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Gratificación y Civilización
Selección de ContraPeso.info
7 enero 2014
Sección: Sección: Asuntos, SOCIEDAD
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ContraPeso.info presenta una idea de Jordan Ballor. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. La columna fue publicada el 24 de diciembre de 2013.

Esta mañana de Navidad a millones de niños de todo el mundo, con ansiosa anticipación, correrán a la planta baja para abrir los regalos. Algunas veces los padres inteligentes esperarán hasta la víspera de Navidad para poner los regalos bajo el árbol, mientras la curiosidad a menudo muestra lo mejor de los niños en los días previos a la mañana de Navidad.

Pero incluso sin los regalos físicos bajo el árbol, como un recordatorio visual constante de la alegría inminente de abrirlos, las mentes de los niños a menudo se preocupan por el prospecto de los juguetes y los juegos en las semanas previas a la Navidad.

Los deseos de los niños de una gratificación inmediata tienen algo que enseñarnos acerca de la madurez y el crecimiento, tanto a los individuos como a las civilizaciones. Piense lo que podría ser similar una sociedad organizada en torno a la satisfacción inmediata. Sería francamente salvaje.

Los seres humanos podrían rendirse ante sus más viles necesidades físicas y materiales de un momento al siguiente. La violencia sería endémica. Un mundo que eleve a la satisfacción inmediata como el bien supremo, se asemejaría mucho a un estado de naturaleza hobbesiano, en el que la vida es desagradable, brutal y corta. Los placeres que se tienen en una existencia tan efímera serían los de mero hedonismo: comer, beber, y pasarla bien. Como el apóstol Pablo dice, “su dios es su vientre” (Filipenses 3:19).

De hecho, existe una estrecha conexión entre la demora en la gratificación y la civilización. Bean, el personaje de la novela de Scott Orson Card Ender’s Shadow lo resume muy bien: “¿No es eso lo que significa ser civilizado? ¿Que puedes esperar para conseguir lo que quieres?”

Lester Dekoster da información importante sobre este concepto en su estudio de la naturaleza del trabajo en la perspectiva cristiana. En el relato de Dekoster, aquellos de nosotros en el mundo civilizado vamos a trabajar todos los días para crear cosas que nosotros mismos no vamos a consumir, con el fin de contribuir a través de nuestro trabajo a la red de relaciones sociales que llamamos sociedad.

Trabajamos para crear bienes y prestar servicios a los demás, retrasando nuestras propias satisfacciones para hacerlo. Recibimos ingresos como una muestra de nuestras contribuciones a la civilización, en representación de nuestros propios derechos sobre los bienes y servicios de terceros.

Dekoster lo expresa así: “Nuestro trabajo nos pone al servicio de los demás, la civilización que el trabajo crea pone a los demás al servicio de nosotros mismos”.

Este es un punto clave: nuestra propia satisfacción civilizada nos orienta hacia el servicio a los demás, lo que retrasa el cumplimiento de nuestros deseos hasta que los de los demás se han alcanzado. En un mundo civilizado, sólo podemos servirnos a nosotros mismos sirviendo a otros.

Este principio de la demora de la gratificación, o de lo que también podría llamarse ascetismo o la negación de sí mismo, es de hecho la base de la civilización, a diferencia de una sociedad salvaje. Esta es la razón por la que pensadores como Lord Acton y Edmund Burke han relacionado la moderación de nuestros apetitos con una vida social floreciente.

Como escribió Acton, “el instinto de conservación y abnegación” forman las bases gemelas “de toda la economía política.” Del mismo modo, observó Burke, “La sociedad no puede existir a menos que un poder de control de la voluntad y del apetito se coloque en algún lugar, y cuando menos de ello tenga, más le faltará”.

Los niños en la mañana de Navidad en la mayoría de los casos no han madurado ni están civilizados en la medida en la que puedan contener sus propios apetitos. Los padres deben actuar como la influencia civilizadora. Por ello, el peligro del materialismo consumista es tan significativo, tanto espiritual como socialmente. Cuando los adultos no tienen autocontrol, ¿cómo pueden los hijos ser correctamente civilizados?

Cada vez más nuestro mundo desarrollado se rige más por el principio de la gratificación instantánea en lugar de la rezagada. El predominio de la gratificación instantánea, y la correspondiente caída en la barbarie, se observa con mayor intensidad en nuestros hábitos de consumo.

Como Irwin M. Stelzer caracterizó recientemente el estado actual de las cosas en las ventas minoristas, “Cualquiera que intente sobrevivir en ese alboroto tiene que entregar una gratificación instantánea, con envío gratuito, a precios que reflejan márgenes de beneficio cada vez más pequeños”.

Una sociedad que siembra la gratificación de sus deseos materiales en todas partes y siempre, sin limitaciones de reposo o sabáticas, recolectará una cosecha de sensualismo salvaje.

El apóstol Pedro advierte acerca del seguir la “sensualidad” o la “conducta depravada” de los falsos maestros (2 Pedro 2:02). Esta sensualidad se conecta con “la codicia” (v. 3), y es una orientación que conduce a la destrucción, tanto de los individuos como de las sociedades.

Lejos de negar o subvalorar la vida social, entonces, la advertencia de Jesús de que “la vida no consiste en la abundancia de bienes poseídos” (Lucas 12:15), en realidad constituye la base de la civilización.

A causa de esto, la civilización surge de la ordenación adecuada de nuestros deseos. Esto no significa negar las cosas buenas que Dios ha provisto para nosotros, incluyendo nuestros bienes materiales, ni absolutizar las demandas de nuestros apetitos corporales.

Desde la perspectiva cristiana, como Agustín lo expresó en sus reflexiones sobre la civilización divina, nuestros bienes terrenales deben orientarse correctamente a Dios, el bien supremo: “Porque el hombre ha sido hecho de modo que es para su bien el estar sometido a Dios, y perjudicial para él actuar de acuerdo con su propia “voluntad en lugar de la de su Creador”.

Quizá no haya mejor ejemplo de este contraste entre la gratificación terrenal y la celestial que el tiempo de Adviento, cuando esperamos en ansiosa anticipación el nacimiento de nuestro Salvador, Jesucristo.

Vemos una forma celestial de espera en el cuadro de la demora de la gratificación en el caso de Simeón, un hombre que era “justo y piadoso, esperando la consolación de Israel, y el Espíritu Santo era sobre él” (Lucas 2:25) De la misma manera Lucas dice de la profetisa Ana, que en la presentación del Niño Jesús en el templo, “comenzó a dar gracias a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (2:38).

La mañana de Navidad es una oportunidad perfecta para reflexionar sobre qué deseos buscamos satisfacer, qué es lo que esperamos en ansiosa anticipación. Es una oportunidad maravillosa, en medio del papel de envolver y los regalos, para entender con real significado el verdadero regalo que todos los otros regalos tan sólo reflejan de manera limitada: el nacimiento de Jesucristo.

¡Feliz Navidad!

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