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Debilidad Occidental
Selección de ContraPeso.info
1 noviembre 2014
Sección: Sección: AmaYi, SOCIEDAD
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¿Cuál es el estado de Occidente? La respuesta desconsuela. Solzhenitsyn dice que las sociedades occidentales son enclenques. Y trata de probarlo, pero sobre todo, trata de explicarlo.

Es esta explicación el punto central de este resumen. La causa central por la que Occidente ha perdido carácter y fuerza.

La idea fue encontrada en el discurso de graduación en Harvard, de A. Solzhenitsyn, en 1978; dentro del libro de Esperanza Aguirre (2009), Discursos Para la Libertad, Madrid: Ciudadela Libros. Un libro muy recomendable.

El autor trata un tema que define como “ciertos aspectos del Occidente”, los que percibe alguien del Este en exilio forzado. Y señala a continuación un aspecto central, la pérdida del valor.

El Occidente carece de coraje. La valentía ha disminuido, especialmente entre los gobernantes e intelectuales. La sociedad aparece como cobarde. La debilidad se ha racionalizado, justificado y considerada una opción inteligente y moral.

El Occidente se paraliza cuando trata con “gobiernos poderosos y… agresores… terroristas…” La debilidad, dice Solzhenitsyn, es el principio del fin.

Entra así a tratar su tesis, señalando que el progreso ha alcanzado un momento en el que no soñaron generaciones anteriores. Existe felicidad personal y grandes libertades. El Estado de Bienestar lo ha logrado.

Libertad y bienes en tal cantidad que se asegura la felicidad. Pero una felicidad “en el sentido moralmente inferior en que ha sido entendida durante las últimas décadas” (escribe él esto en 1978).

Hay obsesión por poseer, pero no hay “desarrollo espiritual”. La comodidad y la buena vida hacen difícil entender que puedan existir causas por las que debe arriesgarse la vida.

La economía occidental se ha legalizado. Nada hay que no resuelva la ley con un remedio perfecto. No se entiende que existe la razón por encima de la ley. La idea de autolimitarse, de autocontrolarse, tampoco existe.

Al contrario, “todo el mundo se afana por lograr la máxima expansión posible del límite extremo impuesto por los marcos legales”.

No es que la ley no se necesite, pero sí es que la ley no es lo único. La dignidad humana no puede ser reducida a una dimensión legal. Se necesita algo más elevado, digno de la persona humana.

La sociedad legalista produce “mediocridad moral”, dice el autor. Impide ella “los impulsos más nobles del hombre”. No pueden confrontarse los nuevos problemas con una dimensión legalista.

Quien en los gobiernos quiera hacer algo importante y bueno, enfrenta una serie de obstáculos que hacen imposible su iniciativa. Es así que “la mediocridad triunfa con la excusa de las restricciones impuestas por la democracia”.

Igual efecto tienen los derechos humanos llevado al extremo en el que se deja a la sociedad a merced de algunos. Occidente debería defender los derechos, pero más aún las obligaciones humanas.

A la libertad, dice Solzhenitsyn, “se le ha concedido un espacio ilimitado”. Es la aceptación de la libertad sin responsabilidad y que destruye, como las películas llenas de pornografía y violencia. La mentalidad legalista otorga esa libertad, y no hay más defensa posible contra la perversión.

En cuanto a la criminalidad, si acaso la autoridad trata de atacar frontalmente el problema, no faltan las acusaciones de violación de derechos de terroristas y criminales.

“El sesgo de la libertad hacia el mal” que padece Occidente tiene su origen en una noción humana benigna que echan a perder los arreglos sociales. Corregirlos, es por tanto, la solución. Pero aún así, en medio de la prosperidad Occidental la criminalidad subsiste.

La prensa en Occidente funciona bajo la mayor libertad, pero sin la responsabilidad moral que evitaría distorsiones.El periodista concluye erróneamente, da información equivocada, y sin necesidad de disculparse.

La prensa usa rumores, inexactitudes y supuestos que llenan los vacíos informativos, sin que se desmienta. Un ejemplo, los terroristas vistos como héroes, o la revelación de secretos de defensa nacional.

