Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Monopolios, Cárteles, Competencia
Leonardo Girondella Mora
19 marzo 2013
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos, Y MATERIAL ACADEMICO
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El presidente de México presentó el lunes al Congreso un esperado proyecto de reforma a las telecomunicaciones y medios locales, el cual apunta a ampliar la competencia y el acceso a mercados dominados por las empresas de los multimillonarios Carlos Slim y Emilio Azcárraga”. Reuters, 11 marzo 2013.

En papel —y en buena parte de la práctica diaria también— la competencia entre empresas da buenos resultados: precios más bajos, calidad más alta, mayor variedad de satisfactores, innovaciones constantes.

La definición de libre competencia es sencilla: la presencia de varias empresas independientes unas de otras que ofrecen productos sustitutos cuya compra es decidida por los consumidores.

Un ejemplo notable de esta situación es el sector tecnológico, con varias empresas ofreciendo, por ejemplo, computadoras, sistemas operativos, teléfonos inteligentes y demás.

El núcleo de la competencia es la serie de esfuerzos que realizan las empresas independientes para atraer a los consumidores —y que en resumen se convierten en acomodarse a las necesidades y deseos del comprador.

La situación contraria a la de la competencia ayuda a comprenderla mejor. Lo opuesto a una situación de libre competencia es la que presenta un monopolio: una sola empresa ofrece un producto con poca posibilidad de sustitución —como el caso de los monopolios estatales de petróleo.

El ser la única empresa oferente de un producto sin sustitutos fáciles anula los incentivos de la empresa para mejorarlo, innovarlo, abaratarlo —y seguramente hará lo opuesto, como elevar su precio hasta el mayor punto posible que el mercado soporte.

Es claro que entre ambas situaciones, es la competencia la que más beneficia al comprador y, por tanto, es la que debe implantarse. Esto puede lograrse permitiendo lo que se llama mercado libre, es decir, entrada y salida libre de empresas en los mercados, con escasa regulación gubernamental.

Entre esas dos situaciones está una llamada oligopolio y que se entiende como una en la que existen “muy pocas” independientes empresas en competencia —con un caso muy claro de dos empresas solamente, o quizá tres.

Aunque es común criticar esta situación, la realidad es que aún en ella se tienen esos incentivos positivos para complacer al comprador, por lo que es mucho menos preocupante de lo que se piensa.

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Al inicio dije que en papel la competencia es mucho mejor que su opuesto —y que también, lo es en la práctica. Ya que ninguna situación es perfecta, tampoco lo es la competencia, la que contiene un riesgo potencial que examino abajo.

El riesgo de coludirse —ponerse de acuerdo entre las empresas para dejar de competir entre ellas y estandarizar la oferta de sus productos, por ejemplo, acordando precios iguales para todos.

La colusión de este tipo es lo que se llama cártel, que es ese convenio o acuerdo entre empresas y que les permite dejar de competir entre ellas con acuerdos en precios, distribución y demás.

El riesgo es real y sus consecuencias dañan al consumidor en el mismo sentido que lo hace un monopolio. Puede evitarse permitiendo la entrada de productos importados que sean sustitutos de los ofrecidos por el cártel —y también, permitiendo la entrada libre de nuevas empresas.

También, con acciones directas de gobierno que prohiban y castiguen acciones ilícitas del cártel o del monopolio —todas las que creen obstáculos de entrada a nuevos competidores.

Aunque el riesgo es real, debe también apuntarse que un cártel contiene incentivos internos para violar los acuerdos entre las empresas —si deciden ellas elevar los precios de todas, cada una de ellas tendrá un incentivo para no hacerlo, o hacerlo con retraso significativo.

Las situaciones de cárteles han sido exageradas en lo general —con reacciones ante ellas que curiosamente llevan con frecuencia a aún mayor concentración monopólico cuando el gobierno interviene.

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Existe una situación adicional que es escasamente tratada por el público en general —la de la empresa “dominante”, que es definida de manera variable como aquella que tiene una cuota o participación de mercado mayor a un cierto nivel, por ejemplo, 45% o alguna otra cantidad.

Es cierto que una empresa muy grande, con una cuota desmesurada de mercado, tendrá gran poder —y lo podrá usar para combatir a competidores que la amenacen usando medios cuestionables. Esta posibilidad es real y ha acontecido muchas veces.

La reacción ante esta situación es algo también que suele exagerarse —y también evaluarse incorrectamente.

El tamaño de una empresa “dominante” bien puede ser el resultado de una empresa que ha logrado un éxito poco común y una muy alta preferencia de los consumidores. Si ése es el caso, sería injusto considerarla un monopolio o algo similar.

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Lo que he querido hacer con las consideraciones anteriores es examinar algunas de las sutilezas que contienen los conceptos de monopolio, libre competencia y empresa dominante para obtener una conclusión general:

Bajo toda circunstancia, donde ello sea posible, debe implantarse un sistema de competencia aceptando los riesgos de colusión que puede tener —y que suelen ser menores a los pensados. Lo realmente temible es la situación monopólica de un producto con pocos sustitutos, como el petróleo o similares.

Finalmente, existen situaciones en las que la competencia es poco o nada posible, como en los servicios de drenaje, agua y similares —en estos casos poco numerosos la actuación de la empresa debe ser vigilada.

Nota del Editor

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Libre Mercado.

También en ContraPeso.info: Monopolios. Véase muy especialmente Monopolios, con una idea, la de que ellos no deben preocuparnos tanto.

Un mal uso de las nociones de competencia y monopolio fue examinado por Girondella en Obsesión Monopolica.

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