Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Intercambios, Utilidades
Eduardo García Gaspar
4 noviembre 2014
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Puede ser una pintura o una botella de cerveza. androjo

Un automóvil o un kilo de manzanas. Cosas que tienen valor.

Eso las hace interesantes. Piense en esto.

Alguien hace tiempo pago 250 millones de dólares por una pintura de Cézanne.

Pero hay algo también curioso.

Varios miles pagarán dentro de los próximos minutos algunas decenas de pesos por un paquete de 6 cervezas. Se llaman intercambios y son muy interesantes.

Por ejemplo, un tipo llamado George Embiricos es dueño de esa pintura de Cézanne y quiere venderla.

En realidad, “venderla” es una mala forma de expresar lo que quiere hacer. En el fondo, quiere intercambiar esa pintura por otra cosa, dinero. El paso siguiente es encontrar a alguien que quiera “comprarla”, o mejor dicho intercambiarla su dinero por la pintura. No está mal el asunto.

Es igual que el caso de quien acude a un supermercado y quiere intercambiar su dinero por algunas de las mercancías que hay allí. Las cifras cambian, pero el caso es exactamente igual: personas en busca de hacer intercambios con otros.

En el caso de la pintura, por ejemplo, la familia real de Qatar prefirió tener esa pintura a tener ese dinero en el banco. Y encontró a quien prefería tener ese dinero en el banco que la pintura colgada en su casa.

Los dos ganaron con el intercambio. Es fascinante.

Digo que es fascinante porque nos encontramos con un concepto económico que se llama valor: eso que es nuestro y que estamos dispuestos a dar a cambio de otra cosa que vale más de lo que damos.

Quien compra seis cervezas por 60 pesos valúa en más esas cervezas que los 60 pesos que tiene.

Por eso los intercambia logrando una ganancia. Lo mismo le sucede a quien las vende, que prefiere tener los 60 pesos a seguir siendo dueño de las seis cervezas. Por eso gana también. Así nos encontramos con otra cosa fascinante.

Las dos partes ganaron. Es eso de juegos de suma positiva: ganan todos los que participan en el intercambio. Es un panorama positivo y optimista.

Por ejemplo, todos los que entraron a un supermercado salen de él ganando. Prefirieron tener esas cosas que compraron al dinero con el que pagaron por ellas.

Al supermercado le sucedió lo mismo, pero en el otro sentido: prefirió tener el dinero a seguir siendo dueño de las mercancías que los clientes se llevaron. Esto nos lleva a otra noción económica, el costo de oportunidad: lo que uno deja de poder hacer por causa del intercambio.

Quien compró las seis cervezas por 60 pesos ha tenido un costo de oportunidad: ya no podrá hacer con esa cantidad lo que pudiera haber hecho, por ejemplo, comprar dos kilos de manzanas a 30 pesos el kilo. Renunció a las manzanas al aceptar las cervezas.

Es más renunció a todo lo que podía haber hecho con esos 60 pesos, incluyendo la posibilidad de guardarlos. Eso significa que dio más valor a la cerveza que a cualquier otra posibilidad. Su conducta real mostró su valoración real en ese momento concreto de realizar la compra.

No es un mal sistema. Al contrario, por diseño beneficia a todos los que realizan intercambios. Con cada intercambio, las personas mejoran siquiera un poco en ese momento. Ese beneficio, sin embargo, tiene sus condiciones para que funcione así de bien.

Primero, necesita que exista la propiedad de las cosas, porque solo puede venderse lo que es de uno.

Segundo, necesita que las personas actúen con libertad, es decir, por decisión autónoma dentro de las circunstancias que enfrentan. Y eso nos manda a ciertas precauciones.

Si, por la razón que sea, no existiera la propiedad personal o estuviera limitada, el sistema fallaría. También fallaría cuando las personas tuvieran limitadas sus libertades.

En estos casos no podría haber intercambios y no habría beneficios mutuos. Perdería alguna de las partes o las dos.

¿Es obvio todo esto? Para algunos sí, pero es claro que no lo es para muchos. Algunos ponen toda su atención en una de las partes y se olvidan de la otra.

Por ejemplo, si usted coloca su atención en el supermercado y nada más en él, verá que la tienda recibe dinero, mucho dinero, que sale de los bolsillos del que allí compra.

Y concluirá que es injusto que el supermercado acumule tanto dinero y tenga tantas ganancias. Quizá incluso reclame que eso es injusto y malévolo.

El defecto de ver las cosas así es dejar de haber visto a miles de clientes salir satisfechos de la tienda, con pequeños beneficios dispersos en todos ellos.

Es decir, si en un mercado libre nada más se ven a las empresas grandes con ganancias millonarias y eso es causa de indignación, tal indignación es injustificada.

Debe también verse el beneficio que tuvieron miles de compradores de sus productos.

Y algunos no lo entenderán, pero en un mercado libre las utilidades de una empresa reflejan en buena dosis la existencia de millares de clientes satisfechos con el intercambio que realizaron.

Sí, los 10 mil millones de utilidades de Apple, reportados en abril de 2014 tienen una contrapartida en sus clientes que salieron beneficiados por una cifra dispersa similar.

Post Scriptum

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