Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Duda Prudente
Eduardo García Gaspar
11 junio 2014
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es una posición posible, incluso deseable. androjo

En su extremo, sin embargo, resulta inútil. Es la sana costumbre de dudar.

Y si se combina con la prudencia, la mezcla puede llegar a lo admirable.

Quítele la prudencia y se convierte en locura.

Me refiero a un escepticismo sabio. A la duda que mejora el conocimiento. Y todo comienza con una distinción en los tipos de juicios u opiniones que tenemos. Pueden ellos ser de dos tipos básicos.

El primero es el juicio certero, acertado, cierto. El juicio que no puede ser dudado y es verdadero, al que nada puede modificar. Está por encima de toda duda. No hay evidencias que lo contradigan, ni razonamientos que lo anulen.

Es el caso de verdades indudables, como el que la tierra es redonda, el que las partes son menores al todo y cosas por el estilo.

El segundo es el juicio u opinión que está sujeto a mejorar y corregirse. Es el que puede mejorarse al disponer de nuevas evidencias, de observaciones más exactas, de mejores razonamientos. El que sí tiene posibilidad de ser demostrado falso y que está sujeto a dudas.

Es el segundo tipo de juicio el más interesante de todos. Es el caso de juicios que pueden ser negados, corregidos, mejorados, afinados, desechados. Y aquí, la duda prudente juega un papel básico.

Los juicios que están sujetos a duda, a su vez, pueden ser entendidos según el tipo de duda que generen. Puede haber juicios y opiniones que superen la prueba de la duda razonable: los que podemos dar como ciertos aunque reconozcamos que hay posibilidad de corregirlos.

Un ejemplo de esto son los juicios criminales en los que se presupone la inocencia del acusado hasta que no se rebase ese nivel más allá de una duda razonable.

Del nivel de más allá de duda razonable, los juicios y opiniones van descendiendo en calidad. Podría haber, por ejemplo, un nivel de duda razonable en el caso que explica un amigo, respeto al cambio climático producido por la actividad humana.

En los niveles ínfimos de calidad de juicio u opinión están aquellos que ofrecen pruebas débiles o razonamientos defectuosos. Recuerdo a un amigo que aseguraba que extraterrestres habían visitado a los mayas basado en una escultura que asemejaba un astronauta de nuestros días.

Lo que bien vale una segunda opinión es apuntar esta graduación de la duda prudente, basada en la solidez de las evidencias que soportan al juicio emitido y los razonamientos que lo sostienen. Separar al juicio emitido de las pruebas que lo apoyan es un buen comienzo para una sana discusión.

Pongamos el ejemplo de las discusiones entre quienes apoyan y quienes reprueban el aborto. Para unos, el aborto es permitido y legítimo; para los otros es el asesinato de un ser indefenso. Esos son los juicios u opiniones de cada uno de ellos.

Lo que más importa en la discusión, sin embargo, no es insistir en conocer lo ya sabido, sino en las evidencias y razonamientos que dan soporte a tales opiniones. Toda nuestra atención debe enfocarse a las pruebas y razones, que es donde juega un papel muy útil la duda prudente.

Mi punto es ese precisamente: las discusiones provechosas son solo posibles cuando la atención de las partes se centra en las evidencias, pruebas y razonamientos que ofrece cada una de ellas. Esto es igual a examinar la solidez de sus cimientos.

Y será por ese medio que las opiniones y los juicios podrán ser calificados según su solidez, incluso llegar a ser calificados como más allá de dudas razonables, o razonablemente aceptados… o descalificados, o aceptados mientras se espera más evidencia.

La conclusión que puede sacarse es la obvia: se necesita habilidad para ofrecer pruebas y capacidad para evaluarlas. Sin eso, las discusiones serán improductivas. Lo siento, pero no hay otra forma de discutir con resultados que teniendo esas habilidades.

La situación actual es penosa, sin embargo, porque la atención de nuestros tiempos se ha colocado en la posibilidad de emitir opiniones y juicios, sin considerar las habilidades para justificarlas. Esta falta de habilidades para probar la opinión propia ha llevado a soluciones artificiales de las discusiones.

Es común escuchar que se pida tolerancia hacia la opinión personal, sin calificar sus evidencias y esto ha hecho posible la supervivencia de juicios alocados e irracionales.

También ha provocado el surgimiento de una tendencia intelectual insostenible, la de decir que no existe la verdad absoluta, que todo es relativo. Ir por este camino es fomentar la miseria intelectual.

En fin, la duda prudente que pone atención en las evidencias, pruebas y razonamientos de juicios y opiniones, me parece, es un tesoro que haremos bien en conservar. Una tarea ardua en un medio ambiente de demasiada televisión y poco seso.

Post Scriptum

Para esta columna tomé ideas de la obra de Adler, M. J. (1997). Six great ideas. New York London: Touchstone.

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