Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Algo Que Perder
Eduardo García Gaspar
1 octubre 2014
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El concepto es claro. Incluso simple. androjo

No se necesitan muchas neuronas para entenderlo.

Aunque por otro lado, requiere a la más difícil de las virtudes, la prudencia.

Me refiero a la noción de “tener algo que perder”. Es decir, la idea de un riesgo concreto.

Se entiende sin dificultad: la persona acepta que dependiendo de cuál sea su conducta podrá perder o ganar algo.

Un ejemplo extremo: si ella cruza una calle con lo ojos cerrados sabe que pone en riesgo su vida; una pérdida sustancial que seguramente le hará decidir cruzar con los ojos abiertos.

Lo que sigue es inevitable, preguntar si hay algo que ganar cruzando la calle con una venda en los ojos. Digamos que es una apuesta de una gran cantidad de dinero. Esto cambia las cosas.

Ya no hay solo eso que perder, sino también hay algo que ganar. La persona actuará después de hacer una valoración de lo que puede perder y lo que puede ganar.

No es complicado entender esto. Los economistas son quizá quienes más han estudiado esta cuestión. La llaman “incentivos”, los que pueden ser positivos y negativos.

Son como una especie de frenos a la conducta, o como estímulos. Es algo que explica muy bien, buena parte de la conducta de los criminales.

Cuando el botín es sustancial y los riesgos de aprehensión y condena son muy bajos, el criminal tenderá a realizar sus acciones con mayor frecuencia y menos cuidado que cuando las circunstancias sean las opuestas.

Pero los economistas no son los únicos que atienden esta cuestión. También los filósofos lo hacen, en especial quienes estudian asuntos morales.

Considere usted, por ejemplo, la conducta de una persona cualquiera que realiza un fraude. Tiene ella un beneficio, el del dinero obtenido. El moralista sugeriría una pérdida, el remordimiento de conciencia o sentido de culpabilidad.

Economistas o filósofos, no importa, ellos estarían de acuerdo en que si acaso desaparece eso que puede perderse, aumentarían las conductas que hubieran considerado esa pérdida. Si se quitan las consecuencias desagradables de una acción, su frecuencia aumentará.

Tampoco es difícil entenderlo. Si, por ejemplo, se retira el sentido de responsabilidad y de culpa, un esposo podrá ser infiel con mayor facilidad.

Si no hay riesgo de recibir calificación de reprobado, el alumno descuidará sus estudios. Esa es la naturaleza humana y ella responde a sus valuaciones de los que puede perder y puede ganar.

El clímax de esta noción está no en un plano económico, sino teológico. Lo ilustran las creencias cristianas, las que merecen ser vistas algo más de cerca. Veamos esto en una muy pequeña cápsula y que es fascinante.

Somos, según el Cristianismo, una creación especial del mismo Dios. Con la libertad que se concedió a ese ser, se cometió una falta que alteró a toda la Creación y colocó al ser humano en una mala posición. El sacrificio de Cristo la remedió y nos puso en un escenario entendible para todos.

Un tipo de conducta nos llevará al Paraíso, a la felicidad eterna, Otro tipo de conducta nos llevará a la infelicidad eterna, eso que se llama Infierno.

La situación es en esencia la misma del que está decidiendo si cruza o no la calle con los ojos vendados, con el riesgo de perder la vida y con el beneficio de recibir mucho dinero si sobrevive.

La diferencia es el monto de lo que se pierde y gana (lo que B. Pascal explicó con su apuesta). Lo francamente fascinante es el papel que juega cada uno de nosotros y que es el del guardián de lo propio. En términos cristianos, de nuestra alma; o bien de nuestra vida en términos terrenales.

El punto que creo que bien vale una segunda opinión es la noción de la responsabilidad.

Puede expresarse como el ser el receptor último de las consecuencias de nuestras acciones. Y, por supuesto, una conclusión de esto: el retirar las consecuencias dañinas de nuestras acciones producirá un aumento de conductas indebidas (que hubieran tenido esas malas consecuencias).

Piense usted, por ejemplo, en el significado que el Cristianismo tiene para el creyente. Es él el responsable final del destino de su alma. Todo depende de él y de lo que haga. Podrá merecer la felicidad o la infelicidad eternas. Más responsabilidad no puede tenerse.

Y lo mismo sucede en escalas más pequeñas, como las de quien enfrenta decisiones de realizar o no actos como robar, lastimar a otros, dejar de ayudar a terceros y muchas más.

Neto, neto, me parece que cuando abandonamos la idea de la responsabilidad personal, dejamos atrás a la libertad y eso nos impide ser realmente humanos. Perder la idea de que hay algo que perder, es la peor pérdida que podemos enfrentar.

Post Scriptum

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