Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sociedad Perezosa
Eduardo García Gaspar
20 noviembre 2013
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


En tiempos de engaño, decir la verdad es un acto revolucionario”, George Orwell.

El riesgo es real. Ser acusado de soberbia. De arrogancia extrema.

No hay otra alternativa. Debe ser aceptado el riesgo.

Riesgo que se presenta en cuanto alguien dice algo con certeza y el otro responde que eso es orgullo solamente.

Vale el tema una segunda opinión.

Comienzo con otra cita de George Orwell: “Nos hemos hundido a tal profundidad en la que la repetición de lo obvio se vuelve el deber del hombre inteligente”. Sigo con otra, de J. Budziszewsky: “Estamos entrando a una era extraña, en la que en algunos sentidos, los educados saben menos que los no educados”.

No es sencillo describirlo. Se trata como una especie de miedo al conocimiento, combinado con una adoración por la opinión.

Extraña mezcla que rechaza a quien reclama tener razón y demostrarlo, y pone en un nicho a quien tiene una opinión por la que sólo pide respeto.

Las opiniones, leí en alguna parte, están devaluadas. Cualquiera tiene un número ilimitado de ellas, especialmente sobre los temas que menos conoce (que es donde más hay, pues si los conoce, entonces se trata de conocimiento). Para ellas se pide respeto, en aras de la diversidad, la tolerancia y cualquier otro motivo políticamente correcto.

Pero quien presume tener de conocimiento cierto, razonarlo y demostrarlo, por el contrario, suele ser acusado de fanático, fundamentalista, autoritario.

Es ese riesgo que corre quien defiende una posición con razones, el de ser calificado de soberbio.

En medio de esa mezcla extraña de rechazo del conocimiento y adoración de la diversidad de opiniones, hay una víctima cierta, la verdad.

No es un asesinato intencional de la verdad, es simplemente su olvido, incluso su rechazo. Quien sea que pretenda tener una verdad, la que sea, es colocado en un ostracismo que termina por matar.

Este es el problema real. Cuando uno se olvida de la verdad, la única posibilidad es inventar la realidad propia, distinta en cada persona e imposible de conciliar. El conflicto es inevitable.

Un conflicto sin posibilidad de arreglo que no sea el uso del poder para imponerse sobre el otro.

Estos son nuestros tiempos. Esos en los que la repetición de lo obvio resulta un deber, en los que la educación formal necesita corregirse. No son cosas complicadas las que se han olvidado.

Son principios razonables, como el decir que la razón abarca a las ciencias empíricas, pero va más allá de ellas. O como el creer que la libertad necesita la noción de responsabilidad, sin la que no puede subsistir.

O, más aún, la idea de que los seres humanos están destinados por su propia naturaleza a fines más elevados que el placer sexual. Una cosa que contrasta severamente con las opiniones sobre nuestro gran parecido con los primates.

Hay algo en nuestros tiempos que se ha perdido. Quizá sea el apetito por la verdad, quizá sea la habilidad para razonar correctamente. “Una mentira puede llegar al otro lado del mundo mientras la verdad está poniéndose los zapatos”, escribió Mark Twain.

Es cierto, la mentira tiene la velocidad de la indisciplina, mientras que la verdad debe ser prudente.

“La verdad te hará libre, pero al principio te molestará”, escribió Gloria Steinem. Y tal vez sea ésta otra clave.

La verdad molesta y en estos tiempos se odia lo inconveniente, lo que fastidia. Resulta preferible vivir dentro de la comodidad ficticia de la tolerancia a toda opinión, que tomarse la molestia de buscar la verdad.

El tema importa porque define a la sociedad en la que vivimos, la civilización que anhelamos. “Los hechos no dejan de existir porque ellos sean ignorados”, dijo Aldous Huxley. La verdad, la realidad, seguirá existiendo sin que importe si tratamos de tenerla o no.

Y al final de cuentas, es ése el punto, el de la sociedad que deseamos. Esa en la que se ambiciona tener conocimiento, saber la verdad… o aquella en la que prefiere vivirse en la comodidad de la pereza mental.

Post Scriptum

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