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Obama, Que Lea a Tocqueville
Selección de ContraPeso.info
8 febrero 2013
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Why Barack Obama Needs to Read Alexis de Tocqueville.

Los discursos inaugurales presidenciales suelen ser una cosa inspiradora, sin embargo el diablo está invariablemente en los detalles. En este sentido, el segundo discurso inaugural del presidente Obama no constituye una excepción.

En este discurso hubo, obviamente, todo tipo de comentarios altamente cuestionables:

“Una década de guerra está terminando”.

¿En serio? Alguien se habrá olvidado de informar al presidente sobre la actuación de al-Qaeda en el Magreb islámico, por no mencionar a los ciudadanos estadounidenses y otras personas inocentes recientemente asesinados terroristas vinculados con esa banda en Argelia.

“La recuperación económica ha comenzado”.

¿Y entonces por qué la tasa de desempleo está exactamente en el mismo punto que hace cuatro años? Y qué sucede con los 16 trillones de dólares de deuda que tiene los Estados Unidos, de los que nada menos que 5 trillones se han acumulado, “ehem”, en los últimos cuatro años?

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Sin embargo, dejando estos y otros detalles inconvenientes a un lado, hay una cosa que se pone claramente de manifiesto en este discurso inaugural: la cosmovisión de nuestro presidente de que es el gobierno el primer medio a través del cual abordamos nuestros problemas comunes y tomamos conciencia de nuestras responsabilidades y obligaciones como ciudadanos y seres humanos.

Que muchas de estas responsabilidades y obligaciones puedan materializarse fuera del ámbito de la política no es algo que, al parecer, se le haya podido ocurrir al presidente.

En este sentido, siempre me he preguntado qué pensaría el presidente Obama si se hubiera tomado la molestia de poner a un lado por un momento la biblia del progresivismo moderno, la Theory of Justice de John Rawls y leer un texto por lejos mucho más interesante (por no decir mucho más legible también), La Democracia en América, de Alexis de Tocqueville.

Uno sospecha que el presidente quedaría asombrado de cómo los americanos que observara el joven aristócrata francés fueron capaces de enfrentar toda clase de problemas que estaban más allá de la capacidad de los individuos y que no se resolvían mediante los efectos beneficiosos de los negocios y los intercambios comerciales.

Tocqueville notó que los estadounidenses del siglo XIX enfrentaron estos problemas a través de la formación de asociaciones libres —especialmente a través de la mediación de las distintas iglesias y demás asociaciones religiosas— en lugar de mirar inicialmente al gobierno.

Para Tocqueville, el contraste con Francia, donde un estado altamente centralizado se concebía como la primera referencia para una llamada de auxilio, era sorprendente:

“Los norteamericanos de todas las edades, de todas condiciones y del más variado ingenio, se unen constantemente y no sólo tienen asociaciones comerciales e industriales en que todos toman parte, sino otras mil diferentes: religiosas, morales, graves, fútiles, muy generales y muy particulares. Los norteamericanos se asocian para dar fiestas, fundar seminarios, establecer albergues, levantar iglesias, distribuir libros, enviar misioneros a los antípodas y también crean hospitales, prisiones y escuelas. Si se trata, en fin, de sacar a la luz pública una verdad o de desenvolver un sentimiento con el apoyo de un gran ejemplo, ellos forman una sociedad. Siempre que a la cabeza de una nueva empresa se vea, por ejemplo, en Francia al gobierno (…) en los Estados Unidos se verá, indudablemente, una asociación”.

El mismo fenómeno fue notado 120 años después por otro famoso católico francés que trabajó y vivió en los Estados Unidos.

Los Estados Unidos que observara Jacques Maritain durante las décadas del ’40 y del ’50 constituyeron una sociedad muy distinta de la que analizara Tocqueville, no en menor medida como consecuencia de los efectos económicos y sociales generados por las políticas del New Deal.

Sin embargo, y a pesar de estas transformaciones, Maritain (que tuvo muy buen conocimiento de la obra de Tocqueville) todavía pudo observar que, en este sentido, algo todavía no había cambiado:

“Una de las características más sorprendente de la imagen es el enjambre infinito, en la escena norteamericana, de los grupos privados, clubes de estudio, asociaciones, comités, que están diseñados para “velar por uno u otro aspecto del bien común”… El efecto es una espontánea y firme regulación colectiva, y manifestativo del tremendo esfuerzo de un país entero, que resulta de una importancia incalculable”.

Esta aparentemente interminable red de actividades asociativas se correspondía con una generosidad financiera que asombró completamente a Maritain:

“A los norteamericanos les gusta dar. Por supuesto que existe la reducción impositiva por las donaciones que se orientan al bienestar general, pero esta ley impositiva no hubiera sido posible si el legislador astuto no se hubiera dado cuenta de que, por regla general, la gente en Norteamérica cree que es mejor dar que recibir.

“No sólo las grandes fundaciones sino que también la actividad ordinaria de las instituciones estadounidenses y de los innumerables grupos privados en Norteamérica nos enseña que la antigua idea greco-romana del civis praeclarus, el ciudadano dedicado que gasta su dinero al servicio del bien común, juega un papel esencial en la conciencia norteamericana… No existe materialismo, creo, en el asombroso e incontable abanico de iniciativas de ayuda fraterna que constituyen el pan de cada día del pueblo norteamericano, o en el profundo sentimiento de deber de cuidado hacia el prójimo que existe en ellos, especialmente hacia cualquier persona en el extranjero que se encuentra en una situación de angustia”.

Naturalmente, como ya señalara Adam Smith, existen algunas cosas que sólo los gobiernos pueden hacer —la defensa nacional y las obras públicas son algunos de los ejemplos más claros que empleó el sabio escocés.

Sin embargo, es la constante identificación que hace nuestro presidente entre el bien común con las iniciativas estatales, con los planes gubernamentales y con los programas políticos lo que constituya tal vez el perfil más inquietante de su discurso inaugural.

Desafortunadamente, me temo que esta tendencia presente en el actual inquilino de la Casa Blanca no va a cambiar a corto plazo.

Nota del Editor

La traducción del artículo original “Why Barack Obama needs to read Alexis de Tocqueville” publicado por el National Review, el 21 de enero de 2013 es de Mario Šilar del Instituto Acton Argentina para el Acton Institute.

Hay más ideas sobre el presidente de EEUU en ContraPeso.info: Obama.

Samuel Gregg muestra con claridad dos mentalidades muy diferentes:

1. La de Obama y gente como él, de antes y ahora, que cree que las iniciativas de las personas dentro de una sociedad sólo pueden tener un origen, el gobierno. Ningún ciudadano, nadie en la sociedad, puede pensar y hacer, solamente el gobierno.

2. La de Tocqueville y gente como él, de antes y ahora, que piensa lo opuesto: las iniciativas tienen su origen en la acción de los ciudadanos, como observó en su famoso viaje.

Una video que expresa cosas como estas, justamente frente al mismo Obama.

 

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