Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Igualdad Sin Dios
Eduardo García Gaspar
17 diciembre 2014
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La idea fue revolucionaria. Revolucionaria en ese sentido profundo y real que cambia androjotodo.

En el sentido de cosas que suceden unas pocas veces en toda la historia.

Algo que todo lo altera, que todo lo modifica. Me refiero a la igualdad.

Quien piense dentro de las limitaciones temporales de estos tiempos quizá no alcance a ver que esa idea era absolutamente ajena a la mente humana.

Hace unos siglos nos hubieran visto como locos si propusiéramos que las personas son todas iguales. pero algo sucedió e hizo que las cosas cambiaran en su mismo fondo.

La idea fue introducida por el Cristianismo de una manera muy simple: todos somos hijos de Dios, todos somos su creación y estamos hechos a su imagen y semejanza. Poco a poco, la idea produjo consecuencias que fueron obvias, como la noción de derechos humanos, la de igualdad ante la ley, la prohibición de la esclavitud…

Sea usted o no religioso, la realidad es esa. Igualdad fue entendida sencillamente: somos iguales ante Dios, el Creador.

Este gran principio se llevó a leyes y a la cultura misma, produciendo efectos como la exaltación de la libertad y el rechazo al autoritarismo. Un proceso gradual en los mismos cimientos del pensamiento.

La igualdad ante Dios hacía a las personas tener la misma dignidad, el mismo valor. No significó ser iguales, sino valer lo mismo.

Después de todo, era obvio que las personas eran diferentes en gustos, habilidades, opiniones, inclinaciones, talentos. La igualdad ante Dios permitía esa sutileza de pensamiento: personas diferentes que son igualmente dignas.

Pero sucedió algo importante. Uno de los elementos de esa frase fue desvaneciéndose. La igualdad ante Dios eliminó a su último elemento en un proceso de laicismo creciente.

Nos quedamos con “igualdad” pero sin “Dios” y eso produjo una confusión significativa. ¿Qué hacer solo con “igualdad”?

Y fue así que surgió una idea de igualdad que poco o nada tiene que ver con la original de la civilización cristiana. La igualdad fue ampliada obsesivamente hasta convertirse en uniformidad: ser idénticos fue la nueva interpretación de la igualdad sin Dios.

Ya no hubo cabida para la sutileza de igualdad entre personas diferentes.

Ahora la igualdad es literal incluso extrema frente al agente de máxima autoridad, el gobierno. No es casualidad que esto sea una tarea asumida por el gobernante. La mutación es notable, gobernar es ser un agente igualador.

Y es así que surge una nueva idea de la igualdad, la de igualdad de resultados. Sin Dios, los resultados son solo materiales: todos deben vivir igual, con el mismo estándar. Son las personas ahora como corredores en un maratón cuya regla única es llegar todos al mismo tiempo a la meta.

Las diferencias personales, la diversidad de talentos y habilidades ya no importan. Como tampoco la idea de la responsabilidad propia que bajo la igualdad original daba a la persona el gusto de sus logros individuales y la pena de sus fracasos. Sin responsabilidad se aísla a la libertad de su freno natural y ella se convierte en libertinaje.

Mutado en agente igualador, el gobierno crece en responsabilidades y tamaño. Necesita más personal y más fondos para realizar su tarea de igualar y retirar responsabilidades personales. Retirarlas es una de las formas que permiten igualar materialmente. El derrochador y el austero deben vivir igual.

Insisto en la turbulencia mental que produjo tanto desbarajuste.

En su concepción original, la igualdad era comprensible y clara cuando se entendía frente a Dios, lo que no significaba uniformidad, sino dignidad igual.

Quitando a Dios de esa concepción, el enredo dejó sola a la igualdad como una huérfana que no podía entenderse cabalmente.

Y ella se transformó en lo obvio. Sin la dimensión sobrenatural solo quedaba la faceta material: todos deben ser iguales y la desigualdad es el peor de los desperfectos sociales. La síndrome se ilustra brillantemente:

“En México, como en el resto de América Latina, el principal problema no es la pobreza, sino la desigualdad, afirmó el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), José Narro Robles”. jornada.unam.mx

La sociedad perfecta, el paraíso terrenal, está en la igualdad sin importar ya atender a la pobreza. Esto es a lo que me refiero que sucede cuando se retira a Dios de la frase “igualdad ante Dios”. La desorientación es colosal.

Post Scriptum

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