Las libertades religiosa y económica son parte de un todo, van justas. Sin imposibles de dividir y separar. Este es el tema de estas columnas del Acton Institute a quien agradecemos el permiso de publicación.

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Una idea de Michael Novak. El título original de la columna es Economic Tyranny Trumps Religious Liberty.

La libertad religiosa y la económica van juntas

En Polonia y en otros lugares, las comunidades religiosas han inspirado y dirigido a las naciones durante cientos de años. En esos lugares, las personas no fueron encarceladas únicamente por su propio poder individual, que era pequeño.

A veces actuaban a través de instituciones y asociaciones de su propia elección. Solidaridad en Polonia, por ejemplo, o Personas Contra la Violencia en Eslovaquia.

A veces ellas actuaron a través de las asociaciones e instituciones en las que habían nacido, y por las que han estado agradecidas por largo tiempo. Sabían, por la historia familiar, de las muchas formas en las que estas instituciones las habían nutrido, enseñado y capacitado en los hábitos de conciencia, de autogobierno y responsabilidad personal.

Estas instituciones durante siglos quedaron fuera de las locuras del momento, y habían sido fuente de independencia de la gente, fuera de la “sabiduría” criminal, decadente y egocéntrica de su generación particular.

Sin embargo, la libertad religiosa no es tan esencial como respirar para los actores sociales e institucionales. También es esencial para cada individuo, uno por uno, sobre todo en la tradición cristiana.

Porque uno no puede simplemente haber nacido en una comunidad cristiana. En un cierto momento en el tiempo, todas las personas pensando en su vocación de elegir su propio destino, deben decidir en lo profundo de la conciencia dentro de qué comunidades vivir y morir.

Thomas Jefferson y James Madison ambos (en el Statute for Religious Freedom in Virginia de Jefferson y en el Memorial and Remonstrance against Religious Assessments de Madison) sostuvieron claramente que, aunque el creador del universo no tenía que hacerlo, Él hizo libre a la mente humana.

Más aún, que es evidente que a cualquier ser humano que reconoce la relación entre el creador y la criatura, esta última tiene un deber de gratitud al primero. Y, por otra parte, no es simplemente un deber de gratitud, sino incluso un deber de adoración.

Porque la distancia entre la criatura y el creador es tan grande que toda franqueza nos obliga a reconocer y dar merecido homenaje.

Tanto Madison como Jefferson luego argumentaron que nadie más puede mostrar esta gratitud o rendir este homenaje sincero, sino cada uno de nosotros, persona por persona.

Ese deber es inalienable, en primer lugar, porque nadie más tiene la facultad de ejercer ese deber en lugar de cualquiera de nosotros. Ese deber es aún más inalienable porque es un deber para con el creador, y está más allá del poder de cualquier estado, sociedad civil, o cualquier otro organismo (incluso la propia familia) para interferir con él.

Libertad religiosa

En este sentido, el primero de todos los derechos humanos, se ha reconocido desde hace tiempo, es la libertad religiosa. Porque los derechos se basan en nuestros deberes —en este caso los deberes para con nuestro Creador, en cuyo cumplimiento nadie más debe atreverse a interferir— y estos derechos han sido dados a nosotros por nuestro Creador.

Dichos derechos no pueden dejarse como simple “protección en pergamino” (la frase de Madison, “parchment barriers”). La Unión Soviética y sus países hermanos comunistas deseaban devotamente tratarlos de ese modo. Ellos libremente firmaron acuerdos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los Acuerdos de Helsinki, pero sin la intención de respetarlos en asuntos de religión y conciencia.

Como Madison también reconoció, los derechos se convierten en derechos no solo con palabras, sino siendo encarnados en las convicciones y asociaciones activas en su defensa. Las convicciones y asociaciones encarnadas en los densos hábitos de un pueblo entero —y, a su debido tiempo, en todos los pueblos de la Tierra.

En resumen, las acciones y convicciones ganan poder y permanencia en el mundo real sólo cuando las capacidades de acción económica libre están bien protegidas.

Libertad económica

Porque la religión no vive solo en la conciencia, sino en sus capacidades para actuar en el mundo, y trabajar para que venga el bien, la verdad, la belleza y la ayuda abnegada a otros para transformar este verdadero y concreto mundo nuestro.

