Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Trastornados al Poder
Eduardo García Gaspar
1 mayo 2013
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Son personalidades fascinantes. Constituyen casos dignos de estudio.

Sus mentes, ideas, modos y estilos, son especiales y diferentes al resto de los mortales.

Quizá el más claro de sus rasgos es el dominio de la oratoria. Lo que dicen y, sobre todo, cómo lo dicen.

Sin este arte, las carreras de los gobernantes tienen escasa consecuencia.

Me refiero a los políticos, ese grupo curioso de personas que ambiciona el poder. Esos cuya felicidad se sustenta en alcanzar posiciones de mando sobre el resto.

Lo de la oratoria es obvio y viene de tiempos remotos, desde la democracia griega. Hace falta hablar bien, de forma atrayente y memorable. Es una parte vital de la profesión que busca persuadir a otros.

No son los gobernantes, me parece claro, personas que se distingan del resto por sus cualidades morales. Tampoco, necesariamente, por su sabiduría y conocimiento. No son lo que podríamos llamar cultos, letrados, ni eruditos.

Son más bien sagaces, sutiles y perspicaces. Hay en ellos buenas dosis de astucia, disimulo y artificio, que les dan una apariencia de inteligencia.

Tienen principios, normas y mandatos, que son los que crea el poder. Se ven a sí mismos, demasiadas veces, como excepciones a la moral que obliga al resto. De allí su admiración por Maquiavelo, lo hayan o no leído.

Como escribió E. Burke (1729-1797), el escritor y político inglés,

“… encuentran en el poder una serie de máximas previamente elaboradas y las adoptan tan natural e inevitablemente como si fueran los distintivos o los instrumentos de su cargo. Se adquiere inmediatamente un cierto tono de lo sólido y de lo práctico”.

Esto los separa de los ciudadanos. La separación es notable y se caracteriza por pretender tener una mejor y mayor visión de todo. Saben ellos más, conocen mejor.

Y eso los lleva a lo que entonces resulta lógico, querer implantar eso que ellos creen que más conviene a todos. Esta es su porción ideológica, esa serie de ideas que ellos piensan que deben llevar a la práctica.

No es malo tener una ideología, todos la tenemos de alguna manera, así sea poco desarrollada. El problema es si esa ideología es la correcta, la que conviene en realidad.

Usualmente no lo es, porque el gobernante, que por naturaleza ambiciona el poder, suele favorecer las ideologías que le permiten elevar su poder.

En la superficie, el gobernante presumirá de pragmático, realista y sólido, sin compromisos ideológicos. Pero en el sótano de sus ideas casi siempre existe esa corriente que va en la misma dirección, la de acrecentar su poder.

Para hacerlo necesita una visión, una manera de entender la realidad y la tendrá, o mejor dicho, la creará a su estilo y conveniencia. Interpretará los hechos a su modos, ignorará lo que no coincide con sus ideas, tomará a la realidad y la forzará dentro del molde mental que tiene.

Es natural que esto suceda. Vive el gobernante aislado de la sociedad y en su soledad elabora ideas y llega a creerlas reales, un mundo en el que él puede lograr lo que quiere. Cuba y Venezuela son ejemplos de esto, como antes lo fueron la URSS y China, por mencionar casos obvios.

Lo anterior ilustra que el poder tiene consecuencias mentales en quien lo posee, lo embrutece, lo ciega y le desarrolla la terrible noción de sentirse necesario, absolutamente imprescindible para el bienestar de los gobernados.

Cito de nuevo a Burke:

“Vanagloriándose de que su poder ha llegado a ser necesario para sostén de todo gobierno y orden, todo lo que tiende a apoyar ese poder está santificado y se convierte en parte del interés público”.

Estas consideraciones bien valen una segunda opinión por sus consecuencias.

Nos permiten sacar una conclusión que no es precisamente feliz: es probable que seamos gobernados la mayoría de las veces por trastornados por el poder.

Tampoco es un sentimiento precisamente tranquilizador. Y sucede en todo sistema político, que es cuando se entiende la ventaja democrática, poder apartar del poder al trastornado.

Por supuesto, ese poder retirar del poder al trastornado sólo puede suceder donde los ciudadanos hayan conservado el sentido común y cierta prudencia.

En donde sea que los hayan perdido, los ciudadanos se dejarán llevar por la locura del gobernante, quien los ha contagiado de su insensatez. No es infrecuente que suceda.

Post Scriptum

Uno de los rasgos que prueban una personalidad peligrosa en el gobernante es la ambición desmedida por el poder, causa suficiente para que en las costumbres democráticas griegas la persona fuera desterrada varios años.

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Gobernantes Imperfectos. Véase Ni Vocación, ni de Servicio.

 

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