Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Corredor de Una Pierna
Eduardo García Gaspar
18 noviembre 2014
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una especie de clisé mental. Una idea repetida y cuya justificación es solo el número de androjoveces que se repite.

Cumple con el requisito del clisé: ser una frase contagiosa, una idea simple y tener una apariencia razonable.

Es esa idea que coloca a la razón humana como lo opuesto a la religión.

El enfrentamiento entre ciencia y dogma, entre razón y superstición. Entre moverse por la razón y guiarse por la fe. Imagino que pocos son los que no sucumben al clisé, lo que es causa suficiente como para verlo más de cerca.

Lo primero que llama la atención es que sea un fenómeno moderno. En siglos anteriores hubiera sido una idea sin sentido. Los científicos eran religiosos y los religiosos eran científicos.

Era en extremo difícil rechazar a la razón siendo ésta un don de Dios, aunque la imperfección humana aconsejaba usarla con prudencia.

Pero lo que la Era de la Razón comenzó a plantear, muy gradualmente, era ambicioso: usar la razón para pensar de maneras totalmente ajenas a la religión. Cosas como construir una ética sin creencias religiosas, o emitir leyes sin contagios dogmáticos, o descubrir a la naturaleza sin hipótesis sobrenaturales.

Se trataba de algo que debía producir orgullo: retirar a lo sobrenatural de lo filosófico, de lo social, de lo político. La razón humana, se pensó, no tenía límites y si se liberaba de las supersticiones llegaría a su potencial máximo el ser humano.

La idea general tiene sentido, el de alcanzar el uso máximo de la razón humana y cosechar sus frutos.

Una posición en extremo ambiciosa. Suponía que, por hacer una comparación, un hombre usando una sola pierna podía ganar una carrera a un hombre usando las dos. En efecto, la religión y la razón, usadas en conjunto hacían posible caminar y correr complementándose una a otra.

Ahora, la razón debía ser suficiente para caminar y correr aún mejor. Una suposición de grandes vuelos y pretenciosa. Olvidando el conocimiento que la religión proveía sobre nuestra existencia y el sentido de nuestras vidas, se supuso, el mundo sería mejor.

Una creencia con buena dosis de orgullo y altivez, por no decir, un tanto irracional.

Me parece que los resultados son obvios: la razón, por sí sola, tuvo que convertirse sin remedio es algo parecido a eso a lo que pretendía ignorar. Y adquirió los vicios en los que la religión puede caer: fundamentalismos sin sentido y dogmas convertidos en instrumentos de censura.

Por supuesto, la razón, en sus terrenos naturales siguió produciendo resultados, avances notables que mejoraron la vida (no sin sus excepciones notables). Pero fuera de sus terrenos naturales la ciencia trató de hacer lo que no puede, como inventar una ética o una sociedad científicas. Los totalitarismos del siglo 20 son una muestra de eso.

Y fue paradójico que sucediera casi lo opuesto de lo buscado. Nuestros días muestran que la razón humana lejos de liberarse se ha convertido en algo inflexible. No por ella misma, sino porque ha producido sus propias verdades inapelables.

La secularización ha creado, para su sorpresa, una religión propia de mandatos morales, lo que bien se manifiesta en la corrección política. Paradójico que fuera más libre junto a la religión que por ella misma.

El vacío de lo sobrenatural fue llenado con otra cosa. Imposible que es caminar, mucho menos correr con una sola pierna, la exaltación irracional de la razón creó otro punto de apoyo. Uno que era inevitable. Creó ideologías: una serie de concepciones generales que intentan explicar al mundo desde un punto de vista material.

Un absurdo fenomenal. En nuestros tiempos, la realidad es forzada a acomodarse a cada ideología, eso mismo de lo que fue acusada la religión. El marxismo es un ejemplo fantástico de esa ansia de tomar a la realidad y percibirla de tal manera distorsionada que pudiera comprobar las ideas preconcebidas.

Exactamente lo contrario de lo que la ciencia intenta hacer. Nuestros días están llenos de instancias de lo mismo. Tome usted, por ejemplo, a los partidarios del aborto y verá cómo su posición es un intento de justificar un asesinato acomodándolo a una idea preconcebida.

Y, al final de cuentas, hay algo que es inesperado. La propuesta de liberar a la razón de las limitantes religiosa, supuso, volvería a las personas capaces de usar esa razón. ¿Ha sucedido? Realmente no. La democracia de nuestros días es una prueba contundente de que esa racionalidad no se ha generalizado.

Post Scriptum

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