La expresión suele causar repulsión. Me refiero a las sweatshops.

Traducido literalmente son talleres donde se suda.

Son fábricas, en países subdesarrollados, en los que se producen típicamente zapatos, ropa, juguetes y cosas similares.

Productos que se venden en países desarrollados a precios bajos, gracias en buena parte a mano de obra barata. Barata, en comparación con la mano de obra del país desarrollado.

Todo el concepto de sweatshop se percibe como negativo y reprobable. Se le ve como una fábrica en la que se violan leyes laborales, donde se paga injustamente, se trabaja más tiempo del razonable y no hay prestaciones ni seguridad social. Incluso, donde trabajan niños.

Lo más interesante de este tema es la serie de ideas que se han creado a su alrededor.

Se dice que si se duplicara el salario de esos trabajadores, no habría impacto importante en el precio final. Que la gente estaría dispuesta a pagar más si se le asegura que lo que compra no viene de una sweatshop. Que a la gente se le obliga a trabajar en ellas. Que lo que llevan a casa apenar alcanza para subsistir.

Total, mucho me temo, estamos en un terreno en el que hay demasiado sesgo y poco seso. No es que apruebe sin reservas todo lo que sucede en una sweatshop en cualquier parte del mundo, sino que prefiero usar la razón antes que la emoción.

El sentimentalismo suele ser como el alcohol, un mal consejero.

Comencemos por el principio. Las empresas en un mercado libre compiten por la preferencia del consumidor. Este es quien las mueve. Parte de esa competencia es el precio, una buena parte.

Los consumidores, que somos todos, preferimos precios bajos. Eso mueve a las empresas a ser eficientes, lo más que puedan. Uno de los efectos de esto tratar de usar mano de obra menos cara en otras partes del mundo.

Nada malo hay en esto intrínsecamente. Vayamos ahora a la sweatshop y sus trabajadores, digamos en Vietnam, o en Filipinas, o donde sea.

Producirá camisas para alguna empresa, la que sea. Contrata trabajadores de ese país obviamente. No está mal, se crean empleos adicionales en países pobres.

Es aquí cuando se crea una imagen que en parte está distorsionada. Se narra la historia de esta manera: los trabajadores de la sweatshop son obligados a trabajos mal pagados, en malas condiciones para provecho de la multinacional que subcontrata a la sweatshop.

La historia es incompleta, que es lo que vale una segunda opinión.

Primero, el último beneficiado no es la multinacional, sino el consumidor que compra a precios mejores.

Pero, segundo, el fondo del asunto está en eso de que “son obligados” a aceptar esos empleos sonde se les explota. ¿Lo son? Veamos esto más de cerca con lógica. Charles Wheelan, un economista, lo hace de la manera siguiente.

Tomemos a una mujer que acepta trabajar en una sweatshop que produce zapatos tenis. Su decisión puede ser analizada razonablemente. Puede ser que haya aceptado el trabajo porque es la mejor opción que encontró en su país.

O puede ser que ella sea una débil mental que no aceptó mejores ofertas de trabajo en otras empresas y prefirió un empleo abominable.

La ventaja de ver las cosas así es quitarle lo emocional al tema. Lo más probable es que el trabajo en la sweatshop sea el mejor que pudo haber encontrado y eso significa que la mujer mejoró su posición. Sin ese empleo, quizá se encuentre sin ingresos y aún más pobre.

Por supuesto, esto no significa la aprobación de trabajos forzados, ni de trabajos infantiles.

También, esto permite ver el peligro de sabotear productos que vienen de una sweatshop, pues podría ser que ella cerrara y dejara sin empleo a varios que quedarían sin siquiera ese ingreso.

Pero lo importante es que así puede verse que la clave de la mejoría del estado de esos trabajadores es el establecimiento de más sweatshops. Esto significaría más alternativas de empleo entre las que decidirían las personas.

Pongamos esto de otra manera. Suponga usted que una fábrica cualquiera en su país cierra porque alguien en el extranjero considera que en ese establecimiento se violan leyes laborales. ¿Será eso una buena noticia? No para los que allí trabajan, a menos que existieran más plantas que les ofrecieran trabajo pronto.

En fin, todo lo que intenté hacer es usar un ejemplo, el de las sweatshops, para mostrar un punto: la necesidad de ser menor superficiales en los juicios que se tienen sobre asuntos económicos. Hay más que ganar, cuando se emplea la razón.

Post Scriptum

Insisto en mi punto final: no es esto una defensa de todo lo que puede suceder en una de esas plantas, pero sí es una defensa del mejor razonamiento, del mejor pensar, de eso que evita que los malos análisis lleven a crear situaciones aún peores que las que pretendía corregir.

Sobre el mismo tema, véase Sweatshops: Una Visión Pausada. También, Efectos no Intencionales.

