Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Charlatanería Política
Selección de ContraPeso.info
1 marzo 2014
Sección: Sección: AmaYi, SOCIALISMO
Catalogado en:


Es el caso de políticas públicas que crean paternalismo estatal, y que afirman tener de su lado evidencia científica que las justifica. Decisiones de gobierno basadas en evidencia empírica.

El problema es que la evidencia que usan es mala, débil, cuestionable, manipulada, incompleta. Jamie Whyte lo explica por medio de cuatro casos en el Reino Unido: el precio obligatorio de bebidas alcohólicas, la prohibición de fumar en lugares públicas, el calentamiento global y, el peor de todos, las políticas destinadas a elevar la felicidad.

La idea fue encontrada en Whyte, J. (2013), Quack Policy: Abusing Science in the Cause of Paternalism (Hobart Paper). Institute of Economic Affairs, capítulo 5 Happiness Engineering, p. 96 y ss.

El libro es una breve colección de políticas públicas propias de un charlatán que usa evidencia científica, sin respaldo, y la aprovecha para justificar sus decisiones de política pública y regulación.

El autor inicia anotando un suceso de 1972, en Bután. La declaración de su rey, Jigme Dorji Wangchuck: la felicidad interna bruta es más importante que el producto interno bruto. Aumentarla es el propósito de sus planes quinquenales. La idea se fue popularizando en los países occidentales.

David Cameron en el Reino Unido, Sarkozy en Francia, amén de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, la Unión Europea, han iniciado mediciones de felicidad, no solo de riqueza.

Las mediciones, se dice, ayudarán a medir los resultados de políticas públicas y, también, al examen de las causas de la felicidad y miseria. Con esos datos, las políticas publicas serán modificadas para elevar la felicidad del ciudadano.

Ya existen recomendaciones para políticas públicas que buscan la felicidad del ciudadano. Por ejemplo, un libro, que sugiere al gobierno elevar los impuestos para quitar incentivos al trabajo, ya que la gente es más feliz en el ocio.

Igual, recomienda restringir la movilidad del ciudadano, ya que ella reduce el espíritu de las comunidades que es causa de felicidad. Medidas como éstas se toman como acciones propias del gobierno que persigue hacer feliz a la gente. Un “prospecto alarmante”, según Whyte.

La idea tiene sus fallas, como la de considerar como ciencia al estudio de la felicidad y suponer que la felicidad personal es una responsabilidad del gobierno.

En el Reino Unido, por ejemplo, se pregunta a la gente qué tan satisfecha está con su vida, qué tan feliz se sintió ayer, qué tan inquieto se sintió ayer y si piensa que las cosas en su vida valen la pena.

La suposición es que esas preguntas sean teóricamente sólidas, pertinentes a la política pública y robustas en su medición cuantitativa. Las mediciones no cumplen con nada de esto. Por ejemplo, no reconocen la amplia variedad de teorías y discusiones sobre la felicidad, que es tal que no existe una teoría comúnmente aceptada.

La condición de ser pertinentes a la política pública requiere que la medición sea política y socialmente aceptable y más aún, comprensible en los círculos políticos. Aunque lo sea, ello no quiere decir que es una política correcta, ni estar basada en un fundamento acertado.

Las políticas públicas que usan evidencia científica como justificación, son en este caso otro ejemplo de políticas de charlatán. Las evidencias usadas son al menos dudables, sospechosas y quizá manipuladas para dar un aire de respetabilidad a la decisión gubernamental.

La condición de que la medición de la felicidad sea “empíricamente robusta” tampoco se cumple. No hay una medición precisa, como la que existe en la Física. No existen el conocimiento teórico necesario para medir felicidad, por ejemplo, por la vía de la actividad eléctrica en ciertas partes del cerebro, ni por el monto de risas y sonrisas.

Problemas que han enviado a las mediciones por otro camino, la expresión propia de la felicidad personal. Es preguntar, por ejemplo, qué tan feliz se sintió ayer; y pedir que se responda en una escala de 0 a 10.

La medición tiene problemas, como el de ser relativa al resto que rodea a la persona. Si así se midiera la obesidad, en los EEUU, dice Whyte, el problema sería diagnosticado como mucho menor.

La medición cuantitativa subjetiva de la felicidad necesita un estándar para calcularse. Si, por ejemplo, es la felicidad de quienes me rodean el estándar que uso y todos en ese grupo elevan su felicidad, los resultados mostrarán que ella se ha mantenido al mismo nivel (y viceversa, al reducir todos su felicidad).

Es esto lo que produce resultados de medición de felicidad que se han reportado diciendo que a pesar de elevar su estándar de vida, los países occidentales no han elevado su felicidad. O cuando se reporta que los habitantes de algún país pobre son más felices que los de uno rico.

Estas mediciones de felicidad, reportadas por la persona misma, se adaptan a las condiciones de su vida y se ignora cuánto de esa adaptación afecta a la medición. No existe una medición externa que permita calibrar a la medición subjetiva.

Más aún, la medición usa una escala de 0 a 10, suponiendo que no pueden excederse esos niveles, algo que no tiene una justificación basada en la ciencia. La medida supone que quien sea que se califique en 10, o en 0, no puede ser ya más feliz, o más infeliz. La ganancia de quien se califique en 9 tenderá a ser subvalorada.

