Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tolerancia como Falacia
Eduardo García Gaspar
29 noviembre 2013
Sección: EDUCACION
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Son maneras para ganar discusiones. Cosas que la gente dice para apoyar sus opiniones.

Maneras en las que ellas se convencen a sí mismas. Y también intentan persuadir a los demás.

Sistemas de argumentación que están equivocados. Son mucho más comunes de lo que pueda pensarse.

“Te debería dar vergüenza apoyar ideas que van contra el interés de las mayorías”, me dijo hace ya tiempo un amigo. Uso él una apelación negativa: debía yo sentirme turbado por pensar de cierta manera, es decir, al cambiar de opinión, terminarían mi apuro y mi vergüenza.

Mala manera de razonar, esa de negar una opinión diciendo que ella produce bochorno en quien la sostiene.

Como la de quien no hace mucho me dijo, “Si fueras inteligente, aprobarías las nuevas leyes fiscales”. Una cierta gracia hay en decirle al otro que si piensa así, es tonto, pero que puede ser inteligente si cambia de opinión.

“No tiene caso que sigamos como amigos si es que sigues insistiendo en que el gasto público sirve de nada”, dijo alguien. La falla es notable en esa manera de querer ganar discusiones: se condiciona la amistad al cambio de opinión. Igual que la de “Si quieres mantener tu empleo, tendrás que cambiar de opinión sobre ese asunto”.

Para entendernos mejor, vayamos a una situación: el escenario de un robo en el que el ladrón y su víctima se enfrascan en una discusión.

El ladrón pide a su víctima que le dé su billetera y la víctima se niega. En este escenario, el ladrón tiene arma alguna, excepto su habilidad argumentativa para persuadir. Las dos partes razonan sus opiniones y quien gana la discusión, lo hace sin instrumentos indebidos.

Si el ladrón tuviera un arma, la cosa cambiaría, haciéndole ganar la discusión con su víctima. Ésta tendrían que acabar siendo persuadida de entregar su billetera, no porque el ladrón haya expresado mejores argumentos, sino porque tiene un arma que gana a cualquiera que sea el poder del razonamiento de la víctima.

Las falacias son una especie de armas, como la del ladrón, aunque mucho más sutiles y difíciles de encontrar.

Armas como el uso de la pena y vergüenza de no pensar como el otro, o el uso de los halagos para decir que, por ejemplo, sólo los inteligentes piensan de cierta manera. O la amenaza de contar algo indebido si la persona no cambia de opinión.

Los gobernantes son usuarios frecuentes de las falacias. Son una parte esencial de su retórica.

Usted los ha escuchado cuando hablan de ayudar a los que menos tienen, a los más necesitados. Usan esa “razón” para justificar lo que sea, como un aumento de impuestos. Y si usted se opone, entonces usted es un cínico a quien no interesa el bien social.

Esta mala manera de pensar es muy frecuente y riene su nombre. Es el argumentun ad misericordiam. Consiste en tomar una situación indeseable, la que sea, y volverla razón suficiente como para justificar cualquier otra cosa. “Si te opones al impuesto a los refrescos es que no te compadeces de los niños obesos”, sería un ejemplo de esta falacia.

También entre políticos es frecuente otra falacia, la que se basa en acusaciones mutuas. Si un político acusa a otro de usar fondos públicos para comprar votos por medio de regalos de alimentos, el acusado responde que quien lo acusa también ha usado dinero público para comprar votos regalando servicios médico. Que los dos hayan hecho eso, no se vuelve una razón para justificar eso.

Finalmente, los gobernantes sueles usar mucho una manera de razonar que es falaz. Suponen ellos que oponerse a sus decisiones es una forma de traición a la patria. “Quien se opone a la buena ley fiscal que hemos emitido no es un buen patriota preocupado por el bienestar de la nación”, argumentan ellos. Un error de simplificación de opciones.

Hablar de estas cosas tiene sentido por la gran frecuencia con la que se usan estas maneras equivocadas de razonar, pero lo que bien vale una segunda opinión es explorar las causas por las que esto sucede.

Sin duda hay muchas, pero la principal es que la educación formal no entrena la mente del estudiante a encontrar estos errores.

El estudio de las maneras correctas de razonar, en realidad, ha sido sustituido en parte por una práctica que impide pensar. Cuando alguien pide tolerancia frente a cualquier opinión, en realidad está solicitando dejar de examinar esas opiniones, cuyo valor siempre resulta variable.

Lo que me lleva a proponer otro tipo de falacia, uno relativamente nuevo. Consiste en intentar ganar una discusión argumentando que la opinión sostenida merece respeto y tolerancia. La realidad es que lo que merece respeto es la persona, pero sus opiniones no necesariamente.

Ninguna opinión puede justificarse a sí misma diciendo que frente a ella debe serse tolerante y dejarla sin examinar. Sin duda, una de las fallas notables de nuestros tiempos de demasiada televisión y escaso seso.

Post Scriptum

Hay más sobre el tema en ContraPeso.info: Falacias.

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Sección: Educación

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