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Envidia en Tiempos de Desigualdad
Selección de ContraPeso.info
20 noviembre 2014
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute Acton Institute el amable permiso de publicación.

La envidia, a menudo he pensado, es la peor de las emociones humanas. La épica narración bíblica de Caín asesinando a Abel nos recuerda que desde tiempo inmemorial la gente ha estado celosa de los éxitos y del bienestar de los demás.

Cuando ella se mezcla, sin embargo, con la casi obsesión por la desigualdad que domina gran parte del discurso público en estos días, hay un grave riesgo de que la envidia —y los deseos de apaciguarla— pueda comenzar a conducir a la política pública de maneras que no son económicamente sabias ni políticamente saludables.

Comentarios como “usted no construyó eso”, o la notoria declaración de François Hollande en 2012 “No me gustan los ricos”, por supuesto, no salen de la nada. Por un lado, reflejan viejas quejas ideológicas acerca de la naturaleza y los resultados de las economías de mercado, así como animosidad contra grupos particulares.

Pero la fijación actual con la desigualdad económica ha hecho que posiblemente sea más fácil para nuestros amos políticos decir esas cosas en voz alta y con menos temor de represalias electorales.

No ayuda a la situación la gran ligereza de las discusiones contemporáneas sobre la desigualdad económica. La desigualdad y la pobreza, por ejemplo, no son la misma cosa. Eso, sin embargo, no detiene a las personas a creer que son lo mismo.

Del mismo modo, importantes distinciones entre las desigualdades en el ingreso, la riqueza, la educación, y el acceso a la tecnología se difuminan con regularidad. Como se recuerda en un artículo publicado recientemente por la Reserva Federal de St. Louis, las desigualdades de riqueza pueden tener un mayor impacto sobre las capacidades comparativas de las personas para construir un capital para el futuro que la desigualdad de ingresos. Sin embargo, pasamos angustiados la mayor parte de nuestro tiempo por esta última.

Los debates sobre la desigualdad no se hacen menos insensatos con algunos de los alocados números lanzados.

Tomemos, por ejemplo, las interminables denuncias de las brechas entre los ingresos de los directores ejecutivos estadounidenses y sus empleados. De acuerdo con la AFL-CIO, se situó en 331 a 1 en 2013.

El Bureau of Labor Statistics, sin embargo, nos dice que el CEO estadounidense promedio (es decir, no los valores atípicos de 200 directores ejecutivos de las empresas más grandes de América) ganó 178,400 dólares en 2013.

Tomando este número junto con la afirmación de la AFL-CIO, que el trabajador promedio ganaba 35,239, resulta una proporción mucho más pequeña de 5 a1.

Tampoco, debemos recordar, todas las formas de desigualdad económica son injustas. Muchas personas nacen con habilidades que tienen mayor demanda y menor oferta que otras. Eso no es injusto. Es simplemente un reflejo de la condición humana.

En otros casos, algunas personas están dispuestas a trabajar más duro, asumir mayor riesgo y aceptar una mayor responsabilidad. Por lo tanto, es justo para una empresa pagar más a esos empleados que a quienes quieran asumir menos riesgos, trabajar menos horas y aceptar menos responsabilidad.

Sospecho, sin embargo, que el nexo entre envidia y desigualdad se debe a algo más profundo que las confusiones que impregnan los debates de desigualdad o los esfuerzos populistas para construir grupos de electores iracundos. También tiene algo que ver con la dinámica interna de los sistemas políticos democráticos.

Como siempre, Alexis de Tocqueville tuvo algunas de las mejores ideas sobre este fenómeno. El rasgo dominante de las sociedades democráticas, argumentó en La Democracia en América, es la pasión por la igualdad.

En varios lugares, Tocqueville designó a la igualdad de condiciones como “generativa”. Con esto, quería decir que el deseo de la igualdad en la joven república estadounidense penetró todo lo demás: la economía, la ley, incluso la religión.

Por un lado, este enfoque de la igualdad facilita la ruptura de muchas barreras que normalmente inhiben la propagación de los mercados y el crecimiento de la riqueza. No fue por razones de injustificadas que, Montesquieu, una de las inspiraciones filosóficas de Tocqueville, designó al comercio como la profesión de los iguales.

A medida que el hambre democrática por la igualdad se impone, nos volvemos impacientes con los esfuerzos mercantilistas para limitar la competencia. Dejamos de ver a las personas a través de la lente de las relaciones hereditarias y en su lugar empezamos a verlos desde el punto de vista de las asociaciones libremente contraídas.

Con la sociedad democrática nivelando las viejas jerarquías, hay más margen e incentivo para el cambio. La posibilidad para mí tener un futuro diferente se hace más real. Esto es una bendición para el aumento de la competencia y el espíritu empresarial.

