Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Emoción Como Justificación
Eduardo García Gaspar
15 octubre 2014
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Las conductas necesitan motivos. Los actos siguen a las decisiones. androjo

Hacer algo significa que antes se evaluó como conveniente.

Beber agua se justifica por tener sed. No es difícil de entender.

Así funcionan nuestras decisiones. O, debían funcionar así.

Sería un tanto absurdo que usted me diera agua porque eso le emociona. Quizá yo no la quiera, tal vez no la necesite. Suceden cosas de este tipo cuando las acciones tienen como justificación la emoción de quien las realiza.

Por emoción quiero decir emotividad, sentimiento, sensación. Todo eso y sin que exista razonamiento, análisis, conocimiento. Es el caso de la emoción sustituyendo a la razón. Cuando la emotividad es causa sola que motiva a una acción.

Más aún, cuando la emotividad lleva a una acción y ésta no se realiza, la reacción común es la de pena, aflicción desasosiego. ¿Ejemplos concretos? Un empresario, por mera emoción compasiva, contrató a una persona que estaba en muy mala condición económica.

Quería hacer una obra de caridad. La persona contratada fue un problema considerable en el departamento donde trabajó. Se sentía intocable y no obedecía órdenes. La emoción ganó a la razón y el error fue claro.

Analizado el caso, habría habido otra solución mejor. Similar es el caso de matrimonios decididos por la emotividad febril del enamoramiento y que no consideran una justificación más meditada y realista. Otro caso de sentimientos imponiéndose al razonamiento.

La ocurrencia más extrema que conozco personalmente es la de una mujer, a quien le inquieta profundamente la pobreza. Realmente la conmueve e indigna. Le causa sensaciones que no puede reprimir. Esto la lleva a una posición como la que describo.

Es tal su simpatía por los pobres, que le provocan ansias inmediatas de hacer algo, lo que sea, para ayudar a remediar su situación. No hay análisis que la detenga, ni razonamiento que le haga pensar. Quiere ella actuar y actuar ya, ahora mismo, en este momento.

Y quiere hacerlo en gran escala, al menos a nivel nacional, lo que la lleva a la posición lógica en su caso: programas gubernamentales inmediatos, eso que conocemos como combate a la pobreza. Grandes y costosos programas de distribución de recursos.

No es ella un incidente aislado. Lo mismo sucedió en el caso de la Prohibición. También, cuando se declaro la guerra a las drogas. Es la mentalidad que en buena parte está detrás de muchas acciones estatales.

Tienen ellas componentes muy claros.

Primero, descubren un caso que produce sentimientos de compasión.

Segundo, crean a su alrededor un sentimiento de indignación que concluye en un “algo debe hacerse ya”.

Tercero, añaden una presión de urgencia inmediata que no admite obstáculo alguno.

Cuarto, llevan a la creación de políticas y planes gubernamentales que son los únicos que pueden satisfacer el sentimiento de obligatoriedad.

Pueden reconocerse esas instancias de sentimientos sin razonamientos por su rechazo a toda crítica. Las críticas, se nos dice, retrasan las acciones y eso no es aceptable en casos de urgencia. Las críticas, se nos afirma, son destructivas y lo que se necesita es actuar ya constructivamente.

No hay posibilidad de ser prudente, de evaluar consecuencias indeseables, de añadir información, de definir mejor el problema. Simplemente, hay urgencia y debe actuarse de inmediato (incluso a veces reconociendo que se cometerán errores).

Lo que he intentado hacer es poner sobre la mesa un tipo de ocurrencia muy común en nuestros tiempos, la del indignado a quien pierden la emotividad y la urgencia. Ese que guiado por sentimientos admirables deja de pensar. El que queriendo hacer con urgencia algo bueno hace de lado a la razón.

En mi experiencia este tipo de persona es muy común, una criatura de estos tiempos de demasiada televisión y poco seso. Alguien que en parte es admirable, aunque en parte sea también reprobable.

El movimiento de los indignados en Europa y el de Occupy Wall Street en los EEUU son casos de este tipo. Tienen al mismo tiempo ideas razonables y descabelladas. Los mueven las emociones y los sentimientos y, por eso, su expresión no puede ir más allá de marchas y manifestaciones.

Regreso al caso de la dama indignada. Definía ella a la pobreza como gente sin dinero suficiente, una tautología. Sus emociones y sentimientos, combinados con la urgencia se hacer algo, le llevaban a la solución obvia y equivocada: poner dinero en manos de los pobres. Así dejarían de serlo.

Post Scriptum

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