Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Moral e Incentivos
Eduardo García Gaspar
21 agosto 2013
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La persona fue clara. Realmente clara. Y tenía su punto muy razonable.

Dijo que el Cristianismo se contradecía a sí mismo. Puso un ejemplo que todos conocemos.

Lo explicó realmente bien. Dijo que para los cristianos, Dios es amor, que ellos creen que Dios los ama y que incluso murió por ellos.

Y justificó su ateísmo diciendo que lo anterior contradice otra idea del Cristianismo.

“Ustedes, los cristianos, también creen en el temor a Dios. ¿Cómo le voy a tener miedo a quien me ama, o amar a quien temo? No tiene sentido. Es una contradicción”.

Total, la idea es sencilla: resulta contradictorio tener miedo a quien nos ama. No resulta lógico ver con espanto a quien se supone es la esencia misma del amor.

No voy a entrar en la solución teológica de lo que parece una contradicción importante, sólo apunto que no veo nada ilógico en amar a mis padres, cuya autoridad temía en el sentido de respetar.

Sea lo que sea, la idea del temor de Dios es una de gran influencia, o al menos lo fue. Pongámonos en los zapatos de alguien en el siglo 16, digamos en Europa.

Seguramente mucho de su vida habrá sido afectada por ese temor. Esa persona habrá pensado en la posibilidad del Juicio Final y ser condenado. Esto le podrá haber causado alarma y turbación.

Un economista hablaría de incentivos negativos, similares a los que tienen los criminales frente a la posibilidad de sentencias de cárcel. Realizar uno o más actos que presentan la posibilidad de un castigo colocan a la persona en una situación que le hará pensar que quizá no deba realizarlos. No es difícil entenderlo.

La apuesta de Pascal es la expresión más conocida de la valuación de ese riesgo de condena eterna: un castigo infinito que hace que ningún acto que lleve a esa castigo valga la pena, por grandes placeres que logre.

Cambiemos de tiempo y regresemos ahora al siglo 21, poniéndonos en los zapatos de otra persona, la que sea.

Veremos que hay un cambio importante. La noción de la condena eterna ha caído notablemente. Ya no tiene la influencia que tuvo. Sin embargo, se mantiene la idea de que debemos hacer lo bueno y evitar lo malo. Eso no ha cambiado, pero sí el incentivo para hacerlo.

Ahora, se habla de otras cosas. Por ejemplo, de los castigos legales para quienes violan la ley. O de la necesidad de ser buenos y comprensivos, o tratar a todos por igual, o ser tolerantes, o lo que usted quiera.

Hay un cambio notable, el del incentivo a la buena conducta personal. Antes, al menos en buena parte, era el miedo a ser condenado en la otra vida. Ahora, el incentivo a portarse bien es mucho menos extremo, más suave. Se sigue queriendo tener buenos actos, pero los “castigos” por no hacerlo son distintos, muy distintos.

Ahora es cuando las cosas se ponen interesantes, cuando reconocemos nuestra propia naturaleza.

Es obvio que con un incentivo o con el otro, se acepta una realidad inevitable: hacer el bien, o hacer el mal, es nuestra decisión. Podemos comportarnos como santos, pero también como demonios. Y, por supuesto, es preferible comportarse bien, sin hacer, por ejemplo, cosas que dañen a otros.

Los cristianos apelan, al menos en parte, al temor de Dios para mover a las personas a hacer lo bueno. Concretamente, el miedo a ser condenados por siempre, es parte del incentivo cristiano a hacer el bien en este mundo… y evitar el mal.

Si ese incentivo ya no tiene ahora la misma fuerza, lo que no ha cambiado es el deseo de hacer el bien y evitar el mal.

Y esto es lo que llama la atención, cuando nos ponemos a pensar en ello. No hay cambios aquí. Seguimos creyendo que podemos comportarnos de manera indebida, que hacer el bien es una alternativa en todas nuestras acciones.

Los incentivos para hacerlo pueden haber cambiado, pero no la intención de tener conductas buenas.

Esto es una gran ayuda para comprender nuestra naturaleza. Por principio de cuenta, somos libres y eso es demostrable por la realidad de nuestras conductas: pudiendo hacer siempre lo bueno hay ocasiones en las que no lo hacemos. Incluso sabiéndolo.

En otras palabras, somos seres libres que son también débiles o imperfectos y necesitamos, sin duda, ayuda para hacer el bien.

Buena parte de esa ayuda son los incentivos: eso que es externo a nosotros y que nos hace pensar dos veces antes de cometer un acto indebido.

Post Scriptum

Hay más ideas al respecto en ContraPeso: Naturaleza Humana.

Sobre la contradicción entre amor y temor a Dios, el lector tendrá que aclarar sus dudas en otra parte con más claridad. Por mi parte, no veo contradicción en ambos sentimientos. Puede amarse a alguien y, por esa misma razón, tener miedo a ofenderla. Del otro lado, creo sinceramente que Dios nos ama sin límites y que el único temor que puede inspirarnos es el no amarle en reciprocidad.

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