Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Derechos y Reclamos
Eduardo García Gaspar
12 febrero 2014
Sección: DERECHOS, Sección: Una Segunda Opinión
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Es una cualidad rara. Especialmente en tiempos en los que se teme a lo obvio. androjo

Hablar directo y al grano es mejor.

Puede resultar brutal, pero es preferible a la amabilidad que disfraza.

Es aún mejor salirse de lo políticamente correcto.

Un caso actual, el de los derechos humanos. Algo es es un dogma de nuestros tiempos. Argumentar en su contra sería una temeridad. Pero hay que hacerlo.

Tomemos la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la de la ONU.

Allí se dicen cosas como “Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad”; o como “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”. No está mal reconocer esas libertades, al contrario.

Pero los problemas comienzan con otros derechos. Por ejemplo, en el artículo 22 de presenta un galimatías fascinante:

“Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad”.

La cosa ha cambiado notablemente. Si antes yo puedo exigir al gobierno que no me expropie ni robe, ahora le puedo exigir otras cosas como derechos económicos, lo que sea que eso signifique.

En el artículo 24 se establece que “Toda persona tiene derecho al descanso… y a vacaciones periódicas pagadas”. ¿Vacaciones pagadas? No es propiamente un derecho, me imagino, con el mismo rango que el de la libertad de expresión.

La cosa se ve más clara en el artículo 25: “Toda persona tiene derecho a… los seguros en caso de desempleo…” ¿Derecho a recibir dinero en caso de desempleo? No, no está en la misma categoría de la libertad de creencia.

Lo que digo es que se pueden verse con respeto listas absurdas de aspiraciones, mucho menos las que llaman derechos a favores gubernamentales.

El problema es serio porque hace que quien sea que haya hecho eso derechos en la ONU ha influido políticamente en otros países por encima de la soberanía de sus ciudadanos.

Por ejemplo, para la ONU es obligatorio que un gobierno emita leyes que establezcan seguro de desempleo, pero esa decisión no es de la ONU, sino de los legisladores elegidos por la gente.

Si no se legisla ese seguro, no se viola realmente ningún derecho, solo un deseo de un grupo de personas en la ONU que no rinden cuentas a nadie.

Peor aún, declarar derechos de esa manera equivale a sesgar posibles deseos de los países. Si en un país cualquiera, no se establece por decisión soberana del pueblo, un estado de bienestar, ese país violaría esa declaración de la ONU. No habría allí seguro de desempleo, ni un gobierno que satisficiera “los derechos económicos, sociales y culturales”.

Y es que, de la manera en la que esa declaración está redactada solamente un estado de bienestar podría satisfacerlos por la vía del gobierno. No hay manera de que esos derechos se cumplan en un régimen que no sea el del estado de bienestar, al estilo europeo.

Es decir, los derechos humanos, que son una buena idea, y que son simples y breves, se ha convertido en una lista creciente de reclamos que sólo puede satisfacer un gobierno que tenga el poder suficiente como para implantarlos (y eso es demasiado poder).

Lo que creo que bien vale una segunda opinión es considerar que la noción de los derechos humanos ha sido echada a perder.

Ya no tienen significado, ni sentido, ni lógica. Son simples reclamos que sólo pueden intentarse por medio de un gobierno que es demasiado grande y costoso.

¿Podría haber un sustituto? ¿Un mundo sin derechos? Sí, es posible.

Sería un mundo de libertades, de posibilidades de hacer, en el que se hablaría de libertad de trabajo, de posesión, de expresión, de creencia, de educación y, una gran cosa, se tendría un gobierno limitado a respetar esas libertades.

Un mundo así poseería quizá un solo derecho, el impuesto en los demás, de no limitar las libertades del otro, quien podrá hacer lo que guste dentro de esa limitación, que sería la ley básica.

Una solución mejor que la que tenemos ahora, que es el de una lista siempre en aumento de reclamos que sólo puede satisfacer el gobierno.

Peor aún, en un mundo de derechos crecientes, ellos son tan numerosos que chocan unos con otros. Un derecho a seguro de desempleo, por ejemplo, puede implantarse solamente atacando el derecho de propiedad de otros (los que lo pagarían).

Imagine usted un mundo de reclamos, llamados derechos, y verá que eso crea una actitud violenta y agresiva entre quienes los demandan y preferirán sus reclamos sobre los del resto.

No es un bonito panorama. Imagine protestas y marchas y presiones y crisis de finanzas públicas, como ya las tenemos en muchas partes.

Quizá lo peor sea que en ese mundo de reclamos, las personas pierdan toda noción de su libertad, al entender que es el gobierno de quien dependen y quien les otorga permisos y privilegios. En mundo en el que los jóvenes, los supuestos rebeldes de hoy, solicitarán más dependencia y menos libertad… como ya sucede.

Post Scriptum

Es obvia la influencia en esta columna de la obra de Minogue, K. (2010). The Servile Mind: How Democracy Erodes the Moral Life (1 ed Encounter Books).

Véase Nuevo Truco Socialista y cómo se usa la noción de derechos para establecer un estado de bienestar.

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