Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Diferencia es la Clave
Eduardo García Gaspar
5 agosto 2014
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El mismo problema de casi siempre. La simplificación de opiniones. androjo

El uso de calificativos e insultos. Ambos lados lo padecen.

Quieren ganar la discusión lanzando insultos a la parte contraria.

Sucede cuando, por ejemplo, se habla de homosexualidad.

Quienes la apoyan han acuñado un insulto que lanzan a la otra parte. Les dicen homofóbicos y creen que con eso han ganado la discusión.

La otra parte no es excepción. También lanza insultos a sus contrarios. El efecto neto es una terrible pobreza intelectual y la intervención gubernamental para emitir un juicio moral definitivo o al menos razonable.

La realidad es más compleja, más sutil. Menos simple, menos fácil. Quizá mucho más pueda entenderse haciendo una distinción poco usual, entre conducta y persona. No es demasiado complicado. Comencemos por el principio.

Imaginemos que una persona afirma que ella no puede juzgar al homosexual. Que no tiene los elementos para emitir un juicio sobre esa persona. El caso más famoso de esto fue el del Papa Francisco diciendo, “Si una persona es gay y busca a Dios, y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?” (mexico.cnn.com)

No ha sido el único. Esa postura que rehusa juzgar a las personas es algo muy propio del Cristianismo.

En la epístola de Santiago (4, 12), por ejemplo, dice, “Uno solo es el legislador y juez, que puede salvar o perder. En cambio tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?”

Incluso para los no religiosos el principio resulta razonable. Ninguno de nosotros está realmente capacitado para juzgar al resto (a pesar de que hacerlo es una ocupación de las favoritas).

Aplica no solo a homosexuales, sino a todos los demás, sean quienes sean. Inclusive al marido infiel, al ladrón. A todos.

Simplemente expuesto: ninguno de nosotros tiene la capacidad de juzgar a otra persona. Aquí es donde las cosas se ponen interesantes.

Alguien podría entender esto de manera que se hiciera imposible todo juicio moral o ético. Diría que si no podemos juzgar a otros, entonces no podemos hacer otra cosa que dejarlos actuar como les venga en gana.

No es para tanto. No poder juzgar a la otra persona no hace imposible el tener reglas morales que distinguen a lo bueno de lo malo. No podrá juzgarse a la persona entera, pero sí puede tenerse una buena idea de conductas buenas y conductas malas.

Es la distinción entre la persona misma y los actos que realiza. En la misma epístola (4, 17), se dice, “Aquel, pues, que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado”.

Sutil, pero se entiende la diferencia en el razonamiento cristiano: Dios solo puede juzgar a la persona entera, pero sí es posible saber si un acto es bueno o malo.

La situación por tanto, se resuelve. No podemos juzgar a la persona entera, a toda ella. Sin embargo, sí podemos juzgar una acción, la haga quien la haga, y determinar si ella es buena o mala.

Esto es lo que hace posible, por ejemplo, juzgar y condenar legalmente a un ladrón.

También, entonces, podemos juzgar en abstracto si las acciones homosexuales son buenas o malas, sin que en eso haya un juicio personal. Quienes reprueban la homosexualidad, por tanto, no juzgan al homosexual en sí mismo, sino a sus actos, a los que condenan.

Esta es la razón por la que resulta absurdo acusar de odiar a los homosexuales porque se reprueban sus acciones. Condenar una acción no lleva a la condena integral de la persona, mucho menos a odiarla.

La diferencia es importante, pero suele pasar desapercibida a muchos.

Dicho lo anterior, debe reconocerse que son demasiados los que no comprenden la disimilitud.

Unos suelen lanzar insultos terribles a los homosexuales, mientras los otros devuelven la acusación con otra, la de homofobia, sin ninguno de los dos ser capaces de ver la diferencia entre el juicio a la persona y la evaluación de sus acciones.

El sistema de justicia de un país juzga a las personas por la falta que han cometido, la violación de una ley, como cometer un fraude, o incumplir un contrato, o cometer un asesinato. Juzga los actos y los castiga. No son juicios personales, totales del individuo.

En en los casos de homosexualidad donde, pienso, más confusión de este tipo se sufre. En el caso de los adictos, no se habla de adictofobia; simplemente se suele distinguir entre la persona y su obviamente mala adicción.

Puede ser que todo se aclare si se entiende al ser humano como alguien imperfecto, capaz de cometer actos reprobables, pero que no podría ser juzgado enteramente por seres que también son imperfectos.

Y la cosa se complementa con algo más, el deber de mostrarse compasivos entre sí. Ayudarse mutuamente para evitar actos indebidos es, creo, una obligación lógica.

Post Scriptum

La solución cristiana del juicio personal es la única posible: Dios, un ser que resulta ser un juez perfecto, es quien sí tiene la capacidad del juicio total de la persona; nadie más.

Para quien Dios no existe, el juicio personal entero resulta imposible; solo podría haber juicios de acciones y actos.

Sobre las declaraciones del papa Francisco y la homosexualidad, así como otros temas, conviene ver Lo que sí dijo el Papa Francisco sobre el aborto y los gays en nueva entrevista.

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