Así que para actuar, debe tener los medios asegurados sobre todo por ciertos derechos económicos: entre ellos, la propiedad y el uso de la propiedad privada, el derecho de asociación, el derecho a la iniciativa económica personal y el derecho a crear nuevas fuentes de riqueza y bienestar.

Es el último de estos derechos el que transformó a los miles de años de una economía agraria en una economía en la que las nuevas ideas practicables se hicieron más valiosas que la tierra. Y también creadora de mayor riqueza que el mundo largamente empobrecido había nunca antes imaginado. La riqueza suficiente como para acabar con la pobreza absoluta en todo el planeta, y dentro de los próximos 30 años.

Nota del Editor

Autor, filósofo y teólogo Michael Novak fue orador en la conferencia —The Relationship between Religious & Economic Liberty in an Age of Expanding Government — patrocinada por el Acton Institute y la Catholic University of America el 10 de noviembre de 2014. Este artículo apareció el mismo día en el Washington Examiner.

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Una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es Religious Freedom and Economic Liberty: Truly Indivisible.

Libertad religiosa y libertad económica: verdaderamente indivisibles

Cualquiera que sea la forma en que la Corte Suprema de Estados Unidos se pronuncie sobre el caso Sebelius vs Hobby Lobby Stores, un hecho ha quedado muy claro.

Estamos tardíamente dándonos cuenta de que las diferentes formas de libertad son más dependientes entre sí de lo que muchos han supuesto hasta ahora.

¿Quién hubiera pensado que la expansión del estado de bienestar en el disfraz de Obamacare —que, por definición, reduce significativamente la libertad económica— podría afectar directamente a la capacidad de los individuos y los grupos para conducir sus asuntos de acuerdo con sus profundas creencias religiosas?

Ésta, sin embargo, es precisamente la realidad que enfrentamos.

La mayoría de la gente está acostumbrada a pensar en la libertad religiosa como un requisito previo a la libertad política. Pero la libertad religiosa no sólo afecta a nuestro papel como ciudadanos en los asuntos públicos.

La libertad religiosa se ​​refiere también a nuestra libertad para elegir en numerosos aspectos no políticos de nuestra vida, que van desde si asistimos a la iglesia en un día determinado de la semana, hasta lo que elegimos comprar.

Las restricciones injustas de la libertad religiosa con frecuencia se presentan como formas que limitan la capacidad de los miembros de las religiones particulares para participar plenamente en la vida pública.

Los católicos en la Inglaterra de Isabel I y Jacobo I, por ejemplo, fueron despojados poco a poco de la mayoría de sus derechos civiles y políticos por causa de su negativa a cumplir con la Iglesia establecida.

El ataque a su libertad, sin embargo, fue más allá de esto. Tal vez aún más dañino fue el ataque a su libertad económica.

Esto se produjo en forma de multas paralizantes con las que gobiernos con ingresos reducidos gravaban a los católicos recalcitrantes, por no hablar de las restricciones sobre la capacidad de los católicos para poseer y utilizar sus bienes como mejor les pareciera.

Muchas de esas leyes, los estadounidenses nunca debe olvidar, cruzaron el Atlántico. Aunque la colonia de Maryland fue fundada por católicos ingleses huyendo de la represión religiosa, finalmente prevalecieron leyes anti-católicas similares a las de Gran Bretaña.

Como señaló el más famoso de los católicos de Maryland, Charles Carroll de Carrollton —el único católico que firmó la Declaración de la Independencia y el hombre más rico de las colonias americanas— los motivos económicos suelen estar detrás de ese acoso. “Los hombres egoístas”, escribió, “inventaron las condiciones religiosas para excluir de los puestos lucrativos y de confianza a sus compañeros más débiles o de mayor conciencia”.

En términos generales, los disidentes religiosos han demostrado ser muy hábiles para eludir esas restricciones. De hecho, hay cierta evidencia de que la limitación de la participación de un grupo religioso en la vida política a menudo se traduce en dedicar su talento al éxito económico.

Consideremos, por ejemplo, el caso de los empresarios perennes: los cristianos árabes.

Hasta hace relativamente poco, los cristianos eran la comunidad religiosa más grande de Líbano. Durante siglos, comerciaron ampliamente con sus correligionarios en todo el Mediterráneo, facilitando así el intercambio comercial entre Oriente y Occidente.

