Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tolerancia: Sus riesgos
Eduardo García Gaspar
6 mayo 2013
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Fue una noticia poco difundida. Trató las declaraciones de un arzobispo, el de Miami.

El tema fue el de los matrimonios homosexuales. Más claro, no pudo ser.

Según Thomas Wenski, esos matrimonios “corrompen el arreglo natural” para la educación de los niños, que necesitan un padre y una madre.

Reportada el 30 de abril pasado (CNSnews.com), en ella se citan las palabras de Wenski.

“Toda investigación social honesta así como la evidencia anecdótica muestra que los niños están construidos (hard-wired) para ser mejor educados por una madre y un padre que están casados en una relación de conflicto reducido”.

La opinión es conocida. Tiene sus bases racionales y también religiosas. Las cosas se ponen interesantes por el añadido que hizo el arzobispo.

Dijo que si prevalece el reclamo de matrimonios del mismo sexo, eso modificará en lo fundamental a la familia de padre, madre e hijos, lo que “abrirá la caja de Pandora”.

Esa frase es la acostumbrada al referirse a los llamados efectos no intencionales, los que tendría esa redefinición de matrimonio sustentada en la “sola gratificación de dos (¿por qué sólo dos?) adultos que consientan”.

Se trata, dijo, del relativismo moral, que en la práctica establece una religión nueva, secular, en la que cada quien tiene el derecho a definir sus propias ideas sobre la vida.

Esto es lo que lleva a lo que bien vale una segunda opinión. Dijo el arzobispo,

“Cuando una democracia se fundamenta a sí misma en el relativismo moral y cuando considera que todo principio ético o valor es negociable… se encuentra ya en camino a pesar de sus reglas formales, hacia el totalitarismo… La fuerza del derecho velozmente se convierte en el derecho a la fuerza” (The might of right quickly becomes might makes right).

La posición del catolicismo es clara y Wenski la repite en sus palabras. Nada desconocido hay en ello. Pero es la idea de los efectos no intencionales lo que le añade una dimensión poco explorada.

No creo que muchos digan que una redefinición de matrimonio y familia no tenga más efectos de los que podemos anticipar. El cambio es tan profundo que anticiparlos es imposible.

Obviamente es algo que tiene sus riesgos y grandes y desconocidos. No es una medida que pueda tomarse a la ligera y ser vista como una simple ampliación de derechos.

Y eso nos lleva a otro añadido de Wenski: hacer negociables a los principios éticos tiene una mala consecuencia que no es difícil de entender. Cuando usted los hace negociables, cuando dejan de tener una naturaleza absoluta, ya nada impide que el poder sea frenado. La libertad desaparecerá.

Es interesante contrastar la posición del arzobispo con la de un amigo, quien aprueba esas bodas. “Si se aman dos personas del mismo sexo, allá ellas si quieren o no casarse, que lo decidan, que hagan lo que quieran con su vida y nosotros debemos tolerar su decisión sin impedirla”, dice él.

El contraste entre la opinión de Wenski y la de mi amigo va más allá del ser diferentes.

Uno reprueba esas uniones y otro las aprueba. Pero no es sólo eso, la esencia de la diferencia es otra.

Para el obispo, el tema es importante, vital, le preocupa y razona defendiendo su posición. Mi amigo, en cambio, muestra desdén y desprecio, el tema lo lleva a una dimensión de indiferencia.

No es tanto que defienda a las personas del mismo sexo que quieren casarse, sino que queriendo ser tolerante termina siendo displicente y apático. Y ese es el gran riesgo que deja libre al poder desenfrenado.

El enorme efecto no intencional de la alabada tolerancia: el convertir a la gente en displicentes ciudadanos a quienes todo da igual. Y, por supuesto, a quienes todo da lo mismo, nada importa. A quienes nada importa sólo podrán tener una opinión, la de no tenerla.

Post Scriptum

Las discusiones sobre las bodas homosexuales son sólo uno de los escenarios en lo que se ilustra un conflicto más general entre la moral que no es negociable y la que sí lo es. Es decir, entre la moral con principios absolutos y universales y la moral con principios variables y acomodaticios.

Lo que me resulta fascinante es el resultado inesperado para muchos de este conflicto, en el que resulta que la Iglesia Católica es quizá el más grande aliado de quienes defendemos la libertad. Un aliado sorprendente, que al defender la idea de valores absolutos, defiende también a la libertad.

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