Pero mientras que estas características de la democracia pueden complementar e incluso acelerar el aumento de la libertad económica y la prosperidad, Tocqueville sostuvo que la sociedad democrática también encarna el aumento de la intolerancia por diversas desigualdades típicas de las economías de mercado.

Las personas que viven en una democracia, Tocqueville señaló, no pueden evadir su énfasis en la igualdad. Como resultado de ello, las mismas personas no pueden dejar de ver que todavía no son iguales en muchos aspectos. Algunas personas, reconocemos, son más inteligentes, poseen mayor poder y son más ricos que nosotros. Y a muchos de nosotros no nos gusta eso.

La creciente conciencia de estos hechos lleva a muchas personas a convertirse en envidiosos. Empezamos a querer algo más que la igualdad ante la ley. En su lugar estamos cada vez más ansiosos por hacer que nuestro mundo se ajuste a la promesa de la democracia de la igualdad de condiciones. El poder del Estado se convierte en el medio para la realización de este fin.

Frente a la desigualdad económica, Tocqueville pensaba que la gente tiene dos opciones en las sociedades democráticas.

La reacción del comerciante americano, observó, no le llevó a ser abrumado por la envidia, sino a tratar de reducir el tamaño de su desigualdad, trabajando para elevarse de nivel y más allá de su competidor.

La segunda opción, más típica de la Francia natal de Tocqueville, era traer los más afortunados o emprendedores a nuestro propio nivel, sobre todo por el cambio de las reglas que rigen la vida económica.

De acuerdo con quizás el más conocedor de Tocqueville hoy en día, el filósofo francés Pierre Manent, la democracia tiende a favorecer a la segunda opción. Las democracias, escribe, gravitan hacia una fascinación con la producción de la igualdad total, porque los sistemas democráticos obligan a todos a relacionarse entre sí a través del medio de la igualdad democrática.

La envidia sigue, porque empezamos a notar —y resentir— todas las diferencias que contradicen esta aspiración a la igualdad de condiciones, en particular las disparidades de riqueza.

En La Democracia en América, Tocqueville describe las formas en que las sociedades democráticas podrían tratar de domar el instinto del empate y las tendencias posteriores a la envidia. Muchas de estas se refieren a restricciones constitucionales del poder del gobierno.

Pero en el largo plazo, Tocqueville parece dudoso de las capacidades de estas estructuras para resistir los impulsos de igualación de la democracia. Las legislaturas, conjeturó, por lo general terminan aceptando lo que desean quienes quieren igualación.

A esto se podría añadir que el grande problema político con la envidia es que es esencialmente implacable por métodos políticos. Incluso si la relación 5 a 1 en el ingreso, antes citada entre los CEO promedio y empleados promedio, ganara aceptación popular, ¿alguien dudaría de que legiones de personas denunciarían esto como fundamentalmente injusto e insistirían en que los gobiernos deben reducir la brecha por todos los medios posibles?

La envidia, esto sugiere, tiene más que ver con la simple existencia de diferencias que con el grado preciso de la disparidad económica.

Al final, Tocqueville pensaba que las fuerzas que disminuyen a la envidia tuvieron que venir de fuera de la esfera política.

La religión, señaló, tuvo un poderoso efecto moderador sobre el anhelo democrático de la igualdad en América. Después de todo, el judaísmo y el cristianismo ponen a la envidia de aquellos que poseen lo que uno quiere, como una violación de los Diez Mandamientos.

Desafortunadamente hoy en día, ensordece el silencio de los líderes religiosos acerca de la envidia. Y eso es una pena, porque tal vez el antídoto más eficaz de la envidia es un recordatorio constante de lo que ella produce en nosotros como seres humanos.

Ninguna descripción de los efectos de la envidia, sugeriría, supera a la del retrato de la diosa Invidia, la personificación de la envidia, escrita por el poeta romano Ovidio en su obra más importante, La Metamorfosis:

“La palidez en su rostro se asienta, delgadez en todo el cuerpo, a ninguna parte recta su mirada, lívidos están de orín sus dientes, sus pechos de hiel verdecen, su lengua está inundada de veneno. Risa no tiene, salvo la que movieron vistos los dolores, y no disfruta de sueño, despierta por las vigilativas angustias, sino que ve los ingratos –y se consume al verlos– éxitos de los hombres, y corroe y corróese a una, y su suplicio el suyo es”.

Eso es lo que pasa con la envidia. Porque todo el resentimiento dirigido externamente, no puede sino torturarnos y nosotros y destruir a la sociedad desde dentro.

En un mundo así, todos pierden.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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