Además de la geografía, sin embargo, otra de las causas del éxito comercial cristiano de Oriente Medio bien pudo haber sido la situación jurídica de segunda clase impuesta por los conquistadores musulmanes del siglo séptimo en adelante.

En su Historia de los Pueblos Árabes, el fallecido Albert Hourani relata que los cristianos (mayoritariamente ortodoxos, católicos, o coptos) fueron obligados a llevar ropa especial que los identificara como no musulmanes.

También se vieron obligados a pagar un impuesto especial, tenían prohibido portar armas y esporádicamente eran perseguidos. Hourani observa, sin embargo, que estas limitaciones empujaron a muchos cristianos a actividades comerciales. Eventualmente dominaron muchos ámbitos económicos, incluidos los buques mercantes y la banca.

Una historia similar puede contarse sobre el pueblo judío. En el pasado no tan reciente, ser judío significaba no poder participar en la política, ni servir en el ejército ni en la administración pública en el mundo cristiano y el islámico.

Muchos judíos se quedaron por tanto con poco más que dedicarse a crear riqueza.

Una de las buenas noticias —y una prueba más de la indivisibilidad de la libertad— es la forma en la que las expansiones de la libertad económica pueden crear presiones para una mayor libertad religiosa. China continental es quizás el mejor ejemplo.

Durante los últimos treinta años, China ha adoptado una cierta libertad económica. Menos conocido es que en las provincias chinas autorizadas para liberalizar sus economías, millones de chinos han abrazado el cristianismo.

Esto no debería sorprendernos. Una vez que se otorga libertad en un área, es difícil impedir que la libertad se extienda a otras esferas. La libertad económica, por ejemplo, exige y alienta a la gente a pensar y elegir libremente. Sin esto, el espíritu empresarial es imposible.

Es un reto, sin embargo, limitar la reflexión y la decisión de las cuestiones económicas. La gente empieza a hacer preguntas sociales, políticas, y, sí, preguntas religiosas. Y muchos chinos han decidido que el cristianismo es la respuesta a sus reflexiones religiosas.

Eso ha creado dilemas agudos para los gobernantes chinos.

Por un lado, el régimen pretende valorar la contribución de los estrictos códigos morales de muchas religiones a la vida económica. El presidente Xi Jinping ha declarado públicamente que China está “perdiendo su brújula moral” y que las religiones chinas “tradicionales”, como el confucianismo y el taoísmo podrían “ayudar a llenar el vacío que ha permitido que la corrupción prospere”.

Pero el régimen también conoce que el Cristianismo niega que el Estado pueda ejercer la autoridad religiosa sobre la iglesia. Tal afirmación es inaceptable para los actuales gobernantes de China. ¿Por qué?

Porque implícitamente desafía el monopolio del poder de la élite gobernante. Por lo tanto vemos que el régimen persigue a los católicos que insisten en la fidelidad al Papa. En una de los más ricas provincias orientales de China, Zhejiang, se les está diciendo a las iglesias evangélicas que quiten sus cruces y amenazando con demoler sus edificios.

Con razón, como nos recuerdan los científicos sociales, la correlación no implica causalidad.

El hecho, sin embargo, en esta económicamente exitosa y cada vez más cristiana provincia china, muchos predicadores evangélicos están diciendo a las autoridades que retrocedan, lo que nos muestra que una vez que el genio de la libertad ha salido de la lámpara, es difícil volverlo a ella.

Evidentemente, la libertad religiosa no es todavía una realidad en China. Sin embargo, gracias en parte al azar de la liberalización del mercado en China, su florecimiento parece menos lejano.

Sería tristemente irónico si nosotros, en Occidente —la cuna de la libertad religiosa— permitiéramos que el progresismo secular, socavando a la libertad económica en el nombre de una igualdad imposible, redujera a una reliquia histórica la primera y más importante de nuestras libertades.

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Una idea, de 2009, de Anthony B. Bradley Ph.D.

Menos religión es igual a más gobierno

El comunismo soviético adoptó la enseñanza de Marx, que la religión era «el opio del pueblo», y lanzó una campaña sangrienta de persecución religiosa.

Marx estaba equivocado sobre el papel de la religión, pero años más tarde muchos comunistas se dieron cuenta de que hacer que la gente deje la religión eleva la dependencia en el gobierno para la solución de los problemas de la vida.

La historia de la coerción gubernamental que proviene del dejar la religión y voltear al gobierno, sugiere un nuevo análisis que indica que la caída de la vida religiosa es especialmente alarmante para quienes están preocupados por la libertad individual.

