Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
De Valores a Virtudes
Eduardo García Gaspar
19 diciembre 2014
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es el reclamo acostumbrado. El lamento habitual. androjo

La queja que explica lo malo que nos rodea. “Faltan valores”, se nos dice.

Y la solución lógica, se piensa, es fomentarlos.

Dar cursos, ofrecer conferencias, libros, entrenamientos.

¿Son los valores la solución a las fallas morales que obviamente existen y preocupan? El tema bien vale una segunda opinión, por una razón. Es probable que exista otra solución mejor a todo eso que hace exclamar que “faltan valores”. Quizá no sea eso lo que falte, sino otra cosa.

Esa otra cosa, más prometedora, se llama virtud. ¿Qué es virtud?

Su definición es simple, la disposición personal habitual a hacer lo bueno. Esto implica actuar, hacer, comportarse de cierta manera. Y, más aún, actuar de manera que hacer lo debido sea lo acostumbrado.

Tome usted, por ejemplo, las virtudes de prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Se entenderá con facilidad que tienen sentido cuando se practican de manera consistente y frecuente.

Y si se actúa de manera opuesta, sería eso la excepción. Como el estudiante con la virtud del estudio, es decir, vuelto una costumbre.

La virtud tiene entonces dos componentes. Uno es eso que podemos llamar hábito o costumbre. El otro es el hacer lo bueno, lo debido, o como quiera usted llamarlo.

Esto me parece muy superior al reclamo de “nos faltan valores”. Me parecería más exacto reclamar que nos faltan virtudes.

No solamente virtudes como prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que son las llamadas cardinales. Hay buenos hábitos en otros campos. Considere usted a la honestidad, no como valor, sino como forma habitual de actuar. O bien, la humildad, o la curiosidad intelectual.

Incluso eso que se llama sentido común. Todas ellas son disposiciones a lo bueno y debido. Inclinaciones sólidas a actuar de cierta manera. Maneras de ser que son estables y arraigadas. Conductas consistentes y no ocasionales, ni excepcionales.

Tome usted a la justicia, por ejemplo, la que convertida en virtud logra el hábito personal de dar a otros lo que merecen. O la fortaleza, que es la costumbre de resistir las oportunidades de hacer lo indebido aunque hacerlo produjera un beneficio personal. O la prudencia, que es el actuar rectamente anticipando efectos indeseables.

Tenemos, sin embargo, en el caso de la templanza, una situación que describe muy bien a nuestros tiempos. Templanza es el actuar habitualmente moderando los placeres de los sentidos. Es eso que llamamos sobriedad, control personal ante emociones, excesos, placeres, impulsos. Dominio sobre uno mismo.

Pero, me parece obvio que nuestros tiempos no sean propicios a la templanza. Se exalta más al gasto que al ahorro, a la comodidad que al esfuerzo, al placer que al sacrificio. Por ejemplo, en asuntos de sexualidad, hay más énfasis en el derecho al placer que en la virtud del autocontrol.

O bien, piense usted en esa usanza actual de entender a los derechos humanos como pretensiones que no necesitan merecimientos. Por ejemplo, el derecho a estudiar sin que eso signifique estudiar. Se quiere estar en una universidad, pero sin esfuerzo ni trabajo.

Comencé afirmando que el lamento de “nos faltan valores” está un tanto vacío y vacuo. Y que quizá convenga más pensar en la idea de que faltan virtudes. Esas costumbres de actuar conforme a los valores. Una cosa es reconocer a la honestidad y otra muy distinta actuar consistentemente de manera honesta.

Lo que me lleva a mi último punto, el de haber debilitado el marco mental que está abierto a aceptar la idea de la virtud. Nuestros días son tiempos de demasiada igualdad, en los que se piensa que nadie es superior a otro como para poder imponer una forma de ser o actuar.

Es lo que produce rechazo a cualquiera que intenta hablar de, por ejemplo, virtud.

“¿Quién eres tú como para decirme qué debo hacer?”, se le responde. Y resulta así que cada persona toma sobre sí misma una carga que no puede soportar, la de ser él su propia fuente de valores y virtudes.

La virtud es, en pocas palabras, el valor convertido en costumbre. Y eso requiere educación consistente desde los primeros años. Cualquiera puede dar cursos de valores. Crear buenas costumbres es un aprendizaje de vida.

Post Scriptum

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