Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Obsesión por el Control
Eduardo García Gaspar
19 agosto 2013
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


No son cosas desconocidas. Son de simple sentido común.

Y se han dicho varias veces. Están en libros que cualquiera puede comprar.

Tomemos, por ejemplo, a un irlandés-francés de hace ya tiempo, Richard Cantillon (1680?-1734) y su célebre Ensayo Sobre la Naturaleza del Comercio en General.

Fue publicado en 1755. No es algo que sea precisamente nuevo. Al final de la segunda parte, Cantillon escribió algo que es fascinante en dos sentidos:

“Si el Príncipe o el Administrador de un Estado desea regular por ley la tasa actual de interés, la regulación debe fijarla sobre la base de la tasa actual de mercado en su nivel alto, o a su alrededor.

“De otra manera, la ley será inútil, porque las partes contratantes, obedientes a la fuerza de la competencia o al precio actual determinado por la proporción de prestamistas y prestatarios, harán negociaciones secretas y esta limitación legal sólo avergonzará al comercio y elevará la tasa de interés en vez de determinarla”.

Si en vez de “príncipe” escribimos “gobierno” o “banco central”, tendremos una situación actualizada. No es novedad que los gobernantes quieran regular precios.

Un pequeño ejemplo mexicano en Reynosa, Tamaulipas. Hay allí una delegación de la Procuraduría Federal del Consumidor y el delegado dijo que, “Estamos visitando todos los negocios para que no haya aumento de precios” (HoraCero, 6 agosto 2013).

Se refería a los precios de artículos escolares en la temporada de entrada a clases. Igual que intentar fijar la tasa de interés es intentar fijar precios o cuidar que no suban.

En fin, intentar hacer esas cosas es una especie de obsesión del gobernante y, de hacerlo, dice Cantillon, será estéril. No funcionará.

Sucederá que las partes, compradores y vendedores, encontrarán maneras de salirse de la limitación que les ha impuesto la regulación de la tasa de interés.

Podrán pagar por debajo de la mesa, descontar intereses antes y cobrarlos después. Quizá encuentren la conveniencia de hacer un pago por estudio de posibilidad. Hacer estas cosas quizá tienda a elevar costos.

Dije que esa idea de Cantillon es fascinante en dos sentidos. Uno es el de encontrar esas ideas hace ya muchos años, tratadas académicamente. No fue Cantillon el primero. Por ejemplo, los Escolásticos Tardíos, del siglo 17, ya escribieron sobre estas cosas y con conclusiones similares.

El otro sentido es la fascinación, un tanto morbosa, que produce la insistencia en intentar hacer lo que suele ser inútil, como ese delegado de la dependencia gubernamental.

Vayamos al nivel federal. El jefe de esa oficina dijo que,

“En el actuar de algunos proveedores se observó que incurrieron en procedimientos tendientes a generar precios exagerados, para obtener ventajas exclusivas indebidas a favor de una o varias personas determinadas y con perjuicio del público en general” (Crónica, 11 febrero 2013).

Hablaba del precio del huevo, para el que no existe control de precios oficial, pero sí hay control de “precios exagerados”.

Es realmente fantástico en sí mismo y, si se considera la posibilidad de que el fantasma de Richard Cantillon converse una noche con ese hombre, podríamos imaginar algo divertido. Algo al estilo de Dickens, el fantasma de los precios libres.

Siguiendo esta línea, quiero ir un poco más al fondo, al origen básico de ese deseo de los gobernantes de controlar la conducta de la gente.

Para el político hay una obsesión central, el poder, lo que H. Kissinger llamó “el mayor de los afrodisiacos”. Una manifestación de ese poder es el ejercer control, y los precios son algo irresistible para el político.

Pocos sueños son tan deseables para un político que decirle a la gente el precio que debe pagar por todo, sean huevos o préstamos.

No es esto un asunto de ideologías, es uno de simple sentido común: si se intentan controlar precios eso es un intento de anular la capacidad de las personas para tomar decisiones y ellas las seguirán tomando, haciendo de las regulaciones una fuente de efectos secundarios imprevisibles.

El asunto puesto en perspectiva es simple: tenemos algo escrito en 1755, que habla de la inutilidad de regular precios, además de otros escritos que dicen lo mismo incluso de fechas anteriores. Pero sucede que en 2013 se hace por enésima vez un intento de lo contrario. Le digo, el deseo de poder y control vuelve ciego al gobernante.

Post Scriptum

La cita es de la obra de Cantillon, R., (2001). Essay on the Nature of Commerce in General. Transaction Publishers, p. 90. Mi traducción.

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