Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Enseñar la Verdad
Eduardo García Gaspar
15 agosto 2014
Sección: EDUCACION, LIBERTAD CULTURAL, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El tema es fascinante. Un problema complejo, interesante. androjo

Muy de nuestros tiempos, pero no exclusivo nuestro.

Lo fascinante no es fácil de vender, especialmente para quienes hablan y piensan con frases hechas.

Es el problema de la verdad y los derechos.

Piense usted en esta posibilidad. Sabemos que es verdad que 2+2=4. Es una verdad innegable. Eso nos lleva a la pregunta de si se tiene derecho a decir y enseñar que eso es mentira, proponiendo que 2+2=6.

El problema es obvio. ¿Se tiene derecho a enseñar en una escuela, por ejemplo, que 3+3=4?

Me imagino que se contestará que no. Que no existe ese derecho a enseñar una mentira. Y si acaso se enseña, la mayoría verá eso como algo excéntrico.

Compliquemos las cosas mucho más. Pensemos ahora en otra posibilidad, la religiosa. Tome usted una religión, la que sea, y verá que ella piensa que posee la verdad. No tendría sentido una religión que no creyera eso. Las cosas se han puesto interesantes.

¿Qué hace esa iglesia que está segura de ser depositaria de la verdad? No hay una respuesta única. Quizá se mueva entre dos extremos.

• Implantar el derecho de la verdad: creer que no existe el derecho a enseñar una mentira y que, por lo tanto, toda educación en un país deba ser hecha conforme a esa religión. No solo la educación, sino las leyes, las costumbres, la cultura, todo.

• Implantar el derecho de la persona: creer que es la persona la que por sí misma sigue su conciencia y puede seleccionar alternativas erróneas, pero también puede seleccionar la verdad, es decir, esa religión.

Rhonheimer lo explica bien hablando de la libertad religiosa:

“El planteamiento ya no se centra en el ‘derecho de la verdad’, sino en el derecho de la persona a seguir la propia conciencia en materia de práctica religiosa, libremente y sin injerencia ni coerción del Estado, aun en el caso de que, desde el punto de vista de la verdad religiosa, su conciencia sea errónea”.

Tenemos frente a nosotros un asunto fascinante. Imagine que usted sabe que 2+2+2=6. Esta seguro de eso y solo unos pocos de sus amigos lo saben también. Pero la gran mayoría de la gente que le rodea piensa de otra manera, cree que 2+2+2=8. Eso es lo que se enseña en las escuelas.

Ante eso, usted tiene dos maneras de reaccionar. Una es tomar el poder e implantar la idea de que 2+2+2=6, por la fuerza. La otra es emprender una serie de acciones persuasivas que persigan mostrar que eso es verdad, no por la fuerza, sino con actos que busquen convencer.

El ejemplo es extremo y ayuda a entender la dimensión del problema de la libertad religiosa (es más, también del resto de las libertades).

En un mundo ideal no habría necesidad de usar la fuerza para imponer la verdad, ella sola sería aceptada voluntariamente.

Pero en el mundo no ideal en el que vivimos, estamos entre esas dos opciones: (1) ante la verdad no tiene libertad la mentira, o bien (2) la persona tiene la libertad de conciencia para aceptarla o rechazarla.

La primera opción es la que existe, por ejemplo, en Sudán, donde se puede ser condenado a muerte por cambiar de religión. La segunda opción es la que existe en países occidentales.

¿La mejor opción? La que más corresponda a la naturaleza humana y su esencia, es decir, la comprensión de la libertad humana. Pero el asunto no queda así, hay algo más y que bien vale una segunda opinión. Piense usted en esto.

¿Qué sociedad será mejor, la que piensa que 2+2+2=8 o la que piensa que 2+2+2=6? La respuesta es obvia. Imagine los cálculos para la construcción de un puente en el que se piensa que 2+2+2=8. No será un puente confiable.

A lo que voy es que (1) es mejor la libertad humana y (2) la libertad tiene un riesgo siempre, el de vivir en el error. Y vivir en el error tiene consecuencias generales en esa sociedad. Los edificios construidos creyendo que 2+2+2=8 no serán tan buenos como los que parten de que 2+2+2=6.

Afortunadamente, con libertad, es posible determinar errores y corregirlos. Cuando se pierde la libertad será imposible corregirlos. Esta es una de las razones por las que la libertad debe ser conservada, incluso sabiendo que lleva a errores.

Nuestros tiempos, por ejemplo, presentan una situación concreta a la que se aplica lo anterior, la del aborto. Una de las dos posiciones es equivocada. La postura equivocada tendrá consecuencias en la sociedad, consecuencias malas, como las de las matemáticas falsas.

Debemos temer, por tanto, a las doctrinas que suponen que la mejor opción es la anulación de la libertad, sea para imponer una religión o para forzar la desaparición de la religión. En nuestros tiempos rechazamos las imposiciones religiosas, pero nos pasan desapercibidos los intentos de imposiciones estatales.

Post Scriptum

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La cita es de Rhonheimer, M. (2009). Cristianismo y laicidad: historia y actualidad de una relación compleja. Ediciones Rialp, S.A.

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