Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dulzura Como Engaño
Eduardo García Gaspar
13 febrero 2014
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Llega un punto en el que es insoportable. Peor aún, se convierte en mentira e hipocresía. androjo

Es el caso del halago innecesario. De la alabanza injustificada.

Es más frecuente de lo que pensamos.

Hay personas que hacen de esto un estilo de relación personal.

Conozco una persona que es así. Para ella todo es lindo, bonito, maravilloso. Ante el bebé más feo que se haya visto es capaz de exclamar “¡Qué belleza!”.

No es que sea optimista, ni positiva, es que no tiene otra manera de relacionarse con el resto, por medio de expresiones de admiración extrema.

Otra tiene un vicio similar. Todo lo considera “interesante”, así se lo peor que tenga frente a sí mismo. Si ve un cuadro de Velázquez dice “interesante”, pero lo mismo si ve un dibujo de un niño de tres años.

Hay optimismo en esa postura, pero no hay manera de encontrar juicios, como el el anterior.

El otro extremo, el opuesto, es el de quien pasa la vida viendo lo malo de las cosas. Ese a quien nada le parece y todo critica. Es quien por principio de cuentas se opone a cualquier opinión que escucha, incluso aunque coincida con la suya.

El tema bien vale una segunda opinión para explorar algo que llega a ser un vicio personal, el de la alabanza incondicional.

Está muy bien representado en uno de esos concursos en los que los participantes cantan y son evaluados por expertos en música. En una ocasión, un muchacho cantó y lo hizo realmente mal.

Uno de los jueces le dijo que no lo había hecho mal, que tenía potencial, que debía mejorar, que no debía dejar de intentarlo. Mentiras puras, el muchacho tenía el mismo porvenir que yo como físico cuántico, quizá menos.

Otra vez, una persona alabó una presentación de extrema mala calidad, a la que juzgó muy buena y digna de admiración.

Lo que se presenta en nuestras vidas es un dilema de franqueza ante las cosas que vemos. Vayamos a un caso específico. Hace ya muchos años se me invitó a ser jurado en un examen profesional. La tesis presentada estaba mal hecha y contenía un error serio. No merecía pasar la prueba.

El dilema es éste. ¿Digo la verdad o me quedo callado? Si no digo la verdad eso equivale a una mentira y eso es malo. No conviene decirle al alumno que ha hecho un buen trabajo cuando eso no es cierto. Sería un daño para él creer que ha hecho un buena tesis. Pero reprobarlo sería un daño también. ¿Cuál es el mejor a la larga?

Y el dilema se resuelve con una virtud, la prudencia. La habilidad, en este caso, para saber cuándo decir la verdad es obligatorio y cuándo no entrar en la discusión es mejor.

Otro ejemplo: un par de amigos discutían sobre el tema de lo exorcismos, con opiniones contrarias y decidí no involucrarme porque la situación no era propicia. Creí que nada se ganaría con mi intervención.

Voy a otro ejemplo, el de una persona que me explicaba las razones por las que votaría por un candidato al que consideraba la mejor opción. Dio sus razones. En lo interno pensé que debía explicarle que yo pensaba lo opuesto y darle las mías. ¿Lo hice?

Sí, con calma y lo más analíticamente que pude. Juzgué que era una buena acción que la otra persona conociera una opinión opuesta, que no podía en conciencia permitir que esa persona no supiera de otro punto de vista.

Hay veces en las que basta con expresar la opinión propia sin entrar en detalles. No hace mucho que dos personas hablaban del aborto, justificándolo con razones que me parecieron superficiales. Yo añadí que estaba en contra, lo que me valió una retahíla de insultos y pensé que no debía hacer otra cosa que dar a conocer mi postura sin más detalle.

En resumen, cuando se nos pide un juicio o una opinión, debemos evitar los extremos de considerar todo como lo mejor; tampoco como lo peor. Si conocemos del tema, entonces podemos hablar, pero no si lo desconocemos.

Y si tenemos necesidad de expresar la opinión opuesta, podemos ser prudentes y decidir si eso conviene o no.

Hay veces en las que conviene evitar batallas que no vale la pena luchar, pero hay otras en las que es una obligación hacerlo. Porque si no se hace, ello representaría un daño a otro o a nosotros mismo, un daño importante. Con una advertencia seria, la de usar una cortesía grande cuando expresamos nuestro desacuerdo.

Al final, prefiero a la gente que me dice la verdad, aunque me contradiga, que sé qué piensa, que no se oculta en frase halagadoras, ni en alabanzas falsas, que cuando expresa admiración es sincera. Y, mejor aún, si esa gente tiene buenos modales y, el colmo de lo bueno, tiene sentido del humor.

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