Y no solamente eso, la medición supone que quien se califica en 8 es el doble de feliz que quien se califica en 4, y un tercio más feliz que que quien se coloca en 6. Esto supone una medición lineal con puntos de igual valor entre sí, algo que no tiene comprobación sólida.

Todas estas reflexiones parecen obvias y lo son. La felicidad no es una cantidad que pueda ser medida, como lo es el peso, la longitud, o la masa. La felicidad es producida por millones de posibles sucesos, cada uno produciéndola (o no) en un cierto monto durante un cierto tiempo.

Sería lo mismo que sucedería al intentar medir “amor”, cuando tendría que reunirse en una misma medición el cariño de un niño por una mascota, con el amor de un matrimonio que cumple sus bodas de oro, con la atracción que tiene un coleccionista por sus mariposas. Tampoco el amor es una cantidad.

La discusión anterior examinó las debilidades de la medición de felicidad y, por consecuencia, el riesgo de ser usada en la implantación de políticas públicas. Un caso de charlatanería. Supóngase ahora que sea posible tener una medición correcta y acertada de la felicidad; aún así, no puede concluirse que la política pública deba dirigirse al crecimiento de la felicidad.

Gratuitamente, sin justificación, se presupone que debe usarse la coerción estatal para maximizar la felicidad. Whyte razona esto afirmando que la felicidad es solo uno de los muchos bienes escasos y que la tasa de intercambio entre todos ellos es variable entre personas y en diferentes momentos de la misma persona.

Nadie conoce mejor eso, ni tiene más información sobre la felicidad personal que la propia persona. Sería absurdo suponer que un burócrata conoce más a la persona que la persona misma.

Si la felicidad es definida como la satisfacción de necesidades, deseos y preferencias, el político se queda sin agenda de políticas para la felicidad. Todo lo que haría es tener las políticas que dejaran libre a la gente para tomar decisiones personales.

La anterior es una política de laissez-faire, que claramente no es la que supone el gobierno que desea hacer feliz al ciudadano. Supone que el gobierno “debe forzar a las personas a actuar en contra de sus preferencias de maneras en que los harán más felices”.

Cuando se entiende que la felicidad es, por ejemplo, un estado mental, distinto a la satisfacción de deseos, resulta lo obvio: la felicidad no está en el logro de la satisfacción de la gente. Tener un Ferrari puede no lograr la felicidad, pero es algo que algunos quieren. Mis elecciones pueden no considerar el valor real de las cosas, pero la política pública supone sí saberlo. Esto puede ser entendido como un “utilitarismo con lista”.

Un utilitarismo de preferencias simplemente entiende que la felicidad de la persona es la satisfacción de sus preferencias y las deja libres para hacerlo. Un utilitarismo con lista presupone que se conoce lo que es bueno para la gente: tiene una lista de cosas que, según alguna definición, es lo que hace felices a las personas.

Armados con esa lista de cosas, los gobiernos crean y aplican políticas públicas que las promuevan por la fuerza entre la gente. Por ejemplo, en How much is enough?, se propone que los gobiernos se hagan cargo de asegurar a los ciudadanos siete elementos: salud, seguridad, amistad, tiempo libre, personalidad, respeto y armonía con la naturaleza. Una lista que expresa una opinión solamente.

Cada proponente tiene su lista y ellas no son iguales. Si alguno de ellos lograra que la suya fuera impuesta por el gobierno, forzaría al resto a vivir con lo que no concuerdan. Una situación en nada igualitaria.

El libro de Whyte ilustra políticas públicas propias del gobernante charlatán. La más alarmante de las que examina es ésta, la de la felicidad, su medición e implantación de políticas que la logren.

Llegar a hacerlo pondría un poder sin límites en el gobierno, justificado por evidencias débiles, errores teóricos, ciencia falsa. Bajo ningún criterio podría ser considerada evidencia sólida, pero ella suele ser ingenuamente considerada como un adelanto científico por parte de muchos.

Nota del Editor

La idea central de Whyte tiene buena dosis de originalidad al explicar en un concepto el caso de políticas públicas que tratan de justificarse en evidencia científica que es débil y cuestionable, pero que impacta al ingenuo.

Los medios y tampoco la gente común va más allá de la idea de que “estudios científicos confirman que…” No entran a los detalles que invalidan la evidencia, como hipótesis gratuitas, mediciones débiles, lógica falsa, desacuerdo académico. Es demasiado especializado hacerlo.

Se sufre de esta manera la implantación de políticas públicas erróneas, que en el mejor de los casos no funcionan, pero que en la mayoría pueden tener efectos secundarios que empeoran la situación.

Y ya que todas las políticas estatales sustentadas en evidencia científica suponen sin justificación que es el gobierno el que debe actuar, sin meditarlo elevan la cantidad de poder estatal, hasta llegar al caso aquí examinado: el gobierno como responsable de la felicidad personal.

La obra de J. Whyte puede ser descargada gratuitamente en Quack Policy: Abusing Science in the Cause of Paternalism (PDF).

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras