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Tiranía, el Real Enemigo
Selección de ContraPeso.info
10 diciembre 2013
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Jordan Ballor. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Tyranny is the True Enemy.

La segunda entrega de la trilogía de Los Juegos del Hambre: En Llamas, abrió hace pocas semanas con gran éxito de público y crítica, y sin duda no defrauda su adaptación cinematográfica.

En general, es una traducción fiel y apasionante de la visión post-apocalíptica de Suzanne Collins, de los orígenes de la revolución en un mundo tiránico. Se ha hablado mucho de los temas religiosos, e incluso específicamente cristianos, de la serie.

Pero en medio de la variada recepción de la trilogía por parte de los comentaristas cristianos, vale la pena reflexionar sobre lo que es quizás el mensaje dominante de la segunda película, bien expresado en la advertencia de uno de los personajes, Haymitch Abernathy: “Recuerda quién es el verdadero enemigo”.

Alissa Wilkinson, jefe de críticos de cine en la revista Christianity Today, explora esta advertencia en su crítica, la que en gran parte se centra en la configuración contemporánea de este fenómeno cinematográfico. Señalando a la gran cantidad de “tie-in merchandising” que rodea a la película, incluyendo “Fiery Footlong”, los sándwiches de Subway, y la relacionada promoción en el Tour de la Victoria, Wilkinson escribe que ella está “consternada.”

Esta promoción “quita garra” al mensaje de la trilogía, reemplazando la esencia de los libros con la vistosidad de la comercialización y la superficialidad del consumismo. Los libros mismos, escribe, “son una crítica mordaz y una grande luz intermitente de advertencia que dice que este tipo de sustitución de las apariencias de la realidad nos pone en la ruta rápida a la tiranía”.

Regalos de comida rápida, las figuras de acción con licencia y las alfombras rojas “son meros símbolos de una historia que critica a los que verían a los símbolos y las superficies escondiendo lo que realmente está pasando debajo”.

Entonces, estas corporaciones como Subway “nos dan lo que pedimos. Pan y circo. Chocolate y parques temáticos”. Como concluye en su crítica Wilkinson, invocando la advertencia de Haymitch, el mercado parecería ser el enemigo.

Y sin embargo, este no es en absoluto el mensaje del libro de Collins. El problema con Panem no es que las corporaciones como Subway se hayan apoderado del mundo y estén empujando a sus productos siempre y en todas partes.

A los habitantes del Distrito 12, sin duda, les encantaría tener una institución como Subway donde pudieran disfrutar de manera fiable comida fresca y deliciosa a precios asequibles. El problema con Panem es, más bien, que el consumo ostentoso de unas pocas elites ha conspirado junto con el poder político brutal para excluir del mercado la mayoría de los ciudadanos.

Una de las acciones clave que fomenta la incipiente revuelta contra la tiranía del Capitolio es el cierre de los mercados negros de los barrios, que eran una de las pocas maneras en que las personas podían obtener productos de primera necesidad. Lo más cerca que Katniss, otro personaje, llega a estar de un “Fiery Footlong” en el Distrito 12 es un pan quemado de la panadería de Peeta.

Wilkinson tiene razón al señalar al hedonismo como un semillero de la tiranía. Como Gamemaker Heavensbee lo hace memorable en la película, las partes características de la alta sociedad del Capitolio son agradables sólo en la medida en que las facultades morales estén habituadas a la decadencia.

Wilkinson recopila de manera convincente una serie de pautas de consumo que siguen los ciudadanos de Capitol, que debe suscitar nuestro horror y disgusto.

Pero la forma específica en la que funciona en Panem esta conexión entre la sensualidad y la tiranía materialista es que el consumismo hedonista de las elites del Capitolio está habilitado por la extracción del potencial económico de los distritos. Panem no es nada parecido a una economía de mercado viable, ciertamente no es un mercado libre.

Es, en cambio, lo que los economistas como Daron Acemoglu y James A. Robinson identifican correctamente como una economía “extractiva”. La tiranía del presidente Snow y de la clase dirigente del Capitolio está en la exclusión de la gran mayoría de la gente de Panem de las instituciones económicas que son tan necesarias para el florecimiento, cosas como los derechos de propiedad, el derecho de asociación y de comerciar libremente, y la derecho a gozar de los frutos de la propia mano de obra.

Además de la brutalidad específica y terrible de la farsa de Los Juegos del Hambre, Panem termina en un estado de revolución, precisamente porque los oprimidos ya no están dispuestos a permanecer en los márgenes, excluidos por la fuerza del disfrute de los bienes y servicios que ellos mismos producen.

La brutalidad y la violencia del sistema de Los Juegos del Hambre es sólo una variación sobre un tema mucho más viejo de la historia humana de la tiranía: el uso del poder político para tomar la riqueza de los muchos y redistribuirlo según el capricho y el placer de la élite.

Las evocadoras imágenes de Collins, del mundo antiguo, sobre todo Roma, son ilustrativas. Al igual que las organizaciones políticas coercitivamente redistributivas de las antiguas sociedades del mar Egeo, en particular las que dependían de formas de esclavitud o servidumbre, Panem satisface las necesidades de los pocos con las necesidades de la mayoría.

De esta manera, la advertencia más saliente de la trilogía de Los Juegos del Hambre para nosotros hoy en día no está en los planes de marketing mal concebidos de las empresas, que debe reconocerse son innumerables (considérese, por ejemplo, el Menú Hobbit de Denny’s), sino en la amenaza representada por la captura del poder político por las élites, ya sea “cronyist” o socialistas, incluyendo lo que los economistas llaman corporativismo, la búsqueda de rentas y la captura del regulador.

Los similares contemporáneos más cercanos al sistema de Panem serían entonces fenómenos como la energía y los subsidios agrícolas, así como otras políticas de bienestar corporativo, más que el merchandising de mal gusto de Subway y los “tie-ins” de marcas.

La crítica de Wilkinson condena correctamente el hedonismo materialista característico del Capitolio, y en la medida que nuestra cultura del consumismo nos distrae de los problemas políticos y de los problemas espirituales más profundos que enfrentamos hoy en día, entonces el enemigo real será olvidado.

Pero al final, el verdadero enemigo de la libertad y la prosperidad de hoy es el despotismo representado por las elites del Capitolio, o lo que se ha llamado “la clase dominante de Estados Unidos” . Como Haymitch, sin duda, lo explicaría, el verdadero tirano es el presidente Snow, no el CEO de Subway.

Nota del Editor

Es común, me parece, la confusión que lleva a concluir que los enemigos de la sociedad son los grandes intereses comerciales, cuyo egoísmo debe ser contenido por gobernantes que, se supone, buscarán el bien de todos. Pensando así, muchos buscan hacer crecer el poder gubernamental sin darse cuenta que haciendo esto crean un ente aún más temible y poderoso que la mayor de las empresas.

Ballor escribió otro comentario sobre la primera entrega de la serie. Véase también, Primero Pan, Luego Ética.

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