Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Democratizando la Moral
Leonardo Girondella Mora
16 julio 2014
Sección: ETICA, Sección: Análisis
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Una de las obsesiones actuales es la de democratizar todo lo que sea posible —algo como una especie de remedio universal para cualquier problema que se sufra en una sociedad.

Uno de los casos que señala esa obsesión es la idea de democratizar a la familia, como un remedio a la clara desintegración de ella —hijos ilegítimos, divorcios, violencia familiar, madres solteras y otros más.

Igualmente, la legalización de matrimonios de personas del mismo sexo y su adopción de hijos, han querido ser justificadas por medio de encuestas de opinión que muestren aprobación mayoritaria.

Lo que intento apuntar y hacer explícito es la noción de tomar a la democracia y convertirla en una solución única de lo que sea que se presente en la sociedad —la idea de tomar a la democracia haciendo de ella un estilo de vida.

La democracia, tomada como estilo de vida, suele contener elementos centrales para su entendimiento actual:

• Diálogo democrático, que pide escuchar a todas las partes interesadas en el asunto que se trate —tomado como un ejercicio de expresión de opiniones que se apoya en el derecho a ser escuchado.

• Logro de consensos y acuerdos, basados en la tolerancia y la inclusión, que incorpore las peticiones de las partes. Y realización de votaciones que respeten la voluntad mayoritaria.

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La democratización de la vida social contiene elementos positivos, como el optar por vías que rechazan medios violentos y de imposición de unos sobre el resto.

También, es positiva la consideración de la libertad de expresión para que sin obstáculos la discusión se enriquezca con la diversidad de posiciones expuestas.

Fuera de eso, encuentro pocas ventajas en esa democratización total —especialmente por una situación que se crea siguiendo ese proceso de democratización: no incorpora ningún criterio que evalúe y califique opiniones, discriminando entre las posibles e imposibles, entre las acertadas y las erróneas.

Teniendo como cimiento la sola expresión de opiniones y valorando exclusivamente su diversidad, se pasa por alto que entre ellas habrá opiniones desacertadas, erróneas, de consecuencias malas, con efectos colaterales negativos —las que llevarán a decisiones equivocadas, democráticas pero equivocadas.

El problema que apunto es posible de ilustrar en el caso de descubrimientos científicos, los que no dependen de decisiones democráticas y dan información sobre una realidad que no puede cambiarse por medio de la emisión de opiniones.

Este es el problema de la democratización de la vida social, el que la democracia no sirve para modificar la realidad por más votos que ella reciba en su contra —es posible votar en contra de las leyes de la termodinámica, pero eso no las invalidará.

Hay terrenos en los que la democracia da una solución aceptable, como cuando se eligen gobernantes con votaciones, o se aprueban leyes entre legisladores —pero hay otros campos en los que la democracia no tiene la menor utilidad, como cuando se intenta descubrir la realidad.

En un mercado libre, por ejemplo, la democracia funciona admirablemente, dejando la decisión de compra a cada persona; igual que en el caso de la decisión de voto —en campos en los que hacer lo opuesto equivaldría a una imposición indebida de poder.

En cambio, la realidad tiene una imposición sobre las personas, de las que ellas no pueden salvarse —es simplemente una constante que limita la acción humana posible, que no puede decidir brincar del décimo piso de un edificio apoyado en que la mayoría votó que no se haría daño.

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Llego entonces a lo que ha producido el exceso de democratización —la creencia errónea de que es posible legislar la moralidad de las acciones a gusto de opiniones mayoritarias o de élites de activistas.

Puede usarse al democracia para promulgar leyes humanas —no leyes de la realidad—, pero no puede usarse la democracia para determinar lo que es bueno o malo. Toda ley parte de una idea moral de lo bueno y lo malo —como el castigar el asesinato.

Lo que no puede hacer una ley es ir en contra del principio moral del que debe partir y, por ejemplo, considerar positivo el matar a otro ser humano —y eso es lo que ha sucedido por el exceso de democratización, el suponer que también la realidad moral puede ser alterada según opiniones y votaciones.

Y, sin embargo, eso es lo que sucede ahora mismo, producido por presuponer que puede alterarse esa realidad moral a gusto —como en el caso de legislaciones que permiten matar a personas no nacidas, al mismo tiempo que castigan el matar a personas nacidas.

La consecuencia neta de la democratización de la moral ha sido la expansión indebida del papel de las leyes humanas —suponiendo que ellas son las que determinan lo bueno y lo malo, cuando todo lo que pueden hacer es tomar a la moral e intentar hacerla específica en su implantación.

Haciendo eso, estos tiempos presentan un escenario en el que está en juego la supervivencia de las libertades y de la sociedad misma —no puede vivirse sustentablemente en un medio ambiente que cambia a su capricho las ideas de lo bueno y de lo malo.

Nota del Editor

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A lo dicho por Girondella debo añadir que el exceso democrático no solamente relativiza a la moral, volviéndola una veleta que sigue vientos de opiniones cambiantes y presiones activistas. También hace mediocres a las instituciones.

Por ejemplo, en las escuelas y universidades, logrará reducir estándares y castigar méritos, pasando el mando a los mediocres guiados por activistas.

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