Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Perder el Derecho a Votar
Eduardo García Gaspar
8 noviembre 2013
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es algo que suele comentarse. Tiene su base. Tiene su fundamento.

Pero es un tema tabú. Lo políticamente correcto lo ha puesto fuera de los límites de lo permitido.

Un amigo lo expresa con crudeza: “No acabo de entender que valga lo mismo el voto de un ignorante que el de una persona preparada”.

No es un comentario disparatado, que deba causar escándalo y dejarlo olvidado.

Cada voto va a la selección de gobernantes y la formación de un nuevo gobierno. Es importante, por tanto, estudiar la decisión del voto. Es obligación ciudadana. Aquí es donde entra en juego la capacidad de la persona para decidir su voto.

¿Pueden todos decidirlo racionalmente? Claramente no. En buena parte, dependerá de los estudios de la persona.

Pero también de su interés en la política. Del tiempo del que disponga. De la calidad de las noticias que se tenga. Si todo lo demás es constante, podría suponerse que el mejor preparado votará más racionalmente que el que tiene poca o nula preparación.

Mi amigo pone un ejemplo: “Está más estudiado el voto de un ingeniero que el de alguien que no terminó la primaria”. Creo que sí como tendencia general. Esto es lo que estaba detrás del voto posible sólo para los propietarios, el que presuponía que los no propietarios no tenían interés propio en las decisiones de gobierno.

Cuando las mujeres no podían votar, eso estaba en parte justificado por la idea de que votarían igual que sus maridos y, además, no solían ser propietarias. El punto del voto universal es, en buena parte, la imposibilidad de establecer criterios sólidos que legitimen su restricción.

¿Qué tiene que hacer una persona para que se le retire su derecho la voto? Quizá sólo estar cumpliendo una condena en la cárcel. El resto, todos sin excepción, pueden votar. Un derecho que claramente importa un comino a buena parte del electorado dadas las cifras de abstencionismo en las elecciones.

La pregunta no es nueva. Tiene siglos. Tratar de contestar si todos tienen derecho a votar y elegir gobierno tiene, en su fondo, el problema de conocer la capacidad personal para hacerlo. ¿Qué haría que con razón se le retirara el derecho de votar a alguna persona? El problema es fascinante.

Podría, por ejemplo, retirarse ese derecho a quien no ha votado en cuatro elecciones consecutivas. Con eso ha demostrado que no le interesa el asunto y que su futuro voto, si lo hace, sería un voto descuidado y mal pensado. Podría ser.

En un escrito de Santo Tomás de Aquino (1225?-1274) se trata el tema (dije que no era nuevo). Más aún, Aquino cita a otro autor muy anterior, San Agustín (354-430), quien propone un ejemplo con esa posibilidad que en nuestros tiempos veríamos como el retirar el derecho a votar.

Supone Agustín que la gente en una comunidad tiene “un sentido de moderación y responsabilidad y son los más cuidadosos guardianes de bien común”. Bajo esta condición, sería correcto que se promulgaran leyes que autorizaran a quienes forman esa comunidad a seleccionar los magistrados que los gobernarán.

La condición para la selección de gobernantes es la de un pueblo con sentido de moderación y responsabilidad. Pero si eso no se cumple, y “llega un tiempo en el que la misma gente se corrompe tanto como para vender sus votos; entonces su derecho a seleccionar a sus oficiales públicos es rectamente confiscada y la selección pasa a unos pocos buenos hombres”.

Esta idea es más refinada que las de nuestros tiempos. La condición de una sociedad para votar es, en pocas palabras, su fortaleza moral: ese sentido de moderación y responsabilidad. La falta de fortaleza moral se demuestra cuando esa sociedad se corrompe y vende sus votos, con lo que se justificaría retirarle sus votos.

Lo fascinante es esa especie de anticipación, de más de 15 siglos, con respecto al problema democrático actual.

Un problema de clara compra-venta de votos, por la que algunos grupos venden su voto a cambio de privilegios, baratijas y espejos gubernamentales. Una situación que en pleno derecho justificaría retirarles su derecho a votar.

Por supuesto ningún tribunal tomaría el caso, pero no importa. La realidad es innegable y se trata en el fondo de un descenso en la moral de las personas.

Post Scriptum

El problema puede ser comprendido como uno de soborno y corrupción, por el que se utiliza mal un derecho propio. Un voto debe ser el resultado de una meditación personal para la elección de gobernantes, no la conducta ventajosa que representa la venta de ese derecho y que elegiría a quien no debe gobernar.

Por supuesto, esa compra-venta de votos sería más numerosa entre personas que viven en situaciones precarias. Pero también, entre grupos numerosos y bien organizados, como los sindicatos.

El libro consultado fue Aquinas, T., Treatise on law (2001, Notre Dame studies in law and contemporary issues ; v. 4). Washington DC: Regnery Publishing, p. 107

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