Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sweatshops, un Análisis
Eduardo García Gaspar
8 mayo 2013
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La expresión suele causar repulsión. Me refiero a las sweatshops.

Traducido literalmente son talleres donde se suda.

Son fábricas, en países subdesarrollados, en los que se producen típicamente zapatos, ropa, juguetes y cosas similares.

Productos que se venden en países desarrollados a precios bajos, gracias en buena parte a mano de obra barata. Barata, en comparación con la mano de obra del país desarrollado.

Todo el concepto de sweatshop se percibe como negativo y reprobable. Se le ve como una fábrica en la que se violan leyes laborales, donde se paga injustamente, se trabaja más tiempo del razonable y no hay prestaciones ni seguridad social. Incluso, donde trabajan niños.

Lo más interesante de este tema es la serie de ideas que se han creado a su alrededor.

Se dice que si se duplicara el salario de esos trabajadores, no habría impacto importante en el precio final. Que la gente estaría dispuesta a pagar más si se le asegura que lo que compra no viene de una sweatshop. Que a la gente se le obliga a trabajar en ellas. Que lo que llevan a casa apenar alcanza para subsistir.

Total, mucho me temo, estamos en un terreno en el que hay demasiado sesgo y poco seso. No es que apruebe sin reservas todo lo que sucede en una sweatshop en cualquier parte del mundo, sino que prefiero usar la razón antes que la emoción.

El sentimentalismo suele ser como el alcohol, un mal consejero.

Comencemos por el principio. Las empresas en un mercado libre compiten por la preferencia del consumidor. Este es quien las mueve. Parte de esa competencia es el precio, una buena parte.

Los consumidores, que somos todos, preferimos precios bajos. Eso mueve a las empresas a ser eficientes, lo más que puedan. Uno de los efectos de esto tratar de usar mano de obra menos cara en otras partes del mundo.

Nada malo hay en esto intrínsecamente. Vayamos ahora a la sweatshop y sus trabajadores, digamos en Vietnam, o en Filipinas, o donde sea.

Producirá camisas para alguna empresa, la que sea. Contrata trabajadores de ese país obviamente. No está mal, se crean empleos adicionales en países pobres.

Es aquí cuando se crea una imagen que en parte está distorsionada. Se narra la historia de esta manera: los trabajadores de la sweatshop son obligados a trabajos mal pagados, en malas condiciones para provecho de la multinacional que subcontrata a la sweatshop.

La historia es incompleta, que es lo que vale una segunda opinión.

Primero, el último beneficiado no es la multinacional, sino el consumidor que compra a precios mejores.

Pero, segundo, el fondo del asunto está en eso de que “son obligados” a aceptar esos empleos sonde se les explota. ¿Lo son? Veamos esto más de cerca con lógica. Charles Wheelan, un economista, lo hace de la manera siguiente.

Tomemos a una mujer que acepta trabajar en una sweatshop que produce zapatos tenis. Su decisión puede ser analizada razonablemente. Puede ser que haya aceptado el trabajo porque es la mejor opción que encontró en su país.

O puede ser que ella sea una débil mental que no aceptó mejores ofertas de trabajo en otras empresas y prefirió un empleo abominable.

La ventaja de ver las cosas así es quitarle lo emocional al tema. Lo más probable es que el trabajo en la sweatshop sea el mejor que pudo haber encontrado y eso significa que la mujer mejoró su posición. Sin ese empleo, quizá se encuentre sin ingresos y aún más pobre.

Por supuesto, esto no significa la aprobación de trabajos forzados, ni de trabajos infantiles.

También, esto permite ver el peligro de sabotear productos que vienen de una sweatshop, pues podría ser que ella cerrara y dejara sin empleo a varios que quedarían sin siquiera ese ingreso.

Pero lo importante es que así puede verse que la clave de la mejoría del estado de esos trabajadores es el establecimiento de más sweatshops. Esto significaría más alternativas de empleo entre las que decidirían las personas.

Pongamos esto de otra manera. Suponga usted que una fábrica cualquiera en su país cierra porque alguien en el extranjero considera que en ese establecimiento se violan leyes laborales. ¿Será eso una buena noticia? No para los que allí trabajan, a menos que existieran más plantas que les ofrecieran trabajo pronto.

En fin, todo lo que intenté hacer es usar un ejemplo, el de las sweatshops, para mostrar un punto: la necesidad de ser menor superficiales en los juicios que se tienen sobre asuntos económicos. Hay más que ganar, cuando se emplea la razón.

Post Scriptum

Insisto en mi punto final: no es esto una defensa de todo lo que puede suceder en una de esas plantas, pero sí es una defensa del mejor razonamiento, del mejor pensar, de eso que evita que los malos análisis lleven a crear situaciones aún peores que las que pretendía corregir.

Sobre el mismo tema, véase Sweatshops: Una Visión Pausada. También, Efectos no Intencionales.

Hay más ideas sobre el tema general en ContraPeso.info: Empleo.

Para esta columna usé el libro de Wheelan, C. J. (2002). Naked economics : undressing the dismal science. New York: Norton.

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