El American Religious Identification Survey, publicado por el Trinity College en Hartford, Connecticut, reporta que debemos esperar para 2030 que uno de cada cinco estadounidenses se identifique como sin compromiso religioso.

El estudio, titulado American Nones: The Profile of the No Religion Population, reporta que los llamados Nones, los que no profesan religión alguna, se han convertido en más presentes y similares al público general en estado civil, educación, etnicidad e ingreso.

Los Nones han crecido de 8.1% de la población adulta en EEUU en 1990 a 15% en 2008.

De acuerdo con el estudio, 22% de los estadounidenses entre 18 y 29 años, se identifican ahora como Nones.

Las noticias de una vida religiosa en declive son buenas nuevas para quienes promueven la dependencia en el gobierno para el manejo de los retos cotidianos, como también para aquellos que buscan aprovechar la ventaja de un mercado creciente de productos y servicios inmorales.

El aumento de la no-identificación religiosa entre las generaciones más jóvenes resalta el alejamiento de su activa participación en una de las instituciones sociales claves que dieron forma a la nación.

No sorprende que, de cuerdo con la firma de investigación Greenberg Quinlan Rosner, los votantes por debajo de los 30 años sean más liberales que todas las otras generaciones.

Cuando se les preguntó sobre su ideología, 27% de los de menos de 30 años se identificaron como liberales, contra 19% de los baby boomers y 17% de sus padres.

Este joven segmento de la población estadounidense se caracteriza por el pragmatismo utilitario, las opiniones favorables a un papel mayor del gobierno en la ayuda de los necesitados y una falta de de normas éticas.

La diferencia más significativa entre las poblaciones religiosas y no religiosas es el sexo. Mientras que 19% de los hombres son Nones, sólo 12 % de las mujeres lo son. Del total de Nones, por cada 100, 60 son hombres y 40 son mujeres.

El mercado y la sociedad en general cosecharán las consecuencias de un alto número de Nones.

Si más y más hombres están abandonando las comunidades religiosas que los han proveído con una formación moral sólida durante miles de años, no debe sorprendernos un aumento en la explosión de demanda de productos moralmente reprensibles, como también la destrucción de familias que le sigue.

Con conciencias formadas en la utilidad, el pragmatismo y la sensualidad, en lugar de la virtud, debemos esperar una cultura con aún más mujeres sujetas a la deshumanización de los clubs de strip, música de rap aún más misógina, más adulterios y divorcios, más corrupción en el gobierno, más individualismo y más soledad.

Alexis de Tocqueville (1805-1859), en Democracia en América, previno que la libertad sin religión lastima a la sociedad porque «tiende a aislar [a la gente] una de otra, concentrar la atención en sí mismo; y abre el alma al desordenado amor por la gratificación material».

Dice Tocqueville en realidad que «el principal propósito de las religiones es purificar, controlar y frenar ese excesivo y exclusivo gusto por el bienestar que los hombres adquieren en tiempos de igualdad». La religión nos hace considerar a otros.

Históricamente, las comunidades religiosas en los EEUU se encargaron de las necesidades de las comunidades locales en una manera claramente fuera de la esfera estatal.

Por ejemplo, como escribe David G. Dalin en The Jewish War on Poverty, entre 1820 y la Guerra Civil, los judíos sentaron las bases de muchas instituciones caritativas fuera de las sinagogas, incluyendo una red de orfanatos, casas fraternales, hospitales, casas de retiro, asociaciones de crédito gratuito y escuelas de capacitación vocacional.

También hubo actividades normativas de las comunidades religiosas protestantes y católicas en una escala aún mayor en comunidades de toda la nación, antes del New Deal de Roosevelt.

La reportada caída de la vida religiosa es un presagio de que la caridad local dictada por la virtud se reducirá, de que la pasión por la virtud menguará y de que los estadounidenses verán al gobierno como una guía, un protector y un proveedor.

Mientras volteamos nuestras vidas al control del gobierno, nuestra capacidad de pensar y actuar autónomamente será disminuida. El real opio de las masas, parece, no es la religión, sino la falta de ella.

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Y unas cosas más para el curioso…

Ideas relacionadas:

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La libertad religiosa no prospera sin libertad económica es la idea de Jay W. Richards. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. El título original de la columna es «Why Religious Liberty Cannot Prosper without Economic Liberty»

¿Por qué la libertad religiosa no prospera sin la libertad económica?

