Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Petróleo en Competencia
Eduardo García Gaspar
13 diciembre 2013
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Es común la confusión. Una idea equivocada sobre el liberalismo económico. al revés.001

Se le acusa de ser un aliado del empresario. Una y otra vez se repite.

Se dice que los liberales son los defensores de las empresas grandes y que abusan de su poder.

Una sola columna no corregirá la equivocación. Pero quizá sirva para precisar las cosas.

La realidad, clara y rotunda, es que el liberal económico no es aliado alguno del empresario. Incluso puede ser un enemigo acérrimo. Todo depende de las circunstancias.

En cambio, el liberal o capitalista, como usted quiera llamarle, es un aliado del consumidor.

Pero no me haga caso, citemos a alguien que tiene autoridad en la materia, a Ludwig Erhard, el responsable de la política económica alemana después de la Segunda Guerra Mundial.

“Si el empresario ya no quiere cumplir con la tarea económico-nacional de medir sus fuerzas en el terreno de la libre competencia; si se impone un orden que ya no exige la fuerza, la fantasía, el ingenio, la actividad y el instinto creador de la personalidad individual; si el más eficiente ya no puede vencer ni tiene derecho a vencer al menos eficiente, entonces la libre economía ya no podrá subsistir por mucho tiempo. Se produciría un aplanamiento general, un abandono de responsabilidades, y el afán de seguridad y estabilidad engendraría una mentalidad imposible ya de conciliar con el auténtico espíritu de empresa”.

No creo que puede expresarse mejor. Lo que el liberal económico defiende es una situación bajo la que las empresas deben funcionar, la competencia libre.

Y resulta que esa competencia no es precisamente el sueño dorado de muchas empresas, ni la situación cómoda que buscaría el empresario si lo pudiera hacer. Al contrario.

El tema bien vale una segunda opinión para ponerse a pensar. Suponga usted a una empresa cualquiera, quizá un fabricante de teléfonos móviles, como Motorola.

Su situación habría sido más cómoda y placentera si no se le hubiera ocurrido a Apple sacar al mercado al iPhone. Y Apple viviría más placenteramente sin la competencia de Samsung.

La gente de Bacardi viviría más agradablemente si no hubiera competencia de otras empresas de ron en Guatemala, Nicaragua, Venezuela y demás. Un liberal defendería no a Bacardi, sino a la competencia y atacaría a Bacardi si éste intentara impedir la competencia de otros. Y atacaría a Apple si ella intentara lograr privilegios que limitaran la competencia.

Un liberal económico, el capitalista real, está lejos de ser aliado de las empresas.

Suele ser con más frecuencia su enemigo y lo es porque defiende la idea de que ellas compitan, que trabajen por el bien de la persona más importante que hay, el consumidor.

Pero hay más, el liberal, siendo partidario de la libre competencia, no sólo se opone a las prácticas de empresas que buscan anular competencia, también se opone a la otra manera de frenarla.

Me refiero al intervencionismo estatal, a los monopolios estatales, a los controles de precios, a los subsidios, a tratamientos fiscales distintos.

Cuando usted se declara partidario de la libre competencia, del mercado libre, no tiene otro camino que (1) rechazar el intervencionismo económico que anula a la competencia, y también (2) rechazar a las empresas que buscan anular a esa misma competencia. Esto lo pondrá en una situación curiosa.

El rechazo al intervencionismo económico, si se ignora el otro rechazo, lo hará ver como aliado de las empresas y no como lo que es, defensor de la competencia. Esta situación puede verse muy bien en la discusión sobre las privatizaciones.

Si usted se muestra partidario de privatizar, por ejemplo, al monopolio estatal petrolero mexicano, será común que se le acuse de querer entregar a las empresas particulares la riqueza nacional, de querer que el patrimonio nacional sea propiedad de unos pocos que se aprovecharán de ella (incluso en México, de traidor a la patria).

La realidad es que no se pretende con la privatización otra cosa que poner al petróleo en un sistema de competencia libre que beneficie a los consumidores. Eso es todo. Que varias empresas en competencia ofrezcan gasolina, gas, todo lo que se hace con el petróleo.

La confusión se percibe claramente en el reporte de Proceso (18 marzo 2012):

“Al conmemorar este domingo el 74 aniversario de la nacionalización de la industria petrolera, el perredista Cuauhtémoc Cárdenas dijo que es necesario vigilar que los hidrocarburos nacionales no queden en manos privadas ni extranjeras”.

La dualidad entre manos estatales y manos privadas es errónea. De lo que se trata es de poner un recurso importante en condiciones de competencia libre y sea así manejado con criterios que provocan mejor atención al consumidor.

Eso es lo que defiende el liberal económico, no a las empresas, no al gobierno, sino al consumidor con un sistema, el de competencia libre.

Post Scriptum

Hay una buena cantidad de ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Libre Mercado.

No creo que exista un partidario de la libertad económica que no haya recibido esa crítica, la de ser un aliado de los intereses empresariales y de la codicia privada. Que la crítica sea falsa no importa, ella seguirá vigente por largo tiempo.

La cita es de Erhard, L. (1989). Bienestar Para Todos. Barcelona: Unión Editorial.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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