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Francisco y la Pobreza
Selección de ContraPeso.info
9 enero 2014
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos a Instituro Acton Argentina el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Pope Francis and Poverty.

Aquí se presenta sólo la parte que trata de los aspectos económicos y que han provocado cierta controversia. El texto completo puede encontrarse en El Papa Francisco y la Pobreza.

Si hay alguien que en el mundo actual encarna la alegría del Evangelio Cristiano es Jorge Mario Bergoglio. Y la alegría manifestada por abrazar y vivir la verdadera fe en Cristo y Su Iglesia (en lugar del vacuo sentimentalismo que suele confundirse con el amor actualmente) impregna desde el inicio hasta el fin la nueva –y un tanto larga– “exhortación apostólica” del Papa Francisco, Evangelii Gaudium.

Al leer el texto uno puede experimentar en un sentido profundo el efecto transformador para la vida que debería ser la fe en Cristo.

Evangelii Gaudium es en muchos sentidos un documento hermoso.

[…]

Mi propósito, sin embargo, es centrarme en algunas de las muchas reflexiones sobre temas económicos que se vierten a lo largo de Evangelii Gaudium y que son, me temo, muy difíciles de defender.

En algunos casos, ellas reflejan argumentos tipo [falacia] muñeco de paja (straw-man) sobre la economía que uno encuentra con demasiada frecuencia en algunos círculos católicos, especialmente en Europa Occidental pero también en América Latina.

• Destaca, entre ellos, la condena del Papa a la “autonomía absoluta de los mercados” (202). Esto, cree él firmemente, se encuentra a la raíz de muchos de nuestros problemas contemporáneos, especialmente porque sirve para racionalizar la falta de interés por ayudar a los necesitados.

No obstante, si seguimos la enseñanza de Evangelii Gaudium (231-233) de mirar a las realidades del mundo de hoy, nos daremos cuenta rápidamente de que no hay ningún país en donde los mercados operen con “absoluta autonomía”.

En la mayoría de los países de Europa Occidental, por ejemplo, los gobiernos controlan de modo rutinario un promedio de aproximadamente el 40% del PBI nacional. En muchos países en vías de desarrollo este porcentaje es incluso mayor.

¿Cuánto más de la economía queremos terminar depositando directamente en las manos del Estado? ¿No existe un límite mayor? En la correspondencia privada que mantuvo con el economista británico-australiano, Colin Clark, por ejemplo, incluso el mismo John Maynard Keynes sugirió la figura del “25% (del PBI) como la proporción máxima tolerable de tributación que puede ser considerada como muy próxima a la verdad”.

• Tampoco parece haber en la Evangelii Gaudium conciencia de lo reguladas que se encuentran la mayoría de las economías del mundo. Las leyes y regulaciones que se aplican, por ejemplo, a la vida económica en los Estados Unidos y en Europa Occidental se están rápidamente aproximando al límite de lo mensurable.

La situación en los países en desarrollo no es mucho mejor. Tan extenso es el alcance y la magnitud de la regulación que, como he señalado en otro sitio, está creando ahora genuinos problemas jurídicos en muchos países.

El volumen de la regulación que afecta a las economías occidentales desarrolladas es ahora tan grande que incluso buenos jueces sin ningún interés por el activismo judicial están emitiendo resoluciones ad hoc de naturaleza arbitraria.

• Otra reflexión presente en Evangelii Gaudium y que merece escrutinio es la afirmación de que ciertas ideologías niegan “el derecho de control de los estados, encargados de velar por el bien común” (56).

Sin embargo, fuera del minúsculo mundo de los anarco-capitalistas (que tienen influencia nula en las políticas públicas), esta no es la postura de quienes están a favor del libre mercado en la actualidad (por no mencionar a los defensores del pasado como Adam Smith).

Una cosa es ser escéptico respecto de la eficacia de las distintas formas de intervención gubernamental en la economía y otra muy distinta rechazar cualquier tipo de regulación.

• Junto a estos comentarios encontramos la crítica de Francisco a aquellos que “todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo”.

Esta opinión, agrega el Papa, “que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante” (54).

