Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Entre Derechos y Libertades
Eduardo García Gaspar
9 enero 2014
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Tuvo su tono de alarma. Dijo que las ventas cayeron hasta el 50%. androjo

Hablaba de los mercados de abastos en México. La razón de la caída: las grandes tiendas de supermercados.

Total, “un año difícil” para esos mercados de abastos.

En el reportaje (El Horizonte, 4 enero 2014), el presidente de la Confederación Nacional de Agrupaciones de Comerciantes de Centros de Abasto, declaró que esa situación se debe a la instalación “indiscriminada” de supermercados.

Estas grandes cadenas tienen condiciones como “precios, aire acondicionado, estacionamiento, proximidad” que no tienen los otros.

¡Bienvenidos al sistema de competencia! Así funciona. Si el proveedor no satisface al comprador como lo hacen otros, su existencia será efímera. Son los mercados libres que premian a unos y castigan a otros.

Y quien lo decide es un grupo grande, formado por compradores. Deciden ellos qué comprar, en dónde, cuándo, a qué precio.

Hay dos ganadores en este sistema de competencia. Los compradores son el grupo mayor y tienen beneficios de satisfacción de necesidades. Los vendedores que mejor satisfacen esas necesidades son los otros triunfadores.

Llega el punto en el que no puede resistirse la pregunta. ¿Por qué los mercados de abastos, con la posición dominante anterior, están ahora en dificultades? Sabemos que el gobierno “implantó programas para modernizar las centrales de abastos”, pero obviamente no bastó para enfrentar la competencia de otras tiendas.

No puedo contestar esa pregunta, pero lo que sí puedo hacer es examinar dos posiciones que la pueden responder. Las dos tienen que ver con la mentalidad de esos comerciantes de abastos.

Una mentalidad posible es la del proveedor competitivo e independiente, cuya existencia depende de la preferencia consistente del comprador. Es el que a diario piensa cómo satisfacer mejor a sus clientes, para que no vayan a otra tienda.

Es el que se preocupa por precios, ofertas, innovación, limpieza, buen trato, comodidad, lo que a usted se le ocurra. Puede resumirse eso en lograr que el cliente goce de una buena experiencia de compra, tan buena que piense en regresar la vez siguiente.

La otra mentalidad es la del comerciante pasivo y dependiente, que no se preocupa realmente por crear una buena experiencia de compra. No cuida precios, ni limpieza, ni luz. Su existencia se debe a factores fortuitos, como haber el único proveedor en una zona por largo tiempo.

O incluso, por recibir protección gubernamental contra la competencia. Por ejemplo, con reglamentos que impiden a los supermercados instalarse cerca de los mercados de abastos (al estilo del gobierno de Ciudad de México).

Nada nuevo hay en lo anterior. Es obvio y se repite en todas partes.

Lo fascinante es, sin embargo, otra cosa: esas dos mentalidades, esas dos actitudes que muestran los comerciantes y los supermercados. Realmente son distintas y las distingue un rasgo revelador: la diferencia entre sumisión e independencia.

Uno de ellos tiene un remedio para sus males, la súplica de protección gubernamental. Es el que se queja de la instalación indiscriminada de supermercados que le producen una caída de ventas. No imagina hacer nada más que lamentarse y, seguramente, hablar de sus derechos afectados por otros.

El otro es el que tiene su remedio, el actuar, imaginar y crear, de manera libre. Es el que reconoce que su supervivencia depende de él mismo y que simplemente puede ser exitoso siendo mejor que el resto. No habla él de sus derechos, sino de sus libertades.

Estas dos mentalidades son propias no solo de comerciantes y vendedores y productores, también definen los dos grandes tipos de actitudes que tiene el resto de la gente. A toda ella la podemos clasificar en una de las dos mentalidades, con grandes variaciones intermedias.

¿Cómo diferenciar a una de la otra? Debe haber muchas formas, por ejemplo, contrastando pasividad contra iniciativa. O examinando peticiones de intervención gubernamental contra reclamos contra el intervencionismo.

O bien, quizá la más interesante, una diferencia en el lenguaje de cada mentalidad. Mientras la mentalidad pasiva y dependiente suele hacer uso de “derechos”, la activa e independiente acostumbra hablar de “libertades”. La diferencia es profunda.

Con el significado que ha adquirido el término “derechos”, ellos sirven para reclamar la intervención estatal. Esta intervención es la que hará posible el respeto a los derechos, como el derecho a vender protegido de la competencia, o a tener ingresos sin trabajar.

En cambio, quien suele hablar de “libertades” reclama otra cosa muy opuesta a la anterior, que le dejen libre de intervención estatal para trabajar y realizar sus proyectos. No busca protección, busca poder realizar sus iniciativas por él mismo.

Y esto puede ser el gran drama de nuestros días, la proliferación de declaraciones de derechos que por su naturaleza solo pueden ser implantados por medio de la fuerza gubernamental y que produce ciudadanos pasivos, dependientes, con la única ambición de tener a alguien que les haga desaparecer sus responsabilidades.

Post Scriptum

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