Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Revolucionario de la Razón
Selección de ContraPeso.info
15 febrero 2013
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
Catalogado en: , , , ,


ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Benedict XVI: Reason’s Revolutionary.

Desde que empecé a escribir sobre Joseph Ratzinger a fines de 1990, me impresionaron dos cualidades del hombre.

La primera fue su amor callado pero claro a Cristo como una Persona viva y no la vaga abstracción de los teólogos liberales, a menudo ateos.

La segunda fue la humildad genuina de Ratzinger. Intelectualmente, Ratzinger superó con creces a los sospechosos habituales que quieren convertir el Catolicismo en algo entre el desastre conocido como Iglesia de Inglaterra y el triste activismo izquierdista de monjas estancadas en 1968.

Y contra las diatribas cada vez más absurdas de un Hans Kung o Leonardo Boff, Ratzinger sencillamente continuó defendiendo y explicando la racionalidad esencial del Cristianismo ortodoxo, con una modestia de la que carecen sus oponentes.

Lo que me lleva a lo que pienso que será el legado de este último gran Papa. En las semanas que vienen, habrá muchos comentarios sobre lo que este Papa ha logrado en un tiempo relativamente corto.

Esto va desde sus esfuerzos para erradicar lo que Ratzinger una vez llamó la “suciedad” de la desviación sexual que ha causado tanto daño al sacerdocio, su acercamiento exitoso a los hermanos del Catolicismo Ortodoxo en oriente, sus nombramientos episcopales en general excelentes, hasta sus reformas de la liturgia.

Pero tenemos que recordar que Benedicto XVI es quizá el Papa más intelectual que durante siglos se haya sentado en la Silla de Pedro, incluso más que su santo predecesor, que sin duda no se quedaba atrás en el mundo de las ideas.

Y si hay una cosa que se destaca en el papado de Benedicto XVI, es la siguiente: su atención, como de láser, a la raíz de las causas de la crisis intelectual que explica no sólo a la cultura occidental actual revolcándose en el relativismo superficial que se muestra a pantalla completa en la retórica sin contenido del político promedio de la UE, sino también el trauma que explica la violencia y la rabia que sigue sacudiendo al mundo islámico y que el Islam parece incapaz de resolver en sus propios términos.

Y ese problema es de razón. Como Benedicto señaló en cuatro discursos fundamentales que bien valen una cuidadosa relectura —la famosa conferencia de Ratisbona en 2006, su discurso de 2008 para el mundo intelectual francés, su alocución ante el Bundestag en 2011 y su intervención en el mundo de la política británica en 2010 en Westminster Hall (no por casualidad el lugar del juicio/espectáculo de santo Tomás Moro en 1535) — el hombre, el hombre occidental sobre todo, ha perdido la confianza en el poder de la razón para conocer la verdad más allá de lo empírico.

¿Y cuál es el resultado?

Equivale a discusiones muy básicas en los ámbitos de la política y las universidades que ya no se realizan a lo largo de las líneas identificadas hace mucho tiempo con figuras como Aristóteles y Tomás de Aquino.

En su lugar, todo se trata de poder, quién es más fuerte y quién puede evocar el más alto grado de humanitarismo sentimental de personas que buscan ser guiadas en sociedades cada vez más incoherentes.

En el mundo religioso, la crisis de la razón significa dos cosas.

Primero, Dios es reducido a la condición de un tierno oso de peluche incapaz de distinguir entre el bien y el mal y que, como Benedicto XVI escribió una vez, “ya no hace otra cosa que darnos la razón”.

O, por el contrario, Dios se convierte en una criatura que exige que nos comportemos irracionalmente —ya sea conduciendo camiones cargados de explosivos contra iglesias católicas en Nigeria, decapitando colegialas adolescentes indonesias cristianas, u otros innombrables de los que dialoguistas profesionales interreligiosos nunca quieren hablar.

Gran parte del mundo no ha estado interesado en escuchar lo que subraya Benedicto constantemente de este punto. ¿Por qué? No porque sea un argumento difícil de entender.

Más bien porque algunas religiones entienden a Dios, ya sea como un tierno pero finalmente patético oso de peluche, o como la crueldad sin diluir de la Pura Voluntad. Dejar atrás estas posiciones significaría cambiar fundamentalmente su propia naturaleza como religión.

En otros casos, abrazar el argumento de Benedicto XVI se traduce en cambios a los estilos de vida que muchas personas simplemente no quieren hacer.

Pero el trabajo de un Papa no es decirle a la gente lo que quiere escuchar. Es, en cambio, enseñarles que Jesucristo, quien es Cáritas, es también Dios que es Logos: la razón divina que nos ama tanto que quiere salvarnos de nuestra soberbia y que ha impreso su razón en nuestra naturaleza para ayudarnos a conocer y elegir libremente la verdad y del bien.

A diferencia de los que nos inclinamos a pensar que son grandes personajes hoy en día, Joseph Ratzinger no llegará a las giras globales de conferencias, recibiendo nombramientos para otra comisión sin sentido de la ONU, participando en los parlamentos religiosos sincretistas, ni tratando de recuperar retrospectivamente su reputación escribiendo memorias clintonescas.

En cambio, más probablemente, vivirá sus últimos días en un monasterio, escribiendo, pensando, pero sobre todo orando a Aquel que Benedicto sabe que un día le llamará a la casa del Padre.

Pero, al igual que otro Benedicto que pasó la mayor parte de su vida en un monasterio, a pesar de lo que logró salvar la civilización occidental, Joseph Ratzinger sabe que, a la larga, hay algo que el mundo necesita, además de una renovación de la razón en toda su plenitud.

Y eso es santidad: la santidad de un Tomás Moro, Teresa de Lisieux, o Juan Pablo II, que produce esa visión de la bondad valiente e indestructible que realmente cambia la historia.

Jamás Benedicto aclaró este punto tan bien como cuando pronunció estas palabras durante una vigilia de oración por miles de jóvenes católicos en la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia en 2005:

“Los santos son. . . los verdaderos reformadores. . . . Sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución. . . . No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¿qué puede salvarnos, si no es el amor?”

Nota del Editor

Hay más columnas del autor en ContraPeso.info: Samuel Gregg. No es la primera vez que S. Gregg llama revolucionario a Benedicto XVI, véase Revolucionario de Dios.

Sobre Iglesia y modernidad, véase Ironía de Ironías. También, Más Allá del Látex y ¿Quién es el Cavernario?

En el 2000, ContraPeso.info publicó una gran idea del entonces Cardenal Ratzinger, El Peligro de lo Perfecto.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras