Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Saber No Saber
Eduardo García Gaspar
16 octubre 2013
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Fue un aprendizaje de humildad. Uno que se ha vuelto imborrable.

Hablaba un economista reconocido explicando algún punto.

Uno de esos que van contra la primera intuición. El tema cambio a otro.

Uno de los que escuchaba hizo una pregunta. El economista respondió de una manera sorprendente.

“De ese tema”, dijo con gran tranquilidad, “no conozco, no puedo opinar. No sé la respuesta a su pregunta”.

El contraste es fascinante, porque a continuación, muchos de los presentes comenzaron a hablar dando sus opiniones. Ninguno de ellos era economista, ni tenía grandes conocimientos sobre el tema.

Esto puede ser explorado examinando dos posibilidades iniciales de casos posibles.

Primero. La opinión de la persona es errónea. Significa que no tiene la verdad, pero además quiere decir que no sabe que no tiene la verdad. La persona supone que su opinión coincide con la realidad, que es verdadera. Esto contiene dos errores, no sólo uno.

El error uno es creer en algo que es falso, lo que sea, como que la tierra da vueltas alrededor de Marte, o que a más gasto público mayor prosperidad. Además hay otro error que es la diferencia con la segunda posibilidad, apuntada abajo: esta persona no sabe que no sabe la verdad.

Segundo. La persona no opina, dice que no sabe. Significa que no tiene la verdad, pero además que sabe que no la tiene. En esta posibilidad, que es la del economista citado arriba, la persona dice que no sabe, que no tiene conocimiento, lo que significa que no conoce la verdad.

La gran diferencia es que esta persona sabe que no sabe, mientras que la otra no sabe que no sabe. Esta es la clave que permite entender lo que sucedió cuando los inexpertos opinaron suponiendo que sabían y el economista se abstuvo sabiendo que no sabía.

Al final de cuentas, se trata de humildad. No es fácil en nuestros tiempos reconocer que no se sabe lo suficiente como para opinar. Y es la aceptación de que opinar es bastante más que un derecho. Es también, en su fondo, la obligación de saber sobre lo que se opina.

Lo anterior nos lleva a otros dos casos posibles. En los dos anteriores, las personas desconocen la verdad. En los dos que siguen, la opinión es verdadera.

Tercero. La opinión de la persona es verdadera, es decir, coincide con la realidad externa a su voluntad. Es el caso del que dice que si tiene un dolor de cabeza puede curarlo tomando una aspirina. Pero, y ésta es la diferencia, la persona no entiende por qué es cierto lo que dice.

Cuarto. La opinión de la persona es verdadera, lo que ella dice corresponde con la realidad, pero además, la persona entiende por qué lo que dice es verdad. Esta persona tiene una opinión verdadera y lo sabe porque comprende el asunto.

Ambas personas tienen opiniones verdaderas, pero una tiene el conocimiento que lo explica y valida, la otra no lo tiene. Es una diferencia importante, porque una de esas personas tiene una opinión real pero no sabe la razón.

Esa forma de ver las cosas tiene sus implicaciones.

Por ejemplo, usted y yo podemos tener alguna opinión sobre Física Cuántica y ser una opinión cierta, pero otro que opina lo mismo nos aventaja porque su opinión ya no es tanto opinión como conocimiento.

Nos vamos con esto a una posibilidad común, la de la repetición de ideas, eso que llamamos clisés.

Cosas como, “la historia la escriben los vencedores”, o “el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pueden ser o no ciertas esas afirmaciones, pero la gran diferencia está en examinarlas lo suficiente como para saber si son reales o no.

Así llego a lo que creo que bien merece una segunda opinión (adicional a la lección de humildad).

Tener opiniones es lo más fácil del mundo, no requiere de nada. No hace falta pensar, ni leer, ni saber. Opiniones sostenidas así serán en su mayoría falsas, o al menos inexactas, pero en alguna proporción serán verdaderas por accidente.

Será una casualidad que se tenga una opinión verdadera sin saber, ni leer, ni razonar. Y ella permanecerá siendo una opinión y nada más que eso, hasta que se comprenda el por qué esa opinión es verdadera, es decir, coincida con la realidad.

Visto de otra manera, mientras no se use como criterio de validez a la verdad, tendremos solamente un galimatías de opiniones la mayoría falsas y muy escaso conocimiento.

Post Scriptum

Para lo anterior, me apoyé en la obra de Adler, M. J. y Weismann, M., How To Think About The Great Ideas (2000, Chicago: Open Court).

Hay otra posibilidad a la anterior, el hacer un ejercicio mental creando un escenario en el que no existe la noción de verdad. Al no existir, se haría imposible distinguir opiniones verdaderas de falsas. Tampoco existiría el conocimiento. Y la única manera de que una opinión fuese mejor que otra sería la fuerza.

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