a los deseos de la mayoría de los padres, como en la situación actual en la que Dios ha sido totalmente prohibido en las escuelas públicas norteamericanas.

📌 El concepto de parentalismo liberal sostiene que los padres son los más aptos para decidir cómo crecerán sus hijos —particularmente, cómo serán educados. Ninguna entidad gubernamental, sin importar sus grandes dotes intelectuales, tiene la motivación ni la preocupación que sí poseen los padres del niño.

Esta es la esencia del parentalismo liberal. El concepto del profesor Gilles fue ratificado por la Suprema Corte de EEUU en 2002 en el caso Zelman contra Simmons-Harris, el que aprobó decisivamente la elección de escuelas en los más amplios términos.

La corte dijo que en efecto, la eficiencia competitiva y la libertad educativa son tan inseparables como la harina y un pastel —por usar una comparación casera.

Papal vital de los padres

No importa cómo se le llame —parentalismo liberal o libertad educativa—, el papel vital de los padres en la educación tiene raíces profundas en nuestra historia y tradición religiosa.

En los salmos se recuerda al hijo que escuche la instrucción del padre y las enseñanzas de la madre, y que al hijos se le debe disciplinar para que traiga paz y deleite al alma de los padres.

Quienes se oponen a la libertad educativa ansían mostrar que el control paternal es una noción nueva y no patriótica. Algunos piensan que la libertad de selección ha emergido repetínamente en tiempos recientes.

Pero durante un largo trecho de la historia norteamericana, las instituciones educativas fueron voluntarias; esfuerzos cooperativos, que involucraban a padres, profesores, instituciones religiosas, instituciones caritativas y algunas veces, al gobierno local.

La escuela pública norteamericana creció en el inicio de una ola de inmigración que cruzó toda la nación durante el siglo 19. Fue entonces cuando los políticos pensaron que el control gubernamental de la educación era la manera de asimilar a los hijos de los inmigrantes, al mismo tiempo que evitar los conflictos acerca de los subsidios a las escuelas religiosas.

Los críticos y quienes lo ignoran no admiten o no se dan cuenta que los EEUU tienen una larga y legítima historia de valorar y preservar la libertad de selección educativa.

Las 8,000 escuelas católicas, por ejemplo, son el legado de esa tradición, aunque los padres que han seleccionado a las escuelas privadas hayan también sido obligados a sostener a las escuelas públicas por medio de sus impuestos.

Aunque la selección de escuela es legal, ella sirve sólo a un muy pequeño número de estudiantes. Muchos estados norteamericanos tienen escuelas concesionadas y más de un millón de niños son educados en su casa.

El deseo de control

Pero quienes no pueden soportar esta libertad educativa están tratando de asfixiar la tendencia hacia la elección de los padres.

Buscan, por ejemplo, entrampar a las escuelas concesionadas en una maraña de regulaciones, que podrían influir en todo, desde la facultad hasta el currículum. En California se ha hecho casi imposible que los padres eduquen en casa a sus hijos.

El estado, conocido por sus extrañas costumbres, requiere que los estudiantes aprendan solamente de un tutor con credencial, de una escuela aprobada por el estado, o de un programa de estudio en casa supervisado por el distrito escolar público.

Desgraciadamente, siempre habrá algunos padres a quienes poco importe lo que a sus hijos les suceda. Ellos ven a la escuela como el sitio que les quita a los hijos que son un estorbo para ellos complacerse en seguir sus inclinaciones ilegítimas.

Los hijos van a la escuela con actitudes similares, distorsionadas. Pero lo que más han querido los padres a través de los años es opciones educativas para sus hijos, de acuerdo con creencias y tradiciones morales, religiosas y culturales.

Quieren ellos protección constitucional, como la libertad de expresión, asociación y religión. Pocos norteamericanos quieren al gobierno metido en los detalles íntimos de la vida familiar o en normas educativas dirigidas a homogeneizar a los estudiantes.

