El problema es sencillo de exponer: ¿Por qué no existen pruebas contundentes y separador.001absolutas de que Dios existe? Esas que satisfagan todos.

Es razonable preguntarlo —después de todo, si Dios existe y es ese ser todopoderoso que se dice, deberíamos poder probar su existencia con total certeza, o casi. Incluso más, ¿por qué Dios no se muestra a todos, de una vez por todas, diciendo ‘existo’?

No es una pregunta inútil, todo lo contrario.

Si es que Dios existe y pudiera confirmarse sin duda alguna, eso cambiaría la vida de todos —un cambio como jamás se ha visto en la historia. Sin embargo, resulta que no ha sucedido tal cosa, que se vive bajo la incertidumbre de su existencia.

Esta realidad de la falta de certeza al respecto, ha sido empleada como argumento en contra de la existencia de Dios —con un razonamiento aceptado: si Dios realmente existiera se habría manifestado ya, de manera irrefutable, persuadiendo a todos de su existencia.

¿Sirve ese razonamiento? No creo, al menos en la perspectiva Cristiana.

Un cristiano respondería sin dificultad: Dios ya se ha manifestado claramente, hace unos 2,000 años, en Jesucristo. Dios tomó forma humana y dejó testimonios claros, comprensibles para todos.

Para el cristiano, es decir, preguntarle por qué no nos ha hablado Dios diciendo que existe, es una interrogante ya contestada en el Nuevo Testamento —y apoyada en las profecías del Antiguo.

Aún así, la pregunta se mantiene, o mejor dicho, se conservan las dudas, lo que no es sorpresa.

Incluso en los tiempos de Jesús, no todos le creyeron. En todas partes, en todo tiempo, no todos han creído en Él. Por consiguiente, la pregunta se refina algo más.

¿Por qué Dios no se muestra a todos esos incrédulos y les demuestra que existe? Esta es una pregunta mejor planteada.

En realidad no se sabe si lo ha hecho, pues se trataría de una experiencia personal —no se tiene certeza de que Dios no haya intentado hablar con Voltaire, por ejemplo, y el filósofo no se haya dado cuenta, o lo haya ignorado. O puede ser que las pruebas filosóficas sobre la existencia de Dios no hayan dado el resultado deseado.

Esas pruebas son populares entre los ya creyentes —los que en realidad no las necesitan mucho. Con o sin esas pruebas, ellos seguirían creyendo, no así los no creyentes.

Entre esos dos grupos, hay un tercero, quizá importante: esos para quienes el tema carece de interés. No alcanzan a ver las consecuencias de su postura, cosa que sí le sucede al ateo y al creyente.

Podría este tema enfrentarse desde otra postura —una no muy conocida, la de afirmar que la revelación es por necesidad un proceso gradual y personal.

Ninguna persona podría enfrentar a la Verdad de golpe en un momento —ni siquiera los más santos y creyentes. Si acaso Dios se manifestará de golpe a un no creyente, me imagino que éste permanecería escéptico argumentando a su manera.

Por supuesto, hay otras consideraciones. Mi propósito al examinar esta cuestión es intentar colocarla de nuevo como un tema importante —el más importante que enfrenta el ser humano, la existencia de Dios.

No hay asunto de mayor trascendencia en la vida humana.

Al final, quiero apuntar que al dejar de tratar temas de verdadera trascendencia, las personas pierden su tiempo en temas que a poco o nada llevan —es una lástima.

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