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Veritatis Splendor, Ella Importa
Selección de ContraPeso.info
7 mayo 2013
Sección: ETICA, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. La idea central del escrito es examinar una causa de inquietud en mentalidades modernas, la posición Católica explicada en un documento excepcional y eso ayuda a “comprender la gran confusión que invade a la reflexión moral en Occidente”.

Hay encíclicas papales y encíclicas papales…

Algunas escapan a la atención pública casi desde el mismo momento en que han sido publicadas. Otras continúan resonando en el seno de la Iglesia décadas luego de ser publicadas.

Pero existe también un tercer tipo de encíclicas: aquellas que adquieren un verdadero significado civilizacional.

Este año se cumple el vigésimo aniversario de un documento que entra de lleno en la última categoría. La encíclica del beato Juan Pablo II Veritatis Splendor —El Esplendor de la Verdad— puede muy bien llegar a ser uno de los documentos pontificios más importantes en la historia moderna.

Obviamente esta es una afirmación bastante fuerte, incluso para los estándares hiperbólicos de hoy en día. Sin embargo, no es un afirmación difícil de hacer.

Para empezar, Veritatis Splendor fue la primera encíclica que expuso en detalle la doctrina fundamental en materia moral de la Iglesia Católica.

El Catolicismo siempre articuló, obviamente, la dimensión moral del mensaje de Cristo. Sin embargo, nunca antes un Papa había ofrecido un esquema formal sistemático de la doctrina moral católica. Eso de por sí ya es suficiente para hacer de la encíclica un punto de referencia perenne para la reflexión católica.

En segundo lugar, Veritatis Splendor proporcionó lo que ahora se reconoce ampliamente como una poderosa respuesta a la crisis en la que había caído la teología moral católica, con posterioridad al Vaticano II.

En muchos aspectos, esta crisis fue precipitada por los debates surgidos en torno a la Humanae Vitae de Pablo VI. Pero más profundamente, Veritatis Splendor fue una réplica al intento de muchos teólogos católicos que pretendían hacer tres cosas.

En primer lugar, estaba el esfuerzo de estos teólogos por mantener el vocabulario de la ética católica a la vez que transformaban su contenido en algo indistinguible del utilitarismo.

Ya sea que se denominara “consecuencialismo” o “proporcionalismo”, las ideas asociadas con la posición tardía de Joseph Fuchs S.J. y sus seguidores se apoyaban fuertemente en la convicción de que la moralidad de un acto humano se determinada mediante una “ponderación” de todos los bienes y males potenciales que podían emanar de ese acto.

La respuesta de la Veritatis Splendor consistió en insistir en algo que incluso muchos filósofos seculares ya habían reconocido hace mucho tiempo: que la mencionada ponderación da por hecho que uno puede conocer lo incognoscible y medir lo inconmensurable. En otras palabras, se asume algo imposible.

Estas presunciones cuestionables provenían, sin embargo, de otro de los cometidos que tenían en mente los teólogos disidentes: diluir, sin afirmarlo explícitamente, la enseñanza de la Iglesia de que existen actos humanos que, por razón del objeto moral, son intrínsecamente malos, no importa qué tan noble sea la intención de quien los ejecuta o qué tan atenuantes pudieran ser las circunstancias.

Los teólogos disidentes siempre negaron (en verdad lo hacían ruidosamente, lo cual es en sí mismo algo revelador) que ese fuera su objetivo.

Sin embargo, cualquiera que leyera sus escritos podía ver cómo trataban de reinterpretar la enseñanza de la Iglesia respecto de los absolutos morales (prohibiciones morales absolutas) como si se tratara de generalizaciones provisionales.

Al ser caracterizados estos absolutos ahora como provisionales, pasaban a ser susceptibles de excepción.

En otras palabras, el carácter absoluto de los absolutos morales resultaba ser “no tan absoluto”. Esto condujo a que muchos pensaran que el proyecto global de los disidentes no tenía tanto que ver con el intento de “liberar la conciencia” cuanto con el deseo previo de afirmar la existencia actos humanos irreconciliables con el Magisterio de la Iglesia Católica.

El objetivo último de los disidentes consistía en socavar la posición católica de que algunos actos son de tal gravedad que causan la “muerte” o pérdida de la fe.

De acuerdo con la visión que ellos tenían, la “opción fundamental” por Cristo, de cara a la salvación, era lo que realmente importaba. Un buen Dios nunca rechazaría a alguien que había optado por Cristo, sin importar lo que posteriormente esta persona pudiera llegar a hacer.

La respuesta de la Veritatis Splendor fue doble. Mientras que se reconocía el hecho de que en un sentido todos los seres humanos realizan una elección fundamental a favor o en contra de Cristo, la encíclica reiteraba que algunos actos (i. e. pecados mortales) representan por su propia naturaleza una elección fundamental contra Cristo —y elección potencialmente perpetua, a no ser que el agente se arrepienta.

San Pablo y Santiago apóstol no podrían haber sido más explícitos en esto. En efecto, el catolicismo siempre ha insistido que “el camino”, como los primeros cristianos llamaron a la Fe católica, no era que se trataba sólo de una elección.

Por el contrario, se trata de algo que compromete cada una de las decisiones libres que, o bien potencian o perjudican el despliegue humano.