Los padres tienen el deber moral de usar con responsabilidad a la libertad tomado buenas decisiones para sus hijos.

De su parte, el gobierno tiene un deber, el de proveer un espacio necesario para ejercitar esa libertad. El permitir el florecimiento de una variedad de instituciones educativas está acorde con los profundos deseos y las creencias de una población diversa.

Es lo «liberal» que debe hacerse.

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Una idea de D. Eric Schansberg que continúa con la libertad de que los padres decidan la educación de sus hijos. El título original de la columna es «The education monopoly and Intelligent Design»

El monopolio de la educación

Con los recientes resultados electorales en los estados de Kansas y Delaware en los EEUU, el debate continúa intensificándose acerca de la enseñanza en las escuelas públicas de la evolución y del «diseño inteligente».

Hay mucho en juego, desde la integridad científica hasta el bagaje filosófico.Los riesgos son mayores de lo que debían ser por la manera en la que se ofrecen los servicios educativos en los EEUU.

La evolución se refiere a dos diferentes aunque relacionadas áreas de la ciencia. De un lado, la evolución es un mecanismo observable por el que la vida evoluciona con pequeños incrementos a través del tiempo.

Esta evolución es una teoría científica indisputable, confirmada empíricamente. Por otro lado, la evolución es usada para referirse a un proceso poco observable por el que el rango de vida observable hoy supuestamente se desarrolló desde los días más tempranos de la tierra.

En este caso, la evolución es una hipótesis que propone que el desarrollo de la vida es un proceso sin guía.

El pensamiento del diseño inteligente acepta totalmente la evolución en el primer sentido. Pero propone una hipótesis alternativa para el desarrollo de la vida: el desarrollo de la vida fue un proceso guiado, causado por un un diseñador inteligente de algún tipo. Esto es, también, intuitivamente atrayente.

Cuando uno ve algo complicado y con significado (por ejemplo, el Monte Rushmore), es sencillo inferir que fue diseñado. Como ha dicho el más famoso de los evolucionistas actuales, Richard Dawkins, lo que vemos hoy tiene «la apariencia de haber sido diseñado».

¿Es ese aparente diseño real, o es una ilusión? Poniendo de lado las consideraciones científicas, este asunto provoca tal controversia porque el proveedor dominante de la educación en los EEUU tiene excesivo poder monopólico y sus consumidores poca capacidad para evitar sus dictados.

El problema del monopolio educativo

Veamos la razón de este gran problema y cómo puede evitarse. Imaginemos que el gobierno decide que la comida es importante, de manera que todos puedan comer gratis en restaurantes del gobierno cercanos a sus casas.

La burocracia gubernamental, el administrador del restaurante y el «Consejo de Comida» local establecerían el menú.

Y algunos apasionados ciudadanos tratarían de influir en sus decisiones. Los proponentes de la dieta de Atkins demandarían solo carne, los vegetarianos solicitarían solo vegetales y otras personas querrían una variedad de opciones.

Es una receta certera para producir disturbios. Por ejemplo, si la gente de Atkins fue políticamente convincente, los vegetarianos estarían ofendidos y el resto no totalmente complacidos, tampoco.

📌 La solución es tan fácil como el problema es tonto. El gobierno permitiría la competencia entre diferentes tipos de restaurantes, basados en las preferencias del consumidor.

Mejor aún, el gobierno saldría del negocios de los restaurantes, interviniendo sólo para ayudar a los necesitados, dando vales u otros subsidios. Lo mismo es cierto con la educación.

Poniendo de lado la cuestión de las obligaciones morales. si un grupo quiere que sus hijos reciban educación sexual en clases usando pepinos y condones en el quinto año de educación básica, esa es su prerrogativa como padres. Pero eso no debe ser forzado en otras personas.