De manera más general, el Papa señala que “ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado” (204).

Hay varios problemas con este tipo de razonamiento. En primer lugar, la apertura de los mercados en todo el mundo de hecho ha ayudado a reducir la pobreza en muchas naciones en vías de desarrollo.

El este asiático es un testimonio vivo de esta realidad –un testimonio frecuentemente olvidado por muchos católicos de Europa occidental (quienes más bien tienden a quejarse, de un modo bastante autoreferencial, de la competencia que ello crea para las protegidas corporaciones europeas y otros destinatarios del bienestar corporativo) y una realidad respecto de la que muchos católicos de América Latina no tienen directamente nada que decir.

En segundo lugar, la idea de que la libertad económica y el libre comercio sirven de por sí para reducir la pobreza nunca ha sido un argumento empleado por la mayoría de quienes están a favor del mercado.

Es cierto que se trata de elementos imprescindibles (nótese el fracaso de las economías de planificación central en solucionar el problema de la escasez), pero no resultan suficiente.

Entre otras cosas, se necesitan gobiernos estables que provean la infraestructura necesaria, acuerdos de propiedad transparentes que permitan identificar claramente quién se dueño de qué y, sobre todo, el Estado de Derecho (rule of law) son igualmente esenciales.

Ni hace falta decir que el Estado de Derecho (no mencionado ni siquiera una vez en la Evangelii Gaudium) es, por decirlo suavemente, un “desafío” para la mayoría de los países en desarrollo.

La ausencia de un Estado de Derecho no sólo se ubica entre los más grandes obstáculos para la capacidad que estos países tengan de generar bienestar sobre una base sustentable, sino que también daña la capacidad de estos países de abordar los problemas económicos de una manera que atienda a criterios de justicia.

Lo que uno encuentra, en cambio, es el capitalismo prebendario, un proteccionismo rampante y la corrupción que se ha convertido en un modo de vida en África y Sudamérica.

Lejos de insistir en que la mano invisible (metáfora introducida por A. Smith que merece una discusión aparte) es suficiente, muchos intelectuales que están a favor del libre mercado han subrayado durante varias décadas la importancia vital de los valores y las instituciones en la explicación de las causas del crecimiento y del fracaso económico.

Premios Nobel de economía, como Edmund Phelps y Douglas North han profundizado nuestro conocimiento acerca de cómo los valores, las expectativas, las creencias, las reglas y los protocolos informales que definen una cultura económica determinada sirven para determinar

(1) si un país puede romper las cadenas de la pobreza, o

(2) si pasa de una situación de riqueza y bienestar a una declinación aparentemente perpetua (el país natal del Papa Francisco, la Argentina exhibe la nota más alta en este tipo de decadencia), o

(3) si simplemente entra en un estado de prolongado estancamiento, como es el caso de Japón durante los 90 y la primera década del siglo 21, o una gran parte de Europa Occidental en la actualidad.

• Por último, se aborda el tema de la redistribución. En muchos lugares el Papa Francisco hace un llamado a una distribución más equitativa de los recursos tanto en el seno mismo de una sociedad como entre sociedades diversas.

En este sentido, por ejemplo, cita a los obispos de Brasil para señalar que el hambre se debe a la mala distribución de los bienes y de la renta (191).

Por supuesto, el catolicismo ha puesto el acento, desde el principio, en que la propiedad privada no es algo absoluto. También ha afirmado desde siempre que el estado tiene un papel que cumplir en asegurar una distribución más justa de la riqueza.

A esto, Francisco añade que algunas personas en la actualidad encuentran cualquier mención a la distribución de los bienes como algo “molesto” (203).

Personalmente, no creo que las discusiones sobre la distribución de la riqueza sean molestas en absoluto. Los católicos, otras confesiones cristianas, y otras personas de buena voluntad deberían, desde mi punto de vista, introducirse con entusiasmo en este tipo de debates.

Porque es justamente a través de este tipo de conversaciones que se puede señalar que –tal como Evangelii Gaudium parece, desgraciadamente, no tener en cuenta– que muchos métodos para paliar la pobreza que requieren apelar a la redistribución (como la ayuda extranjera, por ejemplo) están cada vez más desacreditados.