El derecho a saber, que se usa, llena a la gente de “chismes, estupideces y habladurías vanas”.

La frivolidad es el padecimiento mental de este siglo, dice Solzhenitsyn, algo que la prensa muestra como nadie. La prensa que es el mayor poder de Occidente y que no ha ido elegida, ni rinde cuentas.

La libertad de expresión la tiene la prensa, pero no su audiencia. Los medios reproducen la mentalidad común estándar, sin contradecirse. No hay cabida para lo que no sea moda aceptada. No es que existe censura, es que a lo diferente lo acorrala el “capricho dominante”.

Es la “peligrosa tendencia a formar una manada” que no acepta independencia, ni iniciativa. Es la formación de “prejuicios masivos”.

Aquí, Solzhenitsyn hace una pausa. Dice haber mostrado facetas occidentales que causa asombro a quien recién ha llegado a esa parte del mundo. Hay otros terrenos, en los que no entrará, como artes, humanidades y educación.

Y sigue. Occidente es el ejemplo de prosperidad material, realidad que no ha evitado el descontento de algunos con su propia cultura, a la que ven con desdén. Así, ellos se vuelven propensos al socialismo, lo que es una tendencia “falsa y peligrosa”.

La experiencia personal del mismo Solzhenitsyn le hace descartar la posibilidad del socialismo. Aún así, Occidente no es un modelo que el autor propondría para el Este.

El Occidente, lo que él ha visto presenta una perspectiva triste. Es la debilidad occidental con la que inició su discurso.

La personalidad occidental endeble contrasta, dice él, con la adversidad cotidiana del Este, que ha producido personalidades más fuertes que las “generalizadas por el bienestar estandarizado de Occidente”.

Occidente no es un modelo a seguir, como se muestra en el arte en decadencia y en la falta de estadistas.

La lucha es física y espiritual. Tiene proporciones cósmicas. Es real y es actual. Occidente, con información excesiva y mentalidad legalista, no comprende la realidad. Aquí, el autor usa ejemplos de conflictos internacionales de su tiempo.

No hay armas que suplan a la debilidad de carácter llevando al deseo de querer mantener el status quo, un rasgo de la cultura que llega a su fin; que ha perdido la “voluntad de defenderse”.

¿Donde está el origen de esa languidez occidental? Su respuesta es directa: en la “autarquía humanista”, en el humanismo autosuficiente, en el antropocentrismo.

Es otras palabras, es “la autonomía del ser humano de cualuier fuerza superior”. Es la mente que pone de lado la maldad posible del humano y que ignora cosas más allá de la satisfacción material.

Es lo que ha hecho que todo se dirija a la felicidad material sin pensar en una naturaleza humana que no es material solamente. Es el ignorar que existe una “misión más elevada”.

La libertad considerada en sí misma y nada más ella, no es la solución humana. En las democracias primeras, los derechos humanos poseían una perspectiva sobrenatural, entendían que “el ser humano es una criatura de Dios”.

La libertad presuponía responsabilidad religiosa. Esa noción original vería como un absurdo la concepción actual de libertad como un derecho al antojo. Es un debilitamiento del concepto de responsabilidad personal producido por la renuncia a las ideas morales que contenían “grandes reservas de misericordia y sacrificio”.

Es pobreza moral inimaginable poco antes. La pérdida de la “herencia cristiana”. Hay una catástrofe ya real, por esto producida, la esperanza en las reformas sociales. Creer que cambiar las estructuras es suficiente para mejorar.

Esta vida debe entenderse como una “experiencia de crecimiento moral”, no como una existencia limitada a lo material y que eso permita la felicidad. Hay más en lo humano que gozar la vida sin límites buscando satisfacción material.

Se debe entender la vida humana mejor, sin condenar lo material como en la Edad Media, pero tampoco sin anular lo espiritual como en nuestros días, concluye Solzhenitsyn.

Nota del Editor

La tesis del autor es comprensible: la cultura occidental es débil e impotente. Se encuentra en un estado enfermizo y la causa central es el olvido de lo espiritual. El vacío moral y religioso ha convertido a la persona occidental en alguien dirigido a las banalidades materiales que renuncian a las nociones de responsabilidad moral.

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