Otro ejemplo contencioso es la oración en la escuela. Algunos padres quieren una oración a Jesucristo. Muchos padres quieren una oración a la tibia deidad de la religión civil. Otros no quieren oraciones, o las quieren para otros dioses.

Creando opciones, la selección de escuelas trata esos asuntos de una manera mucho más efectiva que una entidad gubernamental con un poder monopólico significativo.

¿Quién no quiere esta libertad para otros? Los elitistas y los teócratas no la quieren.

Ellos libran una batalla dentro del monopolio, esperando vencer en el proceso y forzar su visión de la verdad en el resto. (Irónicamente, estos dos grupos se desprecian uno a otro, pero son más similares de lo que se dan cuenta).

Más importante: el grupo corporativista que disfruta su poder monopólico no está interesado en esa libertad. Siempre los productores prefieren la menor competencia posible y el mercado de la educación no es diferente.

Para los auto-proclamados progresistas, esta debe ser una decisión sencilla dada su usual tendencia por la opción personal y su preocupación por los pobres. Pero ellos son a menudo cautivos del grupo corporativista dominante.

Los conservadores generalmente promueven la competencia y el sector privado, pero no tienen la pasión suficiente al respecto.

Los libertarians están fuertemente a favor de romper los monopolios estatales, pero no son lo suficientemente numerosos para tener resultados.

Ciencia, religión y política. En su nombre se han producido guerras reales y ahora «guerras culturales». Bajemos las armas y demos a los ciudadanos la libertad para educar a sus hijos como lo deseen.

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Continúa la idea de que los padres deben decidir la educaciónn de sus hijos con idea de Christiaan Alting von Geusau y Philip Booth. El título original de la columna es «The purpose of Catholic education and the role of the state».

Libertad educativa y catolicismo

Las instituciones educativas católicas deben tener tres objetivos con el fin de poder cumplir con su misión primordial de permitir a los estudiantes «encontrar al Dios vivo que en Jesucristo nos revela su amor transformador y la verdad» (Benedicto XVI).

Estos objetivos son: proporcionar un entorno en el que los estudiantes sean capacitados para construir y profundizar su relación con Dios, fomentar una cultura académica dirigida a la búsqueda de la verdad y promover activamente el crecimiento en la virtud.

Cuando Cristo es el centro de todo lo que hacemos, entonces somos capaces de reorientar nuestro enfoque de vida hacia una comprensión del mundo en el que vivimos, la que está orientada a la promoción de la dignidad humana y el bien común.

Hombres y mujeres jóvenes, graduados de escuelas y universidades católicas, deben tener el profundo conocimiento de, como cristianos, ser llamados a trabajar por el bien común y hacerlo a través de una vida que está profundamente arraigada en Cristo, junto con un deseo vigoroso de buscar la verdad de cosas, de vivir a través y con la realidad y no sólo guiarse por sentimientos y preferencias en constante cambio.

Es en este punto que la importancia primordial de lo que llamaríamos la formación «orientada a la virtud» se hace visible.

Las escuelas católicas deben dejar que el esfuerzo educativo se rija por una promoción constante de las virtudes, especialmente de las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

No importa lo fuerte que la fe de una persona pueda ser, sin un cierto grado de práctica de las virtudes, va a ser difícil no dejarse guiar exclusivamente por las emociones e impresiones que constantemente entran en nuestras mentes.

El Papa Benedicto lo llama acertadamente el deber del educador para ser dirigido por la «caridad intelectual» que se inspira en el reconocimiento de que llevar a los jóvenes a la verdad es un acto de amor.

La mentalidad relativista que impera en la mayoría de las escuelas y universidades, incluyendo muchas de los que se hacen llamar católicas, proclamando que todas las verdades son iguales y la verdad secular más igual que otras, nos dice que la religión y la educación deben ser separados porque no tienen nada que ver una con la otra.

Lo que realmente está siendo propuesto por los movimientos secularistas es que el alumno deba reemplazar a cualquiera que sea el dios en el que cree por el dios secular.

