Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Festejo Por Contagio
Eduardo García Gaspar
2 octubre 2014
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


Causa cierta pena. Incluso vergüenza. Necesita explicaciones y hasta excusas. androjo

Es el caso del orgullo de pertenencia.

Es el sentirse bien por algo que hizo otro, cuando el otro es del mismo grupo de uno.

Aclaremos esto porque, me parece, bien vale una segunda opinión.

Un ejemplo lo aclara. Digamos que una mujer llega a una posición alta, la que sea, como, por ejemplo, presidente de un país. La primera que lo hace.

De seguro se comentará algo como “eso es un triunfo de todas las mujeres”. Y, sin duda, habrá mujeres que se sientan mayor autoestima por eso.

Otra instancia: el triunfo de una selección de futbol, la que sea y que se enmarca como “un triunfo de todos los habitantes de esa nación”. Y algunos de esos habitantes salen a la calle gritando y festejando hasta el extremo.

Debo confesar que no lo comprendo. No entiendo la razón por la que una mujer deba sentir alguna sensación de autoestima por el triunfo de otra con la que no tiene la menor relación.

Recuerdo a una mexicana que dijo sentirse “realizada como mujer” por el triunfo de Michelle Bachelet y Dilma Rousseff.

Ni siquiera las conoce. Jamás ha trabajado con ellas, ni hecho nada que las ayudara a llegar a ser presidentes.

Lo mismo que quien grita victoria en la calle cuando triunfa su selección de futbol. Nada ha hecho él por lograr ese triunfo, ni siquiera ha hablado con sus jugadores.

A lo que me refiero es a una especie de síndrome de sensación personal por el que una persona siente satisfacción o felicidad por el hecho de que alguien perteneciente a su mismo grupo percibido ha tenido un triunfo con el que nada tiene que ver.

Una persona, por ejemplo, un indígena oaxaqueño, que siente ser parte de ese grupo étnico, siente deleite por el hecho de que otro miembro de ese mismo grupo llega a presidente del país.

Y entre ellos no hay relación alguna. Esto es lo que, siento pena confesarlo, no llego a comprender.

Entiendo el mérito de un indígena para esforzarse y llegar a una posición notable y aplaudo ese mérito. Pero me vería imposibilitado de sentir places por ello en caso de pertenecer a su mismo grupo étnico. Después de todo nada tengo que ver con él.

Un caso que me pareció llamativo fue el de Rodolfo Neri Vela, el primer astronauta mexicano. El hombre tiene un doctorado en ingeniería y me imagino que fue por sus méritos que fue al espacio. Bien por él y me alegra.

Pero no puedo entender que eso haya sido un “triunfo y un honor para el país”.

Como mexicano, la hazaña de Neri Vela me es irrelevante. Como ser humano, me alegra ver a él y gente como él que ha tenido logros importantes.

Lo que no alcanzo a comprender es la sensación de satisfacción que produce el triunfo de alguien porque ese alguien pertenece al mismo grupo que yo. Los logros de otros alegran y son admirables en sí mismos, personalmente, con independencia de los grupos a los que se pertenece.

Otro caso, el de Obama, que se enmarcó parcialmente como una causa de satisfacción para el resto de la comunidad negra. Podrá ser admirable llegar a ser presidente de EEUU para cualquiera, pero si yo fuera negro en Chicago no llegaría a comprender que eso me haga sentir satisfacción por ese motivo.

Tratando de entender esto, quizá puede explicarse por una mentalidad diferente.

Una de ellas tiene una visión personalizada, individualista, que pone su atención en los méritos de cada persona con independencia de otras variables. Si alguien triunfa qué bueno, sus méritos se lo han permitido. En esta visión es injustificada la satisfacción derivada de la pertenencia grupal.

En la otra visión, los triunfos se vuelven colectivos, masivos. El triunfo de un miembro del grupo general se interpreta como un triunfo de todo el resto, aunque nada hayan tenido que ver. Es un festejo por contagio grupal.

Son comprensibles las satisfacciones derivadas de triunfos de favoritos, como cuando gana una competencia el equipo preferido de uno, o el candidato por quien se tienen simpatías. Pero es otra cosa llegar al extremo de sentir como triunfo personal el de otro por causa de pertenencia grupal.

El caso más claro que se me ocurre es el de las mujeres, en el que suele explicarse el triunfo de una de ellas como una victoria de todas ellas.

Este es el festejo por contagio al que me refiero: será difícil explicar qué victoria personal tiene alguna otra mujer que jamás ha visto a la que ha logrado ese triunfo notable.

Un caso me parece llamativo, el de Condoleezza Rice secretaria de Estado de los Estados Unidos de 2005 a 2009. Me imaginaba que su nombramiento sería festejado doblemente, por ser mujer y de raza negra, lo que no sucedió. Una excepción llamativa.

En resumen, creo que merece la pena llamar la atención sobre este fenómeno curioso de nuestros tiempos, el del festejo por contagio del mismo grupo. Quizá deba yo ahora sentir satisfacción por el logro que haya tenido algún bebedor de cerveza, como A. Lincoln, E. Allan Poe, o algún otro.

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