grandes ideas

No hay pregunta más humana que esa, preguntar por qué. Más allá de las explicaciones científicas y las leyes naturales. Más allá de la razón y las argumentaciones racionales. La pregunta que busca dar sentido a la vida misma.

Introducción

Quizá esa pregunta muestre la curiosidad natural humana, su deseo de conocer más. Cuando esa curiosidad se detiene, sin embargo, es como dejar de caminar y eso provoca insatisfacción.

Y es que hay varios por qués. Niveles distintos de satisfacción de la curiosidad por buscar más allá de leyes naturales, yendo hasta la búsqueda de propósito y sentido. Esta es la genial idea de Scruton.

La idea fue encontrada en Scruton, Roger (2012). The Face of God: The Gifford Lectures. Bloomsbury Academic.

El punto de partida

La idea destacada aquí comienza con una afirmación directa: Dios es inevitable y si se evita, eso crea un vacío. Y puede seguir con una consideración sobre el ateísmo.

Los ateos, dice el autor, obtienen dos grandes conclusiones metafísicas de su modo de pensar.

• La primera, todo sucede de acuerdo a leyes naturales, incluyendo el pensamiento y la acción humana. Las mismas leyes que gobiernan a los átomos gobiernan a lo que está en la mente.

• La segunda, todo lo que sucede es contingente, sin que haya una razón para que suceda. Simplemente sucede de acuerdo con esas leyes de la naturaleza.

Pero ¿por qué eso?

Las dos ideas no satisfacen. Quedarse en la explicación de que hay leyes naturales que todo lo explican y que existen porque suceden y nada más por eso, no complace totalmente. ¿Por qué nada más eso?

Incluso sin necesidad de ir por el camino religioso, la pregunta es irremediable. ¿Es realmente contingente, es decir, accidental, fortuito? ¿Por qué hay leyes naturales?

No son preguntas que puedan ignorarse. Es una pregunta muy humana el inquirir la razón, el por qué.

«¿Por qué, para qué fin y por qué razón, vivimos en un mundo gobernado por leyes?», pregunta Scruton.

Esto es lo que permite hacer una distinción entre los “por qués”. No es el por qué de la razón. Es otro, el que el de su explicación, el que va más allá de aceptar que simplemente así es y así sucede.

Sería paradójico que existiera un mundo con leyes naturales, con conciencias, que no tuviera más explicación que el de existir y nada más que eso.

Es el por qué del significado. El de ¿por qué existo? Una pregunta muy humana que no puede ignorarse como irrelevante, ni tratar de ser contestada como en el existencialismo: cada quien le da el significado que quiere.

Ese que puede preguntar ¿por qué?

Las leyes naturales, que la ciencia descubre, se toman como explicaciones de la conducta humana, como cuando se explica por la evolución el altruismo recíproco, o un proceso mental por medio de reacciones químicas y eléctricas.

Olvidan que aunque las partes del cuerpo admiten esos análisis, no los admite la consideración del sujeto como tal. La persona que tiene conciencia de sí misma y sin necesidad de observaciones conoce su mente y lo que en ella sucede en el tiempo.

Más aún, el sujeto, yo, sabe también que puede razonar solo y con otros sus jucios, sus creencias, sus actos. Alguien que puede preguntar por qué.

Una pregunta humana, «¿por qué?»

Más aún, el por qué de lo no observable une a las personas «en una red de encuentros cara a cara». Y llega a la posibilidad de decidir hacer una cosa y no la otra. Es el uso de la razón, el actuar por razones que pueden afinarse y corregirse.

En otras palabras, hay varios tipos de «por qué», varios significados muy distintos:

• El por qué de la ciencia, eso que busca causas y descubre leyes físicas que rigen al mundo. Son las explicaciones de los objetos, sus composiciones y propiedades, donde no existe la posibilidad de encontrar a sujetos.

• El por qué de la razón, eso que busca argumentos, razones.

• El por qué del entendimiento, eso que busca el significado y sentido de la vida.

En resumen

La idea de Scrupton es asombrosamente sencilla, la de encontrar diversos significados de la pregunta más humana en la que podemos pensar, por qué.

Esto es lo que permite entender la insatisfacción que deja el entender al mundo bajo la perspectiva única de leyes físicas que simplemente existen y suceden, sin que nada más pueda ser dicho de la existencia.

En este nivel de por qué, desaparecen las personas. Desaparece Dios.

Cuando se llegan al por qué de la razón, se adelanta buen trecho, al comprender más a la realidad incluyendo al sujeto, a la persona que es yo y que es tú. Algo que no encuentra el enfoque meramente científico.

En este por qué aparecen las personas. Y, si Dios es una persona, podría encontrarse porque aquí si pueden hallarse personas.

Y, al llegar al siguiente por qué, es que se llega al querer encontrar significado, propósito.

«¿Qué tipo de mundo contiene una cosa como yo —una cosa con libertad y conocimiento de sí mismo?», escribe el autor. Un mundo que contiene seres vivos y está ordenado por leyes causales.

Y unas cosas más…

El autor tiene su propia página Roger Scruton.

