Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Ayuda Internacional: un Examen
Eduardo García Gaspar
14 octubre 2014
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una parte de lo políticamente correcto. De lo imposible de cuestionar. androjo

De lo que se toma como dogma inapelable.

Una parte de las ideas de avanzada que todos aprueban y nadie piensa.

Es eso de creer que las ayudas internacionales son parte central para la prosperidad de naciones pobres.

Una manera de expresar la doctrina progresista de la distribución de la riqueza. Por ejemplo, la idea de un impuesto en los países ricos cuyo monto se envíe a los países pobres.

O, la muy popular iniciativa de hacer conciertos musicales cuyos fondos se destinan a ayudas a países pobres. Es un tipo de altruismo colectivo, que se da entre grupos, con poca atención en personas. La creencia admite una pregunta impertinente.

¿Qué hicieron los países ricos antes de que lo fueran? ¿Cuáles son las cosas que les produjeron riqueza?

Usted, yo y muchos otros podrán hacer una lista de esas razones y causas que les permitieron ser naciones ricas, industrializadas, o como les quiera usted llamar. En esa lista, sin embargo, encontraremos una sorpresa.

La sorpresa de una ausencia notable. No habrá en esa lista nada que haga referencia a la ayuda recibida de otros países. No pudieron recibir ayuda exterior porque no había países ricos. Esto es lo que creo que bien vale una segunda opinión.

Lo que acabo de decir es razonable, incómodo pero razonable.

Si los países que son ricos ahora no disfrutaron de ayuda externa en su proceso a ser prósperos, nos enfrentamos a otra pregunta molesta: la de qué pasó en esos países que les les llevó a ser ricos.

La pregunta es mucho más que de interés académico, tiene consecuencias prácticas sustanciales. Podría inspirar medidas y acciones a aplicar en los países pobres, para que progresen. Y ya sabemos algo, estos países ricos no dependieron de ayudas externas, ni de dádivas internacionales, ni de conciertos de cantantes célebres.

Podemos especular sobre algunas de esas causas que produjeron riqueza, como el estado de derecho, respeto a propiedades personales, libertades respetadas… lo que usted quiera colocar en esa lista. Quizá también, el cuidar los excesos de autoritarismo.

En fin, la lista nos llevaría a medidas aconsejables, para que ellas se aplicaran en esos países. Incluso podría pensarse que los países ricos podrían hacer una gran contribución con el solo asesorar a esos países para implementar tales sugerencias. Me imagino que esta ayuda tendría más resultados que los préstamos y las ayudas.

Podrá ser algo molesto de mala educación, pero hay que apuntar otra conclusión de lo anterior: si esos países son pobres es en buena parte debido a que dentro de ellos no se han implantado las medidas adecuadas para prosperar.

Las ayudas que se les den podrían, por eso, ser contraproducentes. Ayudarían a mantener lo que debía cambiarse. Serían un subsidio para la continuación de medidas que no dan resultados. No es precisamente agradable examinar esto para muchos, pero debe hacerse.

Lo que nos lleva a pensar en que sería de gran provecho reexaminar la idea de ayudas internacionales a los países pobres. Sus resultados parecen no haber sido buenos, pero sobre todo, podrían existir otras medidas mejores.

No digo que se suspendan totalmente, pero sí que se estudie el asunto con más detalle. Kenneth Minogue (1930-2013) lo expresó bien:

“Los países más exitosos siguiendo el modelo Occidental de prosperidad no han dependido en realidad de ayuda externa, sino de culturas capaces de aprovechar las energías de su población. Y eso sugiere que debemos ver más de cerca el principio de la nueva benevolencia”.

La “nueva benevolencia” a la que se refiere es, por supuesto, la de las ayudas internacionales.

Hay otra forma de expresar lo anterior. El dogma de buscar la prosperidad de los países pobres por medio principal de ayuda internacional, crea el riesgo de especializar los roles: el país rico se especializa en dar y el pobre en recibir, sin que exista posibilidad de cambiar.

Lo que he hecho es cuestionar el concepto políticamente correcto de la ayuda internacional a los países pobres. Lo hice, creo, de manera razonable y lógica.

Me parece que es una obligación moral el reexaminar esa ayuda a la luz de la razón. No hacerlo sería irresponsable: desperdiciaría recursos limitados y no lograría prosperidad.

Quizá lo que más obstaculiza la posibilidad de reexamen es lo que indica una frase clave que usa Minogue, “culturas capaces de aprovechar las energías de su población”.

Y es que hay culturas y culturas, formas de pensar que son propicias al crecimiento y que no lo son.

Cambiar las maneras de pensar, mucho me temo, es una tarea extraordinariamente difícil. Modificar el marco mental que considera políticamente correctas a esas ayudas será una tarea ardua, pero debe intentarse.

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