Hay más ideas sobre el tema general en ContraPeso.info: Empleo.

Para esta columna usé el libro de Wheelan, C. J. (2002). Naked economics : undressing the dismal science. New York: Norton.

Una visión pausada

La palabra en inglés sweatshop tiene una definición más o menos clara: una fábrica localizada en algún país pobre en la que trabajan obreros locales produciendo bienes que más tarde son exportados a otros países, generalmente desarrollados.

La connotación de esa misma palabra es la de un establecimiento en el que se pagan salarios de hambre por la producción de bienes que por eso resultan más baratos y benefician a consumidores en países ricos —creando un contraste entre la miseria de unos y la riqueza de otros.

La palabra es, por supuesto, tema central de discusiones que en lo general toman dos direcciones —la de reprobar su existencia y prohibir esas plantas productoras, y por otro lado, la de ver el asunto con mayor profundidad antes de hacer algo.

Las historias al respecto abundan. Con frecuencia se cita el caso de la planta en algún país que empleaba menores en la producción de bienes exportados a los EEUU o Europa, lo que al saberse produjo la iniciativa de cerrarla para evitar el trabajo infantil —eso se hizo para tiempo más tarde saber que los menores se habían quedado sin ingresos y tuvieron que recurrir a la prostitución.

Otras historias señalan que los trabajadores de esas plantas ganan salarios bajos comparados con los de los trabajadores en países desarrollados, lo que se juzga injusto y se usa para justificar el cierre de las plantas —sin comparar esos salarios bajos con los que el resto de los nacionales recibe en el país productor.

Las historias mencionadas y otras más muestran el contraste entre dos mentalidades, la de las buenas intenciones que se deja llevar por las emociones y la de la mentalidad más parsimoniosa que prefiere estudiar los efectos de medidas tan inmediatas.

Mi contribución en esta columna es apoyar a la mentalidad más pausada, la que prefiere dejar de lado las emociones de las buenas intenciones en favor de una serie de acciones que tengan un mínimo de efectos colaterales indeseables. Para eso me apoyo en un estudio sobre el tema.

Sus autores examinaron fuentes de información en los EEUU que contenían acusaciones a esos establecimientos, encontrando 43 de ellas en 11 países. En lo general, encontraron que un trabajador promedio de esas plantas tiene un ingreso mayor al del ingreso promedio del país dentro de la industria textil. A esto, por supuesto, debe agregarse la otra opción en países con alto desempleo de personas con escasa educación —qué es lo que ellas harán cuando ya no tengan ese trabajo porque alguien cree que no ganan lo suficiente.

Los ingresos en esa industria, en los países estudiados, de los trabajadores eran tres veces el ingreso promedio nacional. Las plantas acusadas de ser sweatshops dan ingresos del doble del ingreso nacional promedio.

¿Se remediará el problema cerrando esas plantas? La respuesta es lógica —no sólo no se remediará, sino que empeorará. La alternativa para esos trabajadores no es ir a solicitar empleo en otra planta con un sueldo mejor. No hay tantos empleos para ellos y si los hubiera, esas plantas ya habrían tenido que elevar los sueldos.

La emocional llamada de relaciones públicas para cerrar sweatshops no causa beneficios a nadie, excepto a los sindicatos y empresas que fabrican los mismos bienes que en otras partes se pueden hacer por menos —el resto de las personas son dañadas: los trabajadores quedan sin empleo y los consumidores deben pagar precios más elevados.

El tema, además de aclarar lo que sería un buen consejo y que es el de evitar tratamientos sentimentales a problemas reales que afectan la vida de muchos, tiene otra aplicación de gran utilidad —la de explorar qué es lo que produce salarios elevados.

La respuesta es conocida y tiene dos aspectos, el de la productividad y el de la competencia. Cuando una persona necesita contratar a otra para trabajar en su empresa, el contratante intenta pagar lo menos posible y el contratado pedir lo más posible — y el acuerdo llegará entre ambos dependiendo de la productividad del trabajador y de lo escaso de su talento.

Cuando el talento o habilidad buscada en el trabajador es rara o escasa, los ingresos tenderán a subir. Pero si cualquiera puede realizar esa tarea, como la de limpiar pisos, los sueldos de esas personas tenderán a ser más bajos. La variable clave es la preparación del trabajador, su educación y la repercusión en la productividad. La productividad depende de esa educación, pero también del capital empleado, tecnologías e infraestructuras. Por eso gana más un obrero en Canadá que en Nicaragua: más educación, más tecnología.

Pero si pocos hay para realizar esa tarea, los sueldos de las personas dependerán de su escasez —es lo que causa que un limpiador de pisos gane más en Chicago que en Guadalajara. Hay menos personas dispuestas a limpiar pisos en Chicago.


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