Los educadores católicos, sin embargo, deben ser capaces de identificar esta artimaña y saber que la única forma correcta de educar es proporcionando una formación que se centra en Cristo solamente.

Es la única manera de permitir que el alumno supere un camino coherente de la vida al ser guiados por el único Dios que creó el cielo y la tierra.

Para que los cristianos sean capaces de promover eficazmente la verdad, el bien y la belleza, es vital la necesidad de la coherencia en palabras y en hechos.

El Papa Pablo VI trató este punto asombrosamente cuando observó que «El hombre moderno escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio» (Evangelii Nuntiandi, 1975).

Los jóvenes son especialmente sensibles a esto porque los forman más las experiencias concretas en sus vidas, y por lo tanto, por el ejemplo de vida de sus profesores, que por las técnicas pedagógicas.

Cualquier forma de educación católica en última instancia fallará cuando el estudiante se enfrenta a la palabra que se habla y que no se ajusta a la vida que se vive.

Escuelas y el orden social

Al considerar cómo hacer para promover la renovación de la educación católica a fin de alinearla más estrechamente con los fines descritos, una de las preguntas fundamentales que enfrentamos es el papel del gobierno.

La relación entre la educación católica y el Estado ha tomado una variedad de formas en diferentes países y en diferentes momentos de la historia.

Sin embargo, los «signos de los tiempos» en los que tenemos que pensar en la aplicación de la doctrina social católica a la política pública educativa, incluye como quizá su característica más destacada una importante disminución de la práctica religiosa y una indiferencia general hacia la religión, especialmente en el altas esferas de los sistemas políticos occidentales.

Al mismo tiempo, sin embargo, ha habido un mayor reconocimiento en muchos países de que, por razones prácticas y razones de principio, los padres deben tener una mayor autonomía al elegir las escuelas.

Ampliar oportunidades para elegir las escuelas, sin embargo, han sido a menudo acompañado de una regulación más extensa de las escuelas.

¿Cómo debería enfocar la doctrina social católica el tema de la política pública educativa?

Al igual que en otras áreas de la enseñanza católica sobre asuntos que tienen que ver con la economía política, no hay una respuesta «correcta» católica a la pregunta: «¿En qué medida debe el Estado participar en la educación?»

Sin embargo, podría decirse que, más orientación ha sido dada por la Iglesia sobre este tema que en otros asuntos políticos controvertidos.

Esto es en gran parte, por supuesto, debido a la relación entre la evangelización, la educación y la formación integral de la persona humana y por el papel vital de la familia —y especialmente por los padres elegidos por Dios— para ambas, la formación y la educación.

La Iglesia considera a la dignidad de la persona humana como fundamento de todos los demás principios y contenidos de la doctrina social de la Iglesia (Compendio de la Doctrina Social [CDS], núm. 160).

Debido a la dignidad de cada persona humana desde el momento de la concepción, «el orden social y su desarrollo siempre deben trabajar en beneficio de la persona humana, ya que el orden de las cosas es estar subordinado al orden de las personas y no a la inversa».(Gaudium et spes, n. 26).

«Por esta razón, ni su vida ni el desarrollo de su pensamiento, ni su bien, ni los que forman parte de su actividad personal y social puede ser objeto de restricciones injustas en el ejercicio de sus derechos y de la libertad». (CDS,. Hay 133 ).

El principio de la dignidad humana también tiene implicaciones para la educación.

En primer lugar, porque la educación no puede ser separada de la formación de la persona humana y el desarrollo de su vocación —sea secular o religiosa— restringiendo la educación educativa básica se restringe la libertad de conciencia, los derechos de los padres y la libertad de religión en general.

El derecho a la educación cristiana

La Iglesia afirma que la promoción de la dignidad humana no sólo requiere la libertad de la educación, sino que también implica que todos tienen derecho a la educación, como una de esas cosas «necesarias para llevar una vida verdaderamente humana» (Gaudium et spes, n º 26.) .