Como el economista e historiador de la Reserva Federal Allan Meltzer ha dicho, una de las lecciones económicas del siglo 20 es que la “transferencia, la ayuda y la redistribución hicieron muy poco por mejorar las condiciones de vida en Asia, Latinoamérica y África”.

En otras palabras, las políticas actualmente en uso de redistribución de la riqueza que frecuentemente son tenidas como mecanismos indispensables para combatir la pobreza han fracasado en el intento de lograr sus objetivos.

Por lo tanto, a todos los católicos corresponde, si en verdad queremos comprometernos en una conversación seria acerca de la riqueza y la pobreza en el mundo moderno, preguntarnos por qué estas estrategias han fallado.

Mis comentarios críticos de ninguna manera pretenden implicar que todas las observaciones del Santo Padre acerca de la vida económica son ingenuas o están simplemente equivocadas.

Como sucede frecuentemente, hay muchas cosas que sonarán conocidas a quienes están a favor de la libre empresa y libre mercado. El Papa señala, por ejemplo, que los planes de asistencia deberían ser “respuestas pasajeras” (202) y advierte contra el “mero asistencialismo” (204).

Evangelii Gaudium ensalza el trabajo “libre” y “creativo” (192). Francisco también afirma que la empresarialidad “es una noble vocación” que sirve “verdaderamente al bien común, con su esfuerzo por multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes del mundo” (203).

Del mismo modo, el Papa advierte con toda razón, por ejemplo, de la tendencia presente incluso en muchos cristianos de sumergirse en una cultura de la prosperidad, tomándola como un fin en sí misma.

En su propio estilo de vida, el Papa Francisco es desde hace mucho tiempo una crítica viviente del modo de vida de aquellos que piensan que la salvación se encuentra en la posesión, uso y acumulación de bienes materiales.

Igualmente importante es en Evangelii Gaudium la referencia al modo en que “la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real” (56).

Por estas razones, y algunas otras observaciones, resulta difícil luego de leer Evangelii Gaudium no quedarse con una sensación de que demasiados conceptos del pensamiento económico han sido asumidos de modo no muy cuidadoso y han quedado plasmados en el documento.

De hecho, hacia el final de la parte del documento en donde se ofrecen las observaciones de índole económica más directas, el Papa parece darse cuenta de que sus ideas acerca de la pobreza y la economía podrían generar ciertas críticas: “Si alguien se siente ofendido por mis palabras”, afirma Francisco “le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política” (208).

Al contrario, Francisco señala que su preocupación consiste en que las personas no sucumban al tipo de individualismo cerrado sobre sí mismo que genera injusticia y, en última instancia, mata el alma.

Por mi parte, no me ofendo por los comentarios de la Evangelii Gaudium sobre la pobreza y la economía.

De hecho, admiro la determinación de Francisco por no perder de vista la miseria material en la que siguen viviendo demasiadas personas en la actualidad. Sus palabras son además un poderoso recordatorio de que el mandamiento de Cristo de amar a los pobres es algo que resulta no negociable para cualquier cristiano que se precie de serlo.

Sin embargo, como el mismo Francisco escribe, “la idea desconectada de la realidad origina idealismos” (232). Y es justamente una mejor atención a las realidades concretas de la vida económica lo que está ausente en el análisis de la riqueza y la pobreza que ofrece la Evangelii Gaudium.

Si en verdad queremos que “la dignidad de cada persona humana y el bien común” sean algo más que un “mero apéndice” en la búsqueda del “verdadero desarrollo integral” (203), entonces, una aproximación más rigurosa a la parte económica de la verdad que nos hace libres puede ser un buen punto de partida.

Todo el mundo se beneficiaría de esto –no menos justamente aquellos que sufren la pobreza.

Nota del Editor

La traducción del artículo original Pope Francis and Poverty publicado por National Review, el 26 de noviembre de 2013 es de Mario Šilar del Instituto Acton Argentina para el Acton Institute.

Otro comentario recomendable sobre el tema es El Papa Francisco y Los Economistas.

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