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Y esto, a su vez, pone de manifiesto la significación que Veritatis Splendor tiene para la civilización en sentido amplio. En contra del espíritu de la época, la encíclica no solamente venía a reafirmar que el hombre puede conocer la verdad moral, sino que también insistía en que nosotros podemos vivir esta verdad moral.

Este tipo de afirmaciones son tan antiguas como Sócrates y los profetas hebreos, pero adquirieron particular vigor y profundidad con el advenimiento de la ortodoxia cristiana. Sin embargo, es imposible subestimar lo mucho que estas ideas inquietan a las sensibilidades modernas.

En la mentalidad de mucha gente, hoy en día, las opciones morales son o deberían ser determinadas por nuestros sentimientos y experiencias.

En efecto, esto es todo lo que queda una vez que se ha negado la Revelación y que se cree que la razón no puede enseñarnos nada definitivo acerca de la moralidad, más allá de vagas generalizaciones como la idea de “ser tolerantes” o la de “maximizar la utilidad”.

Esto ayuda a entender por qué los adolescentes hoy en día, invariablemente, inician sus comentarios sobre temas controvertidos con la frase “siento que…”.

La misma mentalidad se observa cuando los políticos contemporáneos invocan las experiencias de familiares, hijos, amigos, vecinos cuando explican por qué están moralmente en contra, o a favor o han “evolucionado”, en algún tema.

Sin embargo, mientras que las experiencias nos proveen de ciertas intuiciones, no constituyen de por sí una base racional para la toma de decisiones. ¿Cómo podemos, por ejemplo, diferenciar moralmente las experiencias divergentes en un tema como el de la planificación natural en la familia?

Algunos experimentan la planificación natural como algo pesado y gravoso. Otros lo experimentan como algo liberador. ¿Quién está en lo correcto? La sola apelación a la experiencia no tiene manera de dar respuesta a esto.

El laberinto sin salida a nivel intelectual en que esto nos ubica sirve para comprender la gran confusión que invade a la reflexión moral en Occidente. No obstante, el caos se hace peor debido a otra influyente idea moderna cuestionada por la Veritatis Splendor: la convicción generalizada de que no existe nada estable en la naturaleza humana, de que todo es, de algún modo, maleable.

Entre las más absurdas expresiones de este tipo de posturas se encuentra la omnipresente ideología de género que afirma que el “género” es cualquier cosa que nosotros “sintamos” ser, sin importar la biología o el ADN. La implicancia es que, así como la naturaleza humana “cambia”, también lo debe hacer la moralidad.

Gracias al desarrollo científico moderno ahora sabemos mucho más acerca de, por ejemplo, el funcionamiento del cerebro. Pero los hechos científicos (asumiendo que ellos fueran realmente ‘hechos’ y no meras ficciones políticamente correctas) no nos proveen en sí mismos de razones moralmente decisivas para hacer algo.

Afirmar ello supondría caer en una instancia de la “falacia naturalista”, es decir, el error de derivar un “deber” (ought) de un “ser” (is). Es como si alguien dijera que puesto que ve que tiene una disposición hacia el alcoholismo, debe ser alcohólico.

Los seres humanos son ciertamente seres dinámicos en la medida en que las elecciones libres transforman su carácter interno, al mismo tiempo que dan forma al mundo. Pero esto es consistente con la insistencia de la Veritatis Splendor respecto de que existen muchas cosas acerca de la naturaleza humana y del desarrollo humano que no podemos cambiar.

No existe evidencia, por ejemplo, de que la racionalidad —qua racionalidad—, o de que la voluntad —qua voluntad—, del hombre contemporáneo sean diferentes de la de aquellos seres humanos que vivieron hace cinco mil años.

Del mismo modo, ¿acaso puede alguien argumentar, de modo plausible, que virtudes como la prudencia o la templanza no son menos virtudes hoy, en 2013, de lo que fueron en el año 1013?

Y en este punto radica la importancia que tiene la Veritatis Splendor para cualquiera que busca preservar y promover la civilización.

El texto no sólo insiste en que determinados actos humanos son eternamente indignos del hombre sino que también afirma que la razón humana puede identificar lo que la encíclica denomina como “bienes humanos básicos”.

En ese sentido la encíclica nos recuerda que evitar el mal no resulta suficiente. Como ilustra el análisis que hace la Veritatis Splendor del significado del encuentro de Cristo con el joven rico, narrado en el Evangelio, las prohibiciones contenidas en la ley moral divina son una especie de trampolín para el desarrollo de una vida humana plena.

No importa qué tan humilde somos según las categorías del mundo, todo hombre se encuentra en las mismas condiciones respecto de las demandas de la moralidad. Esto también significa que somos igualmente capaces de grandeza.

En un mundo que fomenta la mediocridad, Veritatis Splendor insiste en que todos nosotros somos, con la ayuda de la gracia, una Giana Beretta Molla, un Thomas More, una Maria Goretti, o un Karol Wotjyla en potencia.

Y esto, sin duda, es una verdad que nos hace libres.

 

Nota del Editor

La traducción del artículo original Veritatis Splendor: The Enclyclical that Mattered publicado por Crisis Magazine, el 16 de abril de 2013 es de Mario Šilar del Instituto Acton Argentina para el Acton Institute. El título de esta traducción es Veritatis Splendor, Una Encíclica De Gran Importancia.

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