Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dos Hambrientos, un Dilema
Eduardo García Gaspar
9 septiembre 2014
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Son ejercicios, no del cuerpo propiamente. De la mente, del cerebro. androjo

Algo así como competencias de 10K para las neuronas.

Pueden ser fascinantes. Algunos de estos ejercicios se llaman dilemas.

Son relatos de situaciones difíciles, problemas complejos, que piden solución.

El reto es que la solución no es simple. Puede incluso existir una serie de respuestas buenas, aunque siempre habrá algunas mejores.

Hace poco surgió un tema entre amigos. Comenzamos por acordar que el robo es indebido… pero ¿siempre es reprobable? Por ejemplo, una persona que está hambrienta, no ha comido en varios días y tiene frente a sí un canasto con muchas manzanas propiedad de otro.

¿Es reprobable que la persona robe un par de esas manzanas? La respuesta es sí, pero dada su situación robar un par de esas manzanas es un atenuante enorme. Tanto que hace que el robo no sea reprobable y sea entonces un robo justificado, siempre que la persona tenga intención de reponer el robo.

En Economía eso sería un “robo eficiente”: el ladrón obtiene una satisfacción mayor al daño que sufre el dueño de las manzanas. El criterio de la solución es, sin embargo, la situación del ladrón más su intención de restituir a futuro.

No es difícil de comprender y eso nos lleva al dilema: supongamos a dos personas en idéntica situación de hambre. Una de ellas ha encontrado un pan y la otra está con las manos vacías. Llamemos P quien encontró el pan y V a quien nada tiene.

La pregunta que surge es natural: si V roba el pan de P ¿es eso un robo justificado como el caso anterior de quien roba una manzana a quien tiene muchas? Por supuesto que no.

Robar a P sería criminal, es robar a un hambriento, incluso cuando la otra persona también lo esté.

Si V lo roba cometería un robo grave, incluso a pesar de que V esté en la misma posición de hambre que P. El dilema parece haber sido solucionado: robar a V sería un acto reprobable. Pero hay algo que nos indica que falta algo.

Quizá sea que actúa nuestra conciencia. Tenemos algo escrito en nuestros corazones que apunta en otras direcciones. Sí, robar a P es indebido, incluso si lo roba V… pero sentimos la necesidad de abrir otras puertas.

Por ejemplo, pensar en la posibilidad de que P, que tiene el pan en sus manos, lo comparta con V, mitad y mitad. Esto satisface más que la posibilidad de que P coma el pan entero sin darle parte a V. Más aún, veremos en esto que P ha asumido una posición superior a la de comer él solo el pan.

Si P come el pan entero sin compartirlo, estaremos dispuestos a aceptar que su conducta es justificable y difícilmente lo culparemos de algo indebido. Pero si P comparte con V el pan, estaremos dispuestos a ver en P una conducta loable. Ya no es justificable, ahora es admirable.

Esto ha cambiado las cosas y resuelto mejor el dilema. Este tiene una mejor solución es una conducta superior de P. Un comportamiento claramente preferible. Hay algo en ese compartir que nos indica una conducta ideal y que llegaría a su extremo en caso de que P diera todo el pan a V.

El dilema de los dos hambrientos, entonces, ha servido para encontrar dos soluciones.

En la primera, la conducta guiada por el criterio de la propiedad dio una solución aceptable: quien encontró el pan es su dueño y comerlo es correcto, además de que V cometería un acto grave si llega a robarlo.

En la segunda, que es lo que bien vale una segunda opinión, hay un elemento adicional que enriquece la solución al dilema.

Un elemento, entre paréntesis, profundamente cristiano: el amar al prójimo. Solo con amor por el otro es posible ver la superioridad del compartir el pan de P y, más aún, la aún mejor posición, la de P dando el pan entero a V.

Puede todo lo anterior verse en dos planos. En uno, que me recuerda mucho la posición posible de Ayn Rand y similares, la solución es automática: el propietario del pan lo come porque es suyo y puede hacerlo sin que le ligue deber alguno con el otro.

En el segundo plano, que es claramente un nivel producto del cristianismo, la solución es otra muy distinta: el propietario del pan podría comerlo sin cometer una falta severa, pero podría hacer algo aún mejor: compartirlo con otro. O incluso llegar al extremo de dárselo todo al otro.

En resumen, una conversación sobre un dilema, abrió una puerta a argumentaciones que ayudan a entender mejor nuestro mundo, nuestra naturaleza. Especialmente las decisiones a las que nos enfrentamos a diario y que presenta nuestra libertad, llevándonos sin remedio a confrontar acciones morales.

Robar es una acción indeseable, reprobable. Este principio general, sin embargo, no resuelve todos los casos de robo. Por ejemplo, los casos de necesidad extrema, como el del hambriento y las manzanas; o como el de los dos hambrientos y el pan.

Esto es muy llamativo porque implica una faceta humana activa: pensar, razonar y llegar a principios y nociones que iluminan nuestras decisiones. De lo que derivo otra idea: pensar que cada quien tiene su verdad es igual a, literalmente, dejar de usar las neuronas.

Post Scriptum

Tal vez pueda tenerse un principio general respecto al robo: él es reprobable en todo momento y lugar, independientemente de quién lo cometa y quién sea la víctima.

Las excepciones pueden solo existir en casos extremos en los que otro valor superior esté en riesgo, como la vida del hambriento y siempre que éste tenga en su interior la intención de restitución.

Otra cosa me maravilla: la asombrosa capacidad del Cristianismo para encontrar soluciones superiores a este dilema y a otros.

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