Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Enseñando la Felicidad
Eduardo García Gaspar
8 abril 2014
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una afirmación cierta. Es innegable. Es el supuesto de nuestros actos. androjo

Lo que nos mueve a actuar. Una idea simple: intención de mejorar.

Hacer algo para estar en mejor situación. No puede ser de otra manera.

Si comemos algo es porque pensamos que eso nos mejorará. Igual, si bebemos algo.

Por supuesto, podemos equivocarnos y empeorar, en lugar de mejorar, pero lo que nos lleva a comprar un coche es creer que con eso estaremos mejor que antes.

El mecanismo es simple en su estructura. Estamos en la posición A, la inicial, y queremos llegar a la posición A+, que es mejor. ¿Cómo llegar? Aplicando nuestro conocimiento de causa-efecto. Tenemos sed (A) y queremos dejar de tener sed (A+), sabiendo que el beber será el medio para eso.

¿Aburrido y obvio? Por supuesto, pero esta es la puerta que nos permite entrar a terrenos fascinantes, los de los errores a la hora de actuar, especialmente uno de ellos.

Un error posible es el de equivocar los medios para mejorar nuestra situación. El otro, creer que la situación a la que queremos llegar (A+) es mejor cuando no lo es.

Este es el error que bien merece una segunda opinión. Si queremos mejorar nuestra situación, cada una de nuestras acciones son pequeños pasos en esa dirección. ¿Qué dirección?

Una dirección general que podemos llamar felicidad personal: una situación en la que nos encontremos satisfechos y podamos pensar que la mejora siguiente en nuestra situación no es importante. Incluso pensar que nos gustaría permanecer así, sin cambios.

Digamos que la felicidad es un estado razonable de deseos importantes cumplidos, y que produce satisfacción personal momentánea; un estado que por definición es variable y temporal, incluso a veces dura instantes que nos hacen intuir el valor de la felicidad infinita.

La clave está en una palabra, “deseos”, eso que se ambiciona lograr. Nuestras aspiraciones, apetitos, ganas, gustos, afanes, pasiones, como usted quiera llamarles. Y de deseos hay muchos tipos, no todos iguales. Esto permite una conclusión inmediata.

El logro o satisfacción de deseos de baja categoría creará una sensación de felicidad, pero de felicidad falsa, equivocada, de bajo rango y que podría ser mayor. Con esto llego a mi punto, que creo que bien vale una segunda opinión.

La enseñanza correcta, de fondo, consiste en la instrucción dada para mostrar niveles superiores de felicidad, es decir, felicidades de rango superior. Más elevadas, más puras y reales. Mostrar a las personas que deben ambicionar felicidades de categoría superior. la idea está bien expresada en esto:

“Aristóteles entonces señala que si los humanos son despojados de los placeres del espíritu, tenderán a complacerse desordenadamente en los placeres de la carne” Adler, M. J. (1997). Six great ideas. New York London: Touchstone.

La implicación es obvia: la superioridad de ciertos deseos sobre otros y ése, me parece, debe ser uno de los mayores objetivos de la educación familiar y escolar. Es la enseñanza para la felicidad de niveles crecientes, una idea que necesita ser definida al menos en su idea central.

La superioridad de la felicidad es un resultado de su cercanía con la propia naturaleza humana. La misma idea que contrasta, en la cita anterior, la diferencia entre placeres materiales y placeres espirituales. Ilustro esto con algo que tengo la impresión que sucede en la educación actual.

A los alumnos se les enseña más a reclamar derechos que a aceptar obligaciones; a buscar placeres inmediatos que a trabajar por placeres posteriores. Se les adoctrina más, por ejemplo, en su derechos al sexo sin consecuencias, que en el esfuerzo por conocer más.

No hay en la educación la enseñanza del placer que causa el saber más, el descubrir por sí mismo. Buena muestra de esto es las terribles fallas en la comunicación escrita y oral de alumnos, síntoma de entre otras cosas, la falta de afición por la lectura.

Los seres humanos actuamos motivados por la intención de lograr una situación mejor que la anterior. Buscamos aumentar nuestra felicidad con cada acción que realizamos.

Y nos equivocaremos en nuestras decisiones cuando buscamos felicidades de bajo rango. Sucede esto cuando nuestra educación no nos instruye en la busca de felicidades superiores, más elevadas, congruentes con nuestra naturaleza.

Sucede entonces que nuestros tiempos presentan una paradoja: al mismo tiempo que tenemos grandes descubrimientos y tecnologías fantásticas, padecemos un retraso considerable en el logro de la felicidad personal elevada.

Toda mi intención fue compartir una idea con el lector: nuestra educación ha tenido una falla importante, la de no instruirnos en el descubrimiento de felicidades de mayor rango. Las que son más humanas y, por eso, más espirituales e intangibles.

La diferencia entre comprar un vestido a la moda y leer un buen libro. Entre saber del último escándalo de una celebridad y tener una conversación interesante. La diferencia entre beber un buen vino y sentirse moralmente tranquilo. Entre tener sexo como diversión y tenerlo con amor comprometido.

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