En los años recientes, la libertad religiosa en los Estados Unidos ha sido tratada por sus defensores como una forma especial de libertad diferente de, digamos, la libertad política o la libertad económica. Esta no es una estrategia viable a largo plazo para la protección de la libertad religiosa.

Tanto la libertad económica como la religiosa tienden a existir juntas en las mismas sociedades; ambas están basadas en los mismos principios; tienden ellas a reforzarse una a la otra; y en el largo plazo podría decirse que se sostienen o caen juntas.

Como resultado, cuando los cristianos renuncian a la libertad económica, sin darse cuenta de ello, renuncian también a su libertad religiosa.

Las ideas más importantes que tenemos son a menudo aquellas que damos por descontadas; las premisas no explícitas que informan, como si fueran una mano invisible, a nuestros pensamientos conscientes y a nuestras acciones deliberadas.

Debido a la forma en la que la libertad religiosa se ha desarrollado y ha sido purificada por la historia, es fácil para los estadounidenses vivir en las ramas del árbol de la libertad olvidando completamente las raíces que soportan su ancla en la tierra.

Damos por sentado que en materia de fe religiosa las personas no deben ser coaccionadas. Suponemos que las instituciones religiosas y las instituciones políticas deben estar separadas. De hecho, la mayoría de los estadounidenses piensan que la verdadera fe religiosa necesita el ejercicio de la libertad. Suponemos que eso que sea coaccionado no es fe verdadera, sino mera pretensión.

Pocos de nosotros podemos articular la fuente original de estas convicciones. Sospecho que esto se debe a que la premisa teológica que lo justifica se ha convertido en algo enterrado, fuera de la vista, en las intuiciones morales de incluso aquellos que lo rechazan.

Thomas Jefferson resumió la premisa cuando escribió en la Declaración de Independencia que hemos recibido de nuestro Creador ciertos «derechos inalienables», como «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

Si los seres humanos tienen tales derechos en virtud de nuestro origen divino, si somos el tipo de criaturas a las que debe otorgarse respecto y dada una amplia jurisdicción en los tipos de creencias que afirmamos, de aquí se sigue que en ciertos asuntos, incluida en la religión pero no limitada a ella, nadie debe ser coaccionado.

Uno de los padres fundadores de Estados Unidos, George Mason, ilustró el punto con lucidez en el borrador de la Declaración de Derechos de Virginia (1776), un documento que más tarde se convirtió en el modelo para la Declaración de Derechos de los Estados Unidos.

Él escribió, en parte, que

«la religión, o las obligaciones que tenemos con nuestro Creador, y la manera de satisfacerlas, pueden ser únicamente dirigidas por la razón y la convicción, no por la fuerza ni por la violencia; y por lo tanto, todos los hombres tienen igual derecho al ejercicio libre de la religión, en concordancia con los dictados de la conciencia; y que es deber mutuo de todos el practicar la indulgencia cristiana, el amor y la caridad hacia los demás».

Debe tenerse en cuenta que la libertad religiosa aquí no está justificada por el relativismo —el argumento favorito pero defectuoso de los estudiantes de segundo de carrera—, sino en función de la religión, por lo que Mason quiere decir el deber que cada uno de nosotros tiene con Dios. La base de la libertad religiosa es en sí misma religiosa.

Derechos universales

George Mason, Thomas Jefferson, James Madison y otros fundadores no creen estar invocando una costumbre parroquial que hayan ellos tomado de su herencia europea.

Ellos alegan, más bien, que estos derechos son universales y que si uno entiende la verdad acerca del hombre, entonces uno, usando la razón, simplemente verá esos derechos obtenidos. Incluso fueron tan lejos como para afirmar que los derechos a la vida y a la libertad eran evidentes por sí mismos.

Adicionalmente a este compromiso con los derechos universales del hombre, los fundadores de los Estados Unidos estaban muy conscientes de los conflictos religiosos del pasado, no solamente en la lejana Inglaterra, sino también en las primeras colonias norteamericanas.

A pesar de que los fundadores fueron teológicamente diversos, todos creían que la existencia de un Creador y de la ley moral podrían ser reconocidos por medio de la razón debiendo informar a nuestras vidas políticas y legales.

