Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Fin y Límites de la Ley
Eduardo García Gaspar
6 mayo 2014
Sección: LEYES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hacer preguntas es el principio. El inicio de un sinfín de molestias.androjo

También el comienzo de enemistades. Pero, sobre todo, el arranque del conocimiento.

Una buena manera de hacerlo es preguntar por qué.

Un ejemplo simple: por qué existen las leyes, cuál es su misión y propósito. Algo que suele tener respuesta más sencilla cuándo se invierte la pregunta: cuál no debe ser el propósito de la ley.

Esto suele ayudar y mucho.

Es obvio que el propósito de la ley no debe ser oprimir a las personas, ni retirarles libertades, ni robarles sus propiedades, ni lastimarlas, ni abusar de ellas. Hacer cosas como ésas no es la razón de ser de la ley. No pueden serlo. Sería absurdo.

Si la ley tiene esos límites de lo que no debe hacer, ahora es más fácil responder a lo que sí es el propósito de la ley.

No es oprimir, sino proteger; no es someter, sino defender libertad; no es robar propiedad, sino defenderla; no es lastimar, sino escudar; no es abusar, sino resguardar.

Todo esto puede ser resumido en una idea sencilla. La ley tiene como propósito proteger a la persona y sus propiedades de ataques que pueden venir de otros. El caso más obvio es el del robo, al que la ley castiga, ahora sí, privando de su libertad al ladrón.

Ese propósito de la ley es muy útil porque tiene otra función, la de establecer sus propios límites. Que la ley vaya más allá de ese propósito nos crearía problemas.

El economista francés, F. Bastiat (1801-1850), en su libro, La Ley, tiene un párrafo sobre este tema:

“Si excedes este límite propio —si intentas hacer a la ley religiosa, fraternal, ecualizadora, alimenticia, industrial, literaria, o artística—, estarás entonces en territorio desconocido, en vaguedad e incertidumbre, en multitud de utopías, cada una de ellas intentado hacerse de la ley e imponerse sobre ti. Esto es cierto porque la fraternidad y la filantropía, no la justicia, carecen de límites precisos”.

La tentación de usar a la ley yendo más allá de sus límites es la más fuerte que enfrenta el gobernante. La ley se implanta por la fuerza y la fuerza es la adicción política.

Imagine lo que hay en la mente del gobernante cuando piensa que emitiendo una ley también se dará el poder para hacerla obedecer.

Esta posibilidad podrá cegar su mente y hacerle pensar en la posibilidad de usar a la ley más allá de su propósito central. Será muy difícil resistir la tentación de usar a la ley con otras motivaciones, como las que mencionó Bastiat: religiosa, fraternal, ecualizadora, alimenticia, industrial, literaria, o artística.

Si el gobernante, entonces, tiene sueños de mejorar a la sociedad haciendo otras cosas más allá de la protección de personas y sus propiedades, entraría en esa zona de vaguedades e imprecisiones, que conduce a la implantación por la fuerza legal de la utopía que el gobernante favorezca.

Podría ser la soñadora sociedad comunista de Marx, la pesadilla nazi, el socialismo de siglo 21, el socialismo cubano, las ensoñaciones de Pol Pot, o lo que en mente tengan los gobernantes (imagine a Correa en Ecuador, al ahora vitalicio Ortega en Nicaragua, a Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, Putin en Rusia).

Todo empezó, recuerde usted, con la pregunta de para qué existen leyes. Profundizando siquiera un poco, pudimos llegar a una explicación razonable de la tentación real que tiene el gobernante para rebasar los límites de la ley usándola para imponer sus ideas, las que sean.

Todos tenemos buenas intenciones, queremos vivir en sociedades mejores y prósperas. No es malo, al contrario. Pero entraremos en problemas cuando la ley se use para cosas más allá de la protección de la persona y sus bienes.

No son consideraciones alejadas de la realidad. En 2006, fue reportado que no estaba claro cuántas regulaciones existían en la Unión Europea. Y que en promedio se emitían 10 regulaciones diarias, los 7 días de la semana.

El exceso de leyes, en sí mismo, frena a la sociedad con juicios, demandas y aclaraciones; crea desprecio por la ley, fomenta la corrupción, da demasiado poder al gobernante, crea confusión, eleva costos de productos. Algo apuntado hace mucho por Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648).

Podría todo lo anterior parecer obvio, pero en tiempos de tanta televisión y tan poco seso, recordar lo obvio es un deber. O como escribió George Orwell,

En nuestra época no hay tal cosa como “mantenerse fuera de la política”. Todos los temas son temas políticos, y la política en sí es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia.

Post Scriptum

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