El libro aunque breve, es extraordinariamente complejo. Lleno de ideas fascinantes, aquí solamente pude penetrar un poco bajo la superficie de sus ideas.

Conectado con el tema está Razón y fe. Supervivencia de la civilización. Y también Filosofía, ¿por qué molesta tanto?, Filosofía: deporte extremo necesario.

Más sobre por qué como la pregunta más humana que puede existir y un reemplazo actual.

«¿Qué sientes?», el sustituto moderno de «¿por qué?»

Por Eduardo García Gaspar

La pregunta ha cobrado cierta popularidad. Apela a los sentimientos, a las emociones. «¿Qué sientes?»

Un reemplazo popular

No es que esto sea malo, lo que sucede es que es incompleto. Los sentimientos no lo son todo y, sin embargo, sin mucho darnos cuenta han tomado un lugar que no deben.

No hace mucho que un conferencista, queriendo con su audiencia reflexionara sobre su tema, les hizo preguntas (negritas mías en las siguientes tres citas):

«En el camino a tu trabajo, viendo a la gente que te rodea, ¿qué sientes? ¿qué crees que ellas sientan?»

La exaltación del sentimiento llega a un punto culminante en una poesía:

«Conozco el dolor que sientes cuando piensas en las mujeres que se venden a sí mismas para alimentar a sus hijas e hijos. Conozco el dolor que sientes cuando hablas de la gente que no tiene comida, ni vestidos, ni hogar.  Conozco el dolor que sientes cuando ves al rico volverse más rico y al pobre más pobre».

O bien, el sentimiento es usado como un instrumento de protesta:

«Los Obispos del Sur de España han denunciado hoy a través de un comunicado la “intolerancia” de dos profesores de un instituto de Zújar (Granada) por obligar a la profesora de Religión del centro, compañera de departamento, a retirar dos símbolos religiosos con los que se sentían “ofendidos”».

En fin, podemos estar razonablemente seguros del mayor empleo de los sentimientos y las emociones en el campo de las discusiones y argumentaciones. Peggy Noonan lo ha tratado muy bien.

Mediante el uso de sentimientos se perciben ataques que originan acusaciones de sexismo, racismo, clasismo, lo que usted quiera. Concretamente, se trata del uso de los sentimientos como un instrumento de oposición.

Un muy pequeño comentario de alguien puede lastimar los sentimientos de otro, creando una situación penosa sentimental que lleva hasta la prohibición y censura.

Sentir no es una pregunta que busca respuesta

Como dije, no es malo tener sentimientos pero sí lo es cuando se convierte en la base central de discusiones y argumentaciones.

¿Cómo dialogar con alguien que se siente ofendido por una Cruz de David en un sitio público? ¿Qué decir a quien argumenta que un libro ofende a su identidad?

La omisión que es obvia: el instrumento con el que puede dialogarse, argumentar; la razón, el pensar.

Un sentimiento solo puede enfrentarse a otro. La razón es la que permite encontrar acuerdos, desacuerdos y llegar a la verdad. Es la pregunta más humana posible el pedir una respuesta a «¿por qué?»

La única posible solución a un choque entre sentimientos es anular uno de ellos, con la meta (imposible) de sentirse seguro de no encontrar más motivos de ofensas a los sentimientos propios.

Querer sentirse seguro de no sentirse herido en los sentimientos, más aún, va contra todo sentido de avance y diálogo y discusión.

Usando a los sentimientos se censurará a la libertad de pensamiento, a la originalidad, a la iniciativa, a toda respuesta a «por qué». El que alguien diga o haga algo que va contra lo que uno siente podrá generar emoociones negativas, pero eso es buena parte de la vida y, lo mejor, la única manera que conocemos para saber más.

Por supuesto, los buenos modales son un deber, pero eso no puede detener a la libertad de pensar. Piense en un libro como Las Uvas de la Ira y verá que hay cosas que conmueven, indignan, aterran. Querer vivir en una burbuja protectora de sentimientos propios es dejar de vivir.

Es la colocación de los sentimientos en un lugar que no merecen y los efectos que esto tiene, especialmente uno: la anulación de la razón, de la posibilidad de opinar, valorar, enjuiciar, criticar, investigar y de hacer esa gran pregunta humana que busca razones.

Esto es la capacitación de personas educadas para el reclamo, la demanda, la lamentación y la queja; imposibilitadas de pensar, analizar, indagar y reflexionar. Cuya ambición máxima es correr en busca de un protector que tenga suficiente poder para callar a aquel que hiere sus sentimientos.

Cuando usted abandona a la razón, deja de tener sentido el intercambio de opiniones, y la sociedad entera se abandona a los caprichos de ese que se erija en la agencia protectora de sentimientos.

Un ejemplo es muy actual. La persona que critica, se opone, o especula sobre la inconveniencia de redefinir al matrimonio/familia para incluir a personas del mismo sexo, suele enfrentar reacciones sentimentales, como la acusación de homofobia.

«Por qué?» es la pregunta más humana y más riesgosa que podemos hacer. La que es base de nuestra vida porque ella es la que busca encontrarle sentido. Sus respuestas no serán siempre agradables.

[La columna fue actualizada en 2019-12]