Esto implica que, si hay un apoyo insuficiente de los propios medios de una familia, de la caridad o de la Iglesia para proporcionar a todos los niños una educación básica, entonces los fondos del gobierno podrían ser utilizados para este propósito.

Sin embargo, se nos advierte que esto no debe ser visto sólo como un derecho a una educación secular (Gravissimum educationis [GE], n º 2.): «Ya que todos los cristianos se han convertido por el renacimiento de agua y Espíritu Santo, en una nueva criatura para ser llamados y ser hijos de Dios, ellos tienen el derecho a una educación cristiana».

Está claro que no se cumpliría ese derecho si una educación secular fuera proporcionada gratuitamente por el gobierno y los menos acomodados carecieran de los medios para obtener una educación cristiana.

Con el fin de llevar a buen término estos derechos, la Iglesia debe tener el espacio para dedicarse a su misión mediante la creación de escuelas para servir a los fieles.

El Concilio Vaticano II afirmó que la Iglesia tiene el derecho de «libertad para establecer y dirigir escuelas de todo tipo y nivel», y «el ejercicio de un derecho de este tipo contribuye en alto grado a la protección de la libertad de conciencia, los derechos de los padres, así como a la mejora de la propia cultura» (GE,. n º 8).

Pero, mientras que institucionalmente la Iglesia debe tener el derecho a establecer escuelas, la libertad de educar a los niños en última instancia pertenece a los padres: «Los padres que tienen el derecho y el deber primario e inalienable de educar a sus hijos deben gozar de verdadera libertad en la elección de las escuelas» (GE,. n º 6).

Esta libertad pertenece a los padres a causa de nuestra naturaleza dada por Dios y el don del libre albedrío que se nos ha dado:

«El Gobierno, en consecuencia, debe reconocer el derecho de los padres a hacer una elección verdaderamente libre de las escuelas y de otros medios de educación, y el uso de esta libertad de elección no se hará una razón para imponer cargas injustas a los padres, ya sea directa o indirectamente. Además, los derecho de los padres son violados, si sus hijos se ven obligados a asistir a clases o instrucciones que no están de acuerdo con sus creencias religiosas, o si un sistema único de educación, de la que se excluye toda formación religiosa, se impone a todos». (Dignitatis humanae,. n º 5).

Dado que la libertad en la educación es una extensión de la libertad de conciencia y la libertad religiosa en general, es importante tener en cuenta que la Iglesia Católica no está pidiendo privilegios para los padres y los niños católicos.

En muchos países tradicionalmente católicos (aunque también en el Reino Unido), los sistemas de educación católica se han entrelazado con la provisión de la educación pública gratuita en general.

Esto significa que los padres pueden elegir una educación católica que es financiada por el gobierno sobre la misma base que la educación secular.

Sin embargo, esta libertad no está necesariamente a disposición de todos los padres. Por otra parte, los padres católicos pueden estar limitados en su elección de las escuelas a las que el Estado desea autorizar (con severa limitación de plazas y de construcción de nuevas).

La Iglesia Católica, en la promoción auténtica de su enseñanza, no desea defender tales arreglos como privilegios. La Iglesia cree que la libertad en la educación debe estar disponible para todos los padres.

Es un derecho humano fundamental y no debe limitarse a ser un régimen especial para los católicos en los países donde los católicos son lo suficientemente numerosos.

Por lo tanto, el Estado existe para proteger a todos los seres humanos en el ejercicio de sus derechos y libertades y para asegurar que puedan vivir con dignidad. No existe para adquirir por sí mismo derechos arbitrarios sobre personas humanas y familias.

Como hemos visto, hay un papel para el Estado en la educación. Pero este papel, siguiendo el principio de subsidiariedad, facilita más que desplaza la iniciativa de la familia.