Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
De Político a Moralista
Eduardo García Gaspar
21 febrero 2014
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La democracia hoy se ha vuelto intolerante del desacuerdo moral y político”. Kenneth androjoMinogue.

La disyuntiva es conocida. La presenta un dilema fascinante.

¿Ser un buen ciudadano o ser una persona buena? No necesariamente significan lo mismo.

Y existen ocasiones en las que significan lo opuesto.

Todos podemos pasar por esto. Todos.

Un ejemplo. Un buen ciudadano en Cuba o Venezuela, será un buen ciudadano si delata al vecino que no está de acuerdo con el gobierno. Corea del Norte es otro caso igual.

La disyuntiva es obvia: comportarse así es propio del buen ciudadano, pero no de la buena persona.

Quien, por ejemplo, se negó a ser parte de las pandillas de Mussolini se vio como un mal ciudadano, un traidor a la patria, pero sí resultó ser una buena persona. El dilema es real, aunque afortunadamente no frecuente.

Pero en tiempos recientes ha subido el número de esos casos. En las democracias de nuestros tiempos, estas ocasiones son de distinta naturaleza. No es ya la disyuntiva entre entregar a un judío a la Gestapo o esconderlo en casa.

Es más el dilema entre respetar una ley o respetar la propia conciencia.

Son casos como el del médico que se niega a realizar un aborto al que la ley lo obliga y por rehusarse recibe un castigo. O el de un ministro religioso que rechaza casar a una pareja homosexual en donde la ley permite esos matrimonios, y por eso es multado.

Un caso reciente. Un reporte de la ONU, después de reuniones con personas del Vaticano, habló con dureza sobre las decisiones de sacerdotes y obispos que permitieron y no frenaron abusos sexuales. No hay problema en esto, aunque el tono parece excedido y poco respetuoso.

El problema se presenta cuando ese reporte se sale del tema y recomienda al Vaticano acciones que van en contra de las creencias católicas: revisar sus ideas sobre homosexualidad, aborto, anticonceptivos. Y entonces se tiene un escenario que presenta ese dilema.

La ONU en su escrito sobre los derechos de los niños, dice que

“El niño será inscripto inmediatamente después de su nacimiento y tendrá derecho desde que nace a un nombre, a adquirir una nacionalidad y, en la medida de lo posible, a conocer a sus padres y a ser cuidado por ellos”. (art 7.1)

Redactado así, abre la puerta al aborto, pues el niño es nada antes de nacer. El Catolicismo y otras religiones piensa distinto. Y entonces, el gobierno emite una ley que permite el aborto basada en lo que opinan los expertos de la ONU.

Ser un buen ciudadano significaría que el médico realizara abortos, pero no necesariamente el que prefiere ser una buena persona y no realizarlos.

Una institución religiosa, por ejemplo, recibe niños abandonados para los que busca padres adoptivos. Ahora puede enfrentarse a acusaciones por no aceptar solicitudes de matrimonios de personas del mismo sexo y tener que cumplir penas legales.

Lo que creo que bien vale una segunda opinión es apuntar un escenario de disyuntivas crecientes de este tipo, entre el buen ciudadano y la buena persona. Ya existen y serán más numerosos los casos entre los que se tenga que decidir entre ser una cosa o la otra.

La causa en lo que puede llamarse intervencionismo moral: la unión de la moral al poder político, por la que los gobiernos y organismos similares invaden los terrenos de la definición del bien y del mal.

Incluso sucede algo peor: grupos anónimos de “expertos” en organismos y asociaciones dictan declaraciones que los gobiernos se ven obligados a aceptar.

Declaraciones que en su fondo contienen nuevas definiciones de lo bueno y lo malo. Un fenómeno que por desgracia es subterráneo.

No nos damos cuenta que sucede, que se está creando un estado de cosas en el que la moral es creada por “expertos”, en la ONU por ejemplo, que redefinen la moral y la entienden solo como la conducta del buen ciudadano.

La buena persona ha sido puesta de lado y toda la atención se concentra en la cuestión de un proyecto social, nuevo y grandioso, que obliga a la persona moralmente a comportarse de cierta manera. No se trata ya de que la persona actúe moralmente, sino que se adapte a los requerimientos del tipo de sociedad que alguien ha concebido. Que sea un ciudadano obediente, sumiso a los decretos de los expertos.

Un producto colateral de este intervencionismo moral es lo políticamente correcto. Eso que se entiende como nuevos dogmas incuestionables, pero con una característica adicional. Son implantados por la fuerza que posee el poder político.

Nuevos tiempos parecen venir. Tiempos anunciados en novelas como Un Mundo Feliz y 1984, en los que tener ideas propias, en los que disentir y en los que actuar siguiendo la conciencia propia serán vistos como actos delictivos.

Actos contrarios a los que un grupo de expertos haya declarado que es lo mejor para construir la sociedad que ellos piensan es el paraíso en este mundo.

Será un buen ciudadano quien se someta, quien apruebe sin condición, quien sea parte de la opinión estándar aprobada. La buena persona será reprobada, aislada, perseguida. Volverán a surgir esos héroes que se negaron a ser buenos ciudadanos y prefirieron ser gente buena.

Post Scriptum

Hay más ideas sobre el tema en ContraPeso.info: Intervencionismo Moral.

Basta con leer las declaraciones de derechos, sean de la ONU u otros organismos para entender que en su fondo los derechos reales, que son libertades frente a la posibilidad de abuso de poder, se han convertido en obligaciones gubernamentales para la construcción de utopías, generalmente diseñadas por los progresistas.

La invasión de la política en la moral es notable. Por ejemplo, en la página web de la presidencia en México, se dice que: “El placer sexual, incluyendo el autoerotismo, es fuente de bienestar físico, psicológico, intelectual y espiritual”.

Resulta realmente llamativo que el presidente de México autorice la masturbación como fuente de bienestar.

Una buena muestra de un fenómeno poco notado: el legislador real de muchos países ya no está en las cámaras legislativas, sino en algún desconocido lugar de algún organismo internacional y cuya identidad nadie conoce. Ese anónimo experto que hace que el presidente mexicano diga eso. Un poder extraordinario el de ese experto.

Y, también, podrá darse el caso de que los gobiernos obliguen a los medios noticiosos a cubrir temas que el estado considere vitales, como el cambio climático si es que éste no recibe la atención que el burócrata piensa debería tener.

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