Al mismo tiempo, ellos consideraron que preguntas acerca de la Trinidad, la forma adecuada del bautismo, la administración de Iglesias y asuntos similares, eran temas sectarios más que asuntos estrictamente públicos.

Esta doble convicción los llevó a una posición desconcertante tanto para los seculares modernos como para aquellos que presuponen que los fundadores quisieron establecer una república cristiana.

Los fundadores apoyaron la expresión pública de la fe religiosa y su importancia en la moralidad pública, al mismo tiempo que se negaron a establecer una religión nacional. En lugar de ello, optaron por una amplia libertad religiosa, la que significaba de los ciudadanos podían traer a sus convicciones religiosas a la plaza pública.

La Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos captura el equilibrio de su enfoque: «El Congreso no promulgará ninguna ley respecto al establecimiento de una religión, ni prohibirá su libre ejercicio».

Un estado justo y ilimitado reconoce dominios e instituciones fuera de su jurisdicción. Estas «realidades pre-políticas» incluyen, muy prominentemente, el derecho de cada ser humano a «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». El derecho a la libertad, a su vez, implica el derecho a la libertad de expresión, a la libertad de asociación y a la libertad religiosa.

Por libertad económica entiendo a la situación social en la que los individuos, las familias y las instituciones disfrutan del estado de derecho, el respeto a sus derechos, un gobierno limitado, una vibrante sociedad civil fuera de la jurisdicción del estado, derechos bien definidos de propiedad privada y de contratos, y una amplia discreción en materia económica.

Si es sencillo iniciar un negocio; buscar un empleo; contratar empleados sin dictados invasivos de las autoridades políticas, de cárteles privados, o del crimen organizado; negociar salarios, beneficios y responsabilidades; hacer respetar contratos justos; y otras cosas similares, entonces la sociedad disfruta de un cierto grado de libertad económica.

La base filosófica de la libertad religiosa se fundamenta en las mismas bases de la libertad económica: derechos individuales, libertad de asociación y de familia, y la presencia de un gobierno con una jurisdicción limitada.

La libertad económica, tanto como la libertad religiosa, requiere un gobierno limitado: un «gobierno limitado por leyes». El gobierno ayuda a crear y mantener el espacio público (junto con otras instituciones de la sociedad civil) en el que puedan tomarse decisiones económicas libres.

La libertad económica existe dentro de un espectro entre la anarquía en un extremo y el estatismo en el otro. La sociedad en la que los más fuertes son «libres» para aprovecharse de los débiles y esclavizarlos, no es económicamente libre. Tampoco lo es una sociedad en la que todas las decisiones económicas son tomadas mediante un mandato político.

Debido a que los terrenos económicos y religiosos involucran al hombre como un individuo, como un miembro de una familia y como un miembro de la sociedad, no es realista imaginar que podemos acordonar a nuestra libertad religiosa de nuestra libertad económica.

Un entorno en el que se disfruta a la libertad económica es aquel en que se disfruta a la libertad religiosa y viceversa. Es un círculo virtuoso. De la misma manera, en los entornos en los que se restringe a nuestra libertad económica, ya sea por el estado o por la anarquía general, nuestra libertad religiosa probablemente sufrirá también. Este es un círculo vicioso.

Si este es el caso, entonces, si deseamos preservar la libertad religiosa lo que necesitamos son defensas robustas de ambas, libertad religiosa y libertad económica, enmarcadas de tal manera que se deje claro que estas dos libertades son indivisibles y se refuerzan mutuamente.

Nota del Editor

Jay W. Richards es assistant research professor en la School of Business and Economics en la Catholic University of America. Esta columna es un fragmento del recientemente publicado libro del Acton Institute.

One and Indivisible: The Relationship between Religious and Economic Freedom

One and Indivisible: The Relationship between Religious and Economic Freedom by Acton Institute
My rating: 4 of 5 stars

Una colección de ensayos de diferentes autores, con muy diferentes antecedentes, escribiendo acerca de la relación entre dos libertades, la religiosa y la económica. La riqueza del libro está en esas distintas perspectivas de los autores sosteniendo de maneras diferentes y variadas esa relación entre las dos libertades, con la religiosa como sustento central de la económica. Muy recomendable, en especial para las personas religiosas que creen que la libertad económica es negativa, pero también para los liberales y capitalistas que aún no ven a la libertad religiosa como su gran aliado.

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