Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Primera Separación
Eduardo García Gaspar
12 diciembre 2014
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
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El asunto es clave. Central para la política. androjo

Es un asunto de separación, de división. Un principio de fragmentación.

Casi todos conocen su versión gubernamental, la de dividir el poder en legislativo, ejecutivo y judicial.

Pero la cosa va más allá.

La primera separación de poderes, en la historia, fue la de política y religión. La de iglesias y gobiernos.

Un concepto realmente extraño para sistemas en los que no se había planteado la posibilidad. La noción es cristiana, aunque suene extraño a muchos.

Puede verse esquemáticamente. Piense usted en una sociedad de hace siglos, en la que existe una religión oficial y ahora añada el nacimiento de una nueva religión diferente. Esta aparición crea un suceso no previsto. ¿Cómo tratarlo?

Dos posibilidades básicas. Una, atacar a la religión nueva, a la que puede verse como un riesgo político de desobediencia. Otra, dejarla ser, y optar por convivencia con la religión oficial. Todavía en nuestros días se tienen caso de esas dos posibilidades.

En Occidente, a la larga y con dificultades fue aplicándose esa idea de coexistencia religiosa y separación entre las iglesias y los gobiernos. La cosa se pone interesante cuando, en el caso anterior, la nueva religión, pide solamente un concepto nuevo, lo que ahora llamamos libertad religiosa.

Eso le sucedió al Cristianismo entre los romanos. Una manifestación de esa mentalidad es la idea, siglos después, de la separación entre la ciudad de Dios y la ciudad terrenal. La idea de san Agustín (354-430). Toda una semilla intelectual.

Una cosa es el reino de Dios y otra cosa es la ciudad humana. Dos cosas diferentes, distintas. Un buen antecedente de la separación de poderes entre religión y política. O como se entiende en el Cristianismo, la separación entre lo eterno y lo temporal.

Hasta aquí, la idea queda en una noción abstracta de separación y de posibilidad de practicar la religión decidida por la persona. En nuestros tiempos eso suena obvio, pero para aquellos tiempos contiene una idea totalmente nueva: la libertad personal.

Sí, pedir la opción de practicar el Cristianismo sin que el gobierno lo impida, significó introducir con fuerza la idea de la libertad humana. Claramente una adición central a lo que vino después, la cultura occidental de libertad y derechos humanos.

Hay, también, otro aspecto que debe verse. La mentalidad cristiana añadió una idea: lo que más importa es lo eterno, lo espiritual, la ciudad de Dios. Lo temporal, lo material, la ciudad humana importan, pero son secundarios a lo eterno.

Visto de otra manera, lo humano debe estar supeditado a lo divino. Es la

“supremacía de lo espiritual respecto a lo temporal y la consiguiente relativización del poder político, esto es, la subordinación de ese poder a criterios —superiores e independientes— de verdad moral, de derecho natural, de justicia…”

La consecuencia de eso en terrenos políticos es inmensa. Significa que la autoridad política tiene límites que no puede exceder. Es una limitación severa al poder desmedido, al abuso de poder.

Otra adición cristiana de consideración y que alimentó a la cultura política occidental desde esos tiempos. Dice muy claramente: los gobernantes están obligados a respetar normas superiores a ellos. Principios que son independientes de su voluntad.

Tenemos, entonces, algo que es llamativo y fascinante. La noción política democrática original se sustenta en la libertad humana y en el respeto que a esa libertad debe tener la autoridad política.

Y todo comenzó con la petición original de respetar la práctica de una religión hace dos mil años.

Pedir que exista libertad religiosa, en nuestros tiempos, es una noción común y comprensible, que poco tiene de original. Pero hay que imaginar que lo que ahora nos parece normal, en tiempos anteriores no lo era. Al contrario, era común lo opuesto.

El reclamo de libertad religiosa lleva dentro de sí la noción de la libertad humana. Si somos libres en asuntos religiosos, por qué no también en otras cosas, como en política, en economía y en el resto. Tomó siglos desarrollar esas conclusiones y aplicarlas.

Pero lo más llamativo es lo que incluso ahora no parece haber sido entendido. Esas libertades que son humanas, terrenales, físicas, están supeditadas a normas superiores e independientes. Esta es la parte que no hemos asimilado de lo sucedido hace dos mil años.

Nos hemos quedado con la cómoda idea de la libertad, pero ha sido puesta de lado la noción de los criterios superiores e independientes. Si los gobiernos están sujetos a ellos para limitar sus abusos, no hay razón por la que el resto de nosotros no lo hagamos. Eso, si es que en realidad queremos ser libres.

Post Scriptum

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La cita es de Rhonheimer, M. (2009). Cristianismo y laicidad: historia y actualidad de una relación compleja. Ediciones Rialp, S.A.

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