Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Voz Democrática
Eduardo García Gaspar
18 julio 2014
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La frase es conocida, muy conocida. Suele ser repetida, muy repetida.androjo

Pero es curioso que no sea bien comprendida.

Y no deja de ser paradójica, incluso contradictoria.

Es eso que se resume en “yo solo sé que no sé nada”.

La idea que contiene es curiosa, pues si sé que no sé nada, al menos sé algo y, por tanto, ya no sé nada.

A pesar de eso, se entiende como una confesión humilde de ignorancia personal que a veces se expresa con “cuanto más sé, más sé que no se nada”.

Es decir, el conocer lleva a reconocer lo poco que se conoce en realidad. El conocimiento mismo se toma un identificar lo mucho que se desconoce.

O bien, podría ser entendida la frase como una concesión de que poco o nada puede saberse con certeza.

La idea completa y desarrollada está en Platón, cuando reproduce la apología de Sócrates quien es el autor de la idea. Escribió Platón citando a Sócrates:

Es probable que ni uno ni otro sepamos nada que tenga valor, pero este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que al menos yo soy más sabio que él en esta misma pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo.

Entonces, para entenderla, dos personas hablan. Una de ellas afirma saber pero no sabe. La otra no sabe y sabe que no sabe. Entre las dos posiciones, es superior la segunda, la de quien reconoce no saber.

Hay un problema obvio, el de que la persona que dice saber en realidad sí sepa. Cuando esto sucede, cae por tierra la posición del que afirma que no sabe y sabe que no sabe. Es decir, la idea tiene su atractivo, pero no está libre de limitaciones.

Quizá sea, más bien, que muestra algo deseable: la actitud frente al conocimiento y la humildad ante la verdad tras la que debe irse.

Es como tomar al conocimiento propio y considerarlo posible de mejorar por una razón simple, el reconocer que se desea conocer más con la mira última en la verdad.

En tiempos modernos, la idea ha tenido su popularidad en la toma de decisiones, cuando se reconoce la existencia posible de variables que no se sabe que influyen. Las cosas que no se sabe que no se saben. Una posición de ignorancia fuerte: desconocer que se desconoce.

Con otra situación muy de nuestros tiempos, pero también de otros, la del experto en un campo que se cree experto en otros. Lo dice el mismo Sócrates:

… por el hecho de que realizaban adecuadamente su arte, cada uno de ellos estimaba que era muy sabio también respecto a las demás cosas, incluso las más importantes, y ese error velaba su sabiduría.

Las consideraciones anteriores me permiten llegar a lo que creo que bien vale una segunda opinión.

Es uno de los efectos de la democracia el colocar valor en la voz de la gente, porque después de todo, en ella radica la soberanía.

La soberanía debe expresarse y, por eso, las opiniones de las personas son fomentadas. Se coloca en ellas buena parte de la fortaleza democrática.

Resulta que enfatizando tanto las voces democráticas se olvida de la solidez que ellas requieren y la democracia se convierte en un galimatías de opiniones que van y vienen, un griterío desordenado de ideas. Muchas de ellas, seguramente la mayoría, lanzadas sin el menor discernimiento.

Ni siquiera asoma la posibilidad de que algunas personas sepan nada, o muy poco. Ni que expertos en un campo sean también vistos como expertos en otros, de los que nada saben. Y, peor aún, se difunde la idea de que cada quien tiene su verdad.

Estas circunstancias, efecto imprevisto de la democracia, imponen la necesidad de esa mentalidad socrática: la humildad que supone el saber. Porque en nuestros tiempos, se sufre lo opuesto, el orgullo del desconocimiento.

¿Qué hace falta? Lo que Sócrates hacía al final de cuentas. Hacía preguntas, cuestionaba, interrogaba, dudaba del conocimiento ajeno. Hacer eso es ya un paso en la dirección correcta y la dirección se reconoce conforme aumentan las molestias ajenas.

La condena de Sócrates, incluso a pesar de parecer haber sido provocada en parte por él, ilustra la reacción general ante quien molesta con sus preguntas. Quien se siente hostigado e irritado cuando se le hacen preguntas, muestra un síntoma de nuestros días.

Un síntoma que busca ser remediado por todos los medios, muy especialmente por medio de los dogmas políticamente correctos, que son otra manera de beber cicuta.

Post Scriptum

Las citas fueron tomadas de Aguirre, E. (2009). Discursos Para la Libertad. Madrid: CiudadelaLibros.

La voz democrática de nuestros días es democrática eso sí, pero la gran mayoría de las veces es ignorante y tonta. El diálogo democrático tan alabado es más bien una desordenada serie